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Full text of "Páginas históricas : de la historia de la confederacion Argentina"

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DE LA HISTORIA DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA 

Por el Dr. D. Adolfo Saldías 

Reprudiccion áel Coronel 

PRUDENCIO ARNOLD 

Gomo obsecfulo í\ sus amigos 



1894 

Tipografía Ítalo Siiza, calle San Juan lOJl) 41 
R O S A K I O 



N0V19 1958 



EL POR QUÉ DE ESTE LIBRO 



Las PÁGliíAS HisTóiucAS, debidas á la 
elegante pluma del fecundo cuanto distin- 
guido escritor argentino doctor don Adolfo 
Saldias. frieron objeto de controversia entre 
la prensa del Plata, ij pasando los mares 
repercutieron en la vieja Europa, donde 
algunas iinportantes publicaciones se ocu- 
paron de este Ubi -o. 

Consecuente la empresa de La España 
Moderna en su sistema de ofrece i' d sus 
suscritores las obras mas salientes de los 
autores americanos, sin entrar para nada 
en la parte política que afecta á la Histo- 
KiA DI-: Rosas. obturAmos la venia del doc- 
tor Saldias para la impresión de sus Paji- 
nas, cuyo trabajo de refundición se debe 
al seíior don Julio Cantera, castizo escri- 
tor que ya en otra ocasión rertió al cas- 
tellono, con notable aplauso, la preciosa 



novela El Divorcio, que obtuvo grand éxito 
entre los lectores de La España. 

Hacemos esta aclaración para evitar tor- 
cidas i/Uerpretaciones que algunos malicio- 
sos pudieran dar d la impresión de este 
libro, que no tiene otro objeto que el do 
hacerlo conocer á nuestros suscritores. 

Alternando con las novelas de los escri- 
tores europeos, iremos publicando algunas 
ORIJÍNALES E INÉDITAS dc autorcs uru- 
guayos, contribuyendo de este modo al en- 
grande cionieiit o de la literatura americana, 
para cuyo trabajo coyitamos con la coope- 
ración entusiasta del distinguido catedrático 
de literatura de la Universidad de Monte- 
video, el aplaudido autor dramático doctor 
Samuel Blixen. 

Los Editores. 



Buenos Aires, Marzo de 1894. 
Serior Don Camilo Vidal. 



Recibo como una señalada distinción el' 
propósito que V. me manifiesta de publicar 
en compendio las principales narraciones 
comprendidas en mi Historia déla Confede- 
ración Argentina. 

Sei-á esta la segunda publicación que de 
mi libro se haga en tal forma. Bien que la 
de V. será más completa ; ya en Londres se 
ha pubhcado en inglés algunos capítulos- 
referentes á las relaciones diplomáticas en- 
tretenidas por la Gran Bretaña y la Repú- 
blica Argentina en la época que media entre 
1845 y 1852. 

No puedo menos que notar la circunstan- 
cia especial que mientras en Europa como- 
en Cliile, República Oriental, Perú, Bolivia 
y Colombia se han dignado ocuparse de la 
Historia de la Confederación Argentina, y 



— 6 — 



reputados hombres de letras me han hon- 
rado con juicios que me cnerguilecerían, si 
-yo fuese muy sensible a los elogios, en mi 
país ese pobre libro ha sido el blanco de los 
rencores tradicionales y de las prcocupa- 
-ciones inconscientes. 

Digo mal: el blanco no ha sido el libro: 
ha sido el autor. 

Si se exceptúa el general Mitre y algunos 
diaristas, todas las opiniones que se han 
vertido al respecto se han circunscrito a 
alirmar que el autor se lia propuesto defen- 
der la tiranía haciendo el panegírico de 
Rosas. 

Lo curioso es que muchos de los que tan 
monstruosa acusación me han imputado, 
pertenecen á la escuela tradicionahsta en 
que se han desenvuelto desde que Rosas 
cayó Esos, que á la tiranía que pretendie- 
ron derrocar con Rosas, sustituyeron la 
tiranía de la palabra autoritaria, fundada 
en la preocupación y el rencor que ni mo- 
rahzan, ni educan, ni sirve para nada, sino 
es para cubrir de telarañas el espíritu, que 
no puede vivir exclusivamente del pasado. 
Si mereciese la pena detenerse en esa 
acusación, diría que ella es puramente es- 



peculativa: una medida de guerra contra 
ese libro. ¿Por qué? ¿Quién pierde con 
que se descubra toda la verdad ? 

Los que tienen interés en ocultarla. 

Pero tan desacreditados deben estar ef 
rencor y las preocupaciones ante la filoso- 
fía histórica, que el editor se encargaría de 
demostrar cómo ello no ha influido para 
que el libro circule, y hasta para que for- 
me escuela entre la nueva generación 
que quiere pensar por sí y no como pensa- 
ban y piensan los que en la época de Rosas 
se revolvían entre desatentadas pasiones. 

Y si no me fuese violento, yo demostra- 
ría igualmente lo especulativo deesa acu- 
sación, manifestando los títulos que tenga 
acreditados en servicio de las instituciones 
de mi país. 

Veint'3 años há que vengo sirviendo á la 
libertad en el terreno de los principios; lu- 
chando por ella en el campo de las revolu- 
ciones; teniendo el honor de sufrir por ella 
en prisiones y destierros. No sé hasta aho- 
ra lo que es servirá un Gobierno. No he 
recibido hasta ahora favor, ni merced, ni 
empleo de Gobierno ni de hombre alguna 
de mi país. Vivo á costa de mi indepen- 



dencia enérgica, y me he creado el derecho 
•de esci-ibir loque tenga por verdad. No 
necesito, pues, acreditai' en mi país el odio 
á la tiranía, y mucho menos por el medio 
que adoptan los que me acusan. Cualquie- 
ra persona imparcial comprenderá que no 
lie de haber consumido oclio años para 
•escribir un libro con el propósito de ha- 
cerme porte de las preocupaciones y de los 
■odios de los unitarios ó de los federales, 
<jue juntos ensangrentaron y enlutaron la 
República Argentina en la luctuosa época 
que media entre 1828-1852. 

Debo Vd. disculpar esta cuita pci'soiial, 
siquiera sea ¡lorque ella puede influir para 
refrescar el ánimo de ciertas gentes de ahí 
que se han hecho eco inconsciente de la tal 
-acusación ; y no sea cosa que víMigan á 
acusarlo á Vd también como divu'gador 
ó propagandista de un libro que esláen el 
Index ÚQ los que en materia de filosofía his- 
tórica están todavía con la palabra de Ri- 
vera In darte y de don Pedro de Angelis. 

Por lo demás, usted hace de la Historia 
de la Confederación Argentina elogios su- 
periores al mérito literario, que este libro 
pueda tener. En cambio, veo con satis- 



— 9 — 

f.-iCcion que usted mide lo que importa la 
eloboiaciijn de un libro de liistoriü sobre 
una época como la de 1820-1860, respecto- 
de la cual nada se había esciito como na 
fuesen diati'ibas ó panegíricos. 

Harto he palpado las dificultades para 
abarcaí' esa época, y mucho he trabaja- 
do para presentarla. Ello constituye una 
labor injproba de paciente investigación; 
de análisis minucioso y comparado, de 
observación prolija y continua, (so pena 
de recomenzarla) para adquirir la certeza 
de los datos y enlazarlos y coordinarlos 
con los hechos múltiples ó compiojos, los 
cuales van surgiendo implacables como 
una montaña que amenaza aplastar la sa- 
lud mas robusta y la inteligencia mejor 
dotada. 

Labor ruda, como los dias y las noches 
que corren estériles á las veces, entre el 
combate i?iaudito de la voluntad rine se afa- 
na en penetrar, y del raciocinio que pro- 
yecta sombras, y más allá de las sombras, 
masa informe, de la que hay qiw^ desentra- 
ñar la verdad que se vá buscando; como 
esos trabajadores sudorosos que cavan y 
cavan y mueren por generaciones, para 



— lo- 
que otros motejen y desprecien en un mal 
minuto todo lo que ellos desentrañaron en 
largos años. 

Esta labor absorbe y sustrae de la vida 
real, á tal punto que el tiempo de que se ha 
menestei' para otro orden de deberes, se 
antoja largas horas que se le roban. 

Así los mejores halagos del placer llegan 
á descubrirle entre montones de papeles, 
legajos de manuscritos, diarios, anotacio- 
nes, libros, planos, croquis, retratos, cuyo 
volumen aterra al que no esté familiaiiza- 
•do á estirar la mano y encontrar hasta en 
la oscuridad; como si se tratase de los en- 
cantos de una mujer. 

Y además, la suma de los .estudios con 
que se debe C()ntar, oque necesario es ata- 
car, y de conocimientos que menester es 
asimilarse para dilucidar el cumulo de 
cuestiones que surgen como oti'os tantos 
•perfiles necesarios del cuadro general que 
•se quiera abonar; y la suma de labor pura- 
mente reflexiva, comparada ó inicia!, para 
imprimirle á toda esa labor fragmentaria 
cierta armonía y cierta lógica, con ayuda 
de un criterio que se forma i'ecien cuando 
■comienza para el escritor la tarea mecánica 



— lí- 
ele l;i redacción general. Estoimporta para 
mí la elaboración de ese pobre libro. 

Por otra parte, la situación del hombre 
que ataca tan abrumadora labor es, en la 
actualidad y en países como el nuestro, 
mucho mas difícil que antaño. 

El individualismo moderno que empuja 
al hombre, á cualquier hombre, á ser el 
agente obligado de la multiplicidad de 
relaciones que abarcan su vida social y 
política; la propia responsabilidad apareja- 
da á ese individualismo que le impone- 
deberes ineludibles de diverso orden, ab- 
sorben un tiempo que representa una bue- 
na parte de la corta existencia, y arrebata 
el reposo que demanda esa pesada labor 
intelectual, poniendo á prueba la consa- 
gración en intervalos frecuentes al cabode 
loscualos muy feliz seencuentra uno si na 
tiene que reanudar el hilo que tanto desve- 
lo costó encontrar. 

Bien se comprende cómo Lucano pudo 
escribir y limar todos sus libros, contan- 
do con el favor del Emperador á quien 
servía, y con un programa de acción limi- 
tado hasta por su holgada condición de 
patricio. 



— 12 — 

La guerra de Jugurtha y la Conjuración 
■de Catilina, modelos de un género que 
Motley y Macaulay, han hecho suyos en 
más de un concepto, escribiólo Salustio 
■cuando se encontraba en un rango que le 
permitía ver el mundo desde arriba. 

Otro tanto se puede decir de Tito Livio, 
de Tácito y de Quintilliano, quienes si bien 
sufrieron reveses de la fortuna, escribie- 
ron sus mejores páginas cuando tuvieron 
de su parte el favor del Poder, que era el 
Estado. 

El glorioso manco de Lepanto soportan- 
do, como soporta el genio, todos los sufri- 
mientos y los rigores de las persecuciones 
•es, en la época moderna, una excepción 
solo compai'able con la magnitud de la 
obra. 

Yo no pretendo hacer un mérito, poi' lo 
que á mi rcsficcta. Constato un hecho que 
muchos desconocen, quizá movidos por la 
preocupación que ha circunscrito Sii juicio 
lapidar al .'lutor de un libro de historia sin 
haber leidoe;?te libro. 

De cualquier modo, señor, á Vd. le toca 
la responsaljílidad del ti'abajo queempren- 



— is- 
cle, y á mi el deber de agradecerle su espon- 
tánea iniciativa en favor del hijo de mis 
desvelos de ocho años. 

Adolfo S ahilas. 



1\ 



PÁ&INÁS HISTÓRICAS 



La muerte de Dorrego 

La noticia del triunfo de la revolución 
encabezada por el general Lavalle y la pri- 
sión del gobernador de la Provincia, coro- 
nel don ]\Ianuel Dorrego, cayó en Buenos 
Aires como el anuncio de una catí'istrofe; 
y asi lo comprendieron la sociedad y el 
pueblo consternados. El cuerpo diplomá- 
tico resolvió mediar en favor del desdi- 
chado prisionero. Los partidarios del 
general Lavalle acosaron al gobiei'no de- 
legado con peticiones que mostraban así 
la cobardía con que querían eludir su pro- 
pia responsabilidad, como el deseo de 
que Dorrego desapareciera. El gobierno 
delegado no pudo menos que ceder á las 
exigencias de los prohombres unitarios, 
ordenándole al coronel Escribano que re- 



— 16 — 

trogradase hasta Navarro, donde se encon- 
traba el general Lavalle y que le entregase 
á éste el gobernador prisionero, junta- 
mente con un pliego que contenía una 
csrta del almirante Brown y otra del mi- 
nistro Üiaz ^'élcz en las que ambos enca- 
recían á Lavalle la necesidad y convenien- 
cia de aceptarla proposición del goberna- 
dor Borrego de salir del país y de no vol- 
ver á él. bajo fianza segura. 

Pero con anterioridad, al pliego del go- 
bernador delegado, el general Lavalle re- 
cibió cartas de los prohombres unitarios, 
en las que estos le presentaban como una 
necesidad el sacrificio del gobernador Bo- 
rrego. Así lo ha comprobado plenamente 
el señor Carranza, insertando esas cartas 
en que los señores Bel Carril, Agüero, Vá- 
rela (B. Juan Cruz y B. Florencio), Gallar- 
do etc., con una convicción que dbruma y 
con una frialdad que aterra, le manifesta- 
ban al general Lavalle que todo quedaría 
esterilizado si el gobernador Borrego no 

sucumbía inmediatamente Esto mismo 

se sabía y se repetía en esos dias tristísi- 
moS;, á partir del en que el general Lava- 
lle salió á batir al coronel Borrego; por 



— 17 — 

manera que puede decirse que el gober- 
nadoi' de Ja Provincia, antes de ser toma- 
do, ya estaba condenado á muerte por los 
revolucionarios unitarios del 1". de Di- 
ciembre. 

El criterio desprevenido se inclina á 
creer que fueron estos hombres quienes, 
haciendo pesar su autoridad sobre el 
ánimo impresionable del general Lavalle, 
decidieron con su condenación colectiva 
la muerte del gobernadoi- Borrego; por 
más que aquel se responzabilizase ante Ja 
historia de un hecho que debió evitar para 
no abrir la era de las tremendas repre- 
salias de la gueri'a civil. Estos hombres de 
distintos puntos de la República, que eran 
los únicos con quienes contaba Lavalle 
para llevar adelante la evolución iniciada ; 
esos antiguos magistrados, publicistas, es- 
tadistas, que gozaban del prestigio de sus 
antecedentes. .. ¿ no ei-an los llamados á 
decidir de los obstáculos y de las necesi- 
dades que se presentasen en el camino di- 
fícil que debía abrir y asegurar la espada 
vencedora del general Lava/le? Y. . . la su- 
ma de sus talentos y de su representación 
política; el compromiso de su adhesión; 



— 18 — 

el servicio de sus personas, de su reputa- 
ción, y hasta el sacrificio de su porvenir : 
todo esto, que era por entonces la única 
base con que contaba el general Lavalle 
para consolidar su autoridad . . . ? no se lo 
otorgaba sin reserva y sin tasa, á condición 
de que Dorrego desapareciera ? 

Así resulta de la nerviosa rapidez de los 
procedimientos con que el joven general 
quiere terminar de una vez la lucha ingra- 
ta que arde en su corazón, herido i)or dos 
corrientes opuestas: la de la humanidad, 
que lo dilata, y de la necesidad impuesta, 
que lo cierra por ñn á todo otro sentimien- 
to. Sabe que Escribano conduce á Dorrego. 
Pero este no llega pronto. El 12 hace cor- 
reo á Rauch para que aligerara esa marcha 
del calvario político. Rauch, el valiente 

Rauch, recuerda su destitución! pero se 

extremece de la suerte que espera al pri- 
sionero: desea alargar esa vida, pero 

vuela! Lavalle quiere saber si llega al fin.... 

y manda á saberlo Rauch llega el dia 13 

ú Navarro. Alli está Lavalle envuelto en un 
delirio ujás cruel que la muerte, cuya tar- 
danza es otra especie de muerte para él.... 
La llegada del prisionero zumba en sus oí- 



— io- 
dos como el eco de un lamento que le llora. 
Y, sin embargo, no quiere verlo. Su deli- 
rio toma vuelo entre vapores de sangre, á 
través de los cuales distingue una esposa 
desesperada, hijos huérfanos, amigos con- 
dolidos, pueblo vengador. Pero esto es un 
relámpago. Una montaña de plomo lo ha- 
ce descender á la realidad. Al presentár- 
sele, monstruosa, toca los miembros mu- 
tilados de la pati'ia ; la tormenta ruge en el 
fondo de su ser; y vacilar lo parece un cri- 
men.... El cuadro se forma bajo un sol que 
cae perpendicular, y que fatiga á aquellos 
soldados que trasmontaron los Andes. La 
campaña es corta, pero es tremenda. ...Una 
llora después el prisionero es conducido al 
patíbulo improvisado junto á un corral de 
vacas.. ..Va sereno del brazo del padre Cas- 
tañer.. ..entrega al coronel Lamadrid una 
carta para su esposa, en la que estampa el 
último beso de su amor; una prenda para 
su hija, entre la última lágrima que su va- 
lor contiene, y se sienta perdonando á sus 
enemigos y pensando en Dios.. .. El capitán 
Paez adelanta un pelotón del 5." de línea.... 
levanta su espada, y el gobernador Borre- 
go cae bañado en sangre. Y como si el ver- 



— 20 — 

tigo lo hubiera impelido á mojar la pluma 
en esa sangre, el general Lavalle escribe 
inmediatamente estas, lineas, en las que 
palpita la monstruosidad de la escena: 
« Participo al gobierno delegado que el co- 
« ronel Borrego acaba de ser fusilado por 
« mi orden al frente de los regimientos que 
« componen esta división. La historia dirá 
« si el coronel Dorrego ha debido ó no mo- 
« i-ir....Su muerte es el sacrificio mayor 
« que puedo hacer en obsequio del pueblo 
« de Buenos Aires, enlutado por él ». 

En seguida del fusilamiento,^ el general 
Lavalle llamó á los oficiales superiores de 
su división. Estos creyeron que era su 
improbación expresa del fusilamiento lo que 
les iba á pedir el general. — Y bi^n, — les di- 
jo Lavalle, paseándose precipitadamente, 
y con la voz ahogada por la emoción, — si 
lósjefes hubieran formado consejo de guer- 
ra para juzgar á Dorrego, todos habrían 
votado la muerte de ésle, ¿no es verdad, 
señores?, . , Poro basta con que yo solo sea 
el comprometido. Yo lo ho fusilado por mi 
orden v sobre micaeiá toda la responsabi- 
lidad. La historia me juzgará.» La excita- 
ción febril del general Lavalle no se calmó 



en los días siguientes, á pesar de las mani- 
festaciones y fiestas con que sus amigos 
querian borrar de su ánimo y del ánimo de 
la población la impresión ingrata del fusi- 
lamiento del 13 de Diciembre. Lo peor era 
que estos prohombres de la situación ma- 
reaban cil general Lavallc á punto do ena- 
genarle la voluntad de prohombres con 
quienes nosimpatizaban,óde hacerlefaltar 
á las conveniencias debidas á su delicada 
posición. Uno de esos dias se presenta en 
el Fuerte el vencedor de Ituzoingó. — ¿Qué 
piensa usted de la situación?» le pregunta 
el general Lavalie. — Pienso que es insoste- 
nible, tal como está hoy. — «F.sque yo no soy 
el hombre de 1815!» exclitma furioso y 
dándole la espalda Lavallc, mientro^Alvear 
se retiraba preguntándose por qué lo ha- 
bría llamado para insultarlo. Otro dia se 
paseaba apresuradamente por el salón del 
Fuerte, cuando entró Rivadavia acompaña- 
do del doctor Agüero. Conversando de la 
actualidad, preguntóle Rivadavia qué géne- 
ro de relaciones entablaría c<in !as pruvin- 
cias. — í,n«; provincias, ^xcI-thó Lo valle, 
dando fuertemente con el pié en el suelo; á 
las provincias las voyá meter denti-ode un 



— 22 — 

zapato con 500 coraceros. — \'á monos, señor 
don Julián, dijo por lo bajo Rivadavia; este 
hombre está loco. Tal fué la única partici- 
pación que tuvo Rivadavia en la revolución 
de Diciembre de 1828. 

El general La valle apeló al juicio de la 
posteridad, como que habi'ia sido estupen- 
do de su parte pretender justificar el asesi- 
nato político del jefe del Estado, que él 
ordenó á título de militar sublevado. Este 
juicio no le alcanzó en vida. La pasión po- 
lítica ó lo lapidó quince años consecutivos, 
ó lo llevó ala altura de las personalidades 
heroicas. Él llevó hasta la tumba el remor- 
dimiento de ese extravío de su patriotismo 
exacerbado por quienes tan incapaces fue- 
ron para fundar nada estable en lo sucesi- 
vo, como fieros se mostraron suscontrarios 
délas ventajas que obtuvieron cuando, en 
época luctuosa, unos y otros se buscaban 
para exterminarse en llanuras y montañas 
de la República ensangrentada. En princi- 
pio, hechos como el fusilamiento del go- 
bernador Dorrego, no se discuten: se con- 
denan en nombre de la libertad, á laque 
insultan, y en homenaje á la patria á quien 
enlutan. Tampoco justifican los odios bar- 



— 23 — 

baros, ni salen de las responsabilidades 
que se contraen poiias represalias tremen- 
das quese suscitan. Los mismos que acon- 
sejaron al general Lavalle el fusilamiento 
del gobernador Borrego, pretendieron elu- 
dir responsabilidades agolpando durante 
treinta años acusaciones sobre quienes ex- 
plotaron ese fusilamiento para herir de 
muerte la libertad. Pero si se estudia úni- 
camente ese hecho y los sentimientos enér- 
gicos que inspiró, lógicamente se llega á 
derivar de él, el naufragio de la política 
liberal que se subsiguió, y entonces la 
complicidad de los acusadores, lejos de 
atenuarse, aparece tanto mas funesta cuan- 
to más atroces son los hechos denuncia- 
dos. Tal fue la tarea que se impusieron los 
panegiristas y libelistas unitarios y federa- 
les desde 1828 hasta 1852, y que han prose- 
guido algunos escritores argentinos en 
obsequio de la tradición que los seduce. 
Pienso que. para imitarlos, no valdrá la 
pena agregar una línea más; fuera de que 
<1esnaturalizaría el propósito que me he 
formado, sin vinculaciones que no me al- 
canzan y sin tradiciones de odio que recha- 
zo. .Hay^ por lo demás, para los pueblos, 



— 24 — 

épocos de cxiravios comunes, á las que 
liay que estudiar en conjunto, para poder 
deducir de la lógica de los hechos las lec- 
ciones y los ejemplos saludables que se 
buscan, que tal es el objeto de la historia. 
Desde otro punto, la pasión vestida con 
galas más ó menos pomposas, domina ai- 
rada y exclusiva. El espíritu del escritor si- 
gue esos vuelos ligeros, la fantasía ascien- 
de enh'e ráfagas que ofuscan; las cosas se 
desnaturalizan: los hombres ó son ángeles 
ó demonios, y el cuadi'o tiene todos los tin- 
tes de lo maravilloso poético ó délo mons- 
truoso abominable. 

El coronel Roüa^, gobernador 

La Legislatura de Buenos Aires inme- 
diatamente de sancionar la ley de 6 de 
Diciembre de 1829, eligió al coronel don 
Juan Manuel de Rosas, gobernador y capi- 
tán general de la Provincia. (1 ) «Mi incli- 



(1) Una circunstancia digna de notarse es que 
los miembros de esla legislatura eran en su totali- 
dad hombres que se dislinguian en la sociedad por 
su posición, por su fortuna ó por el roi que les 
habia tocado desempeñar en la cosa pública desde 



— 25 — 

nación, señores, di, o Rosns, ni recibirse 
del mando, el conocimiento de mí mismo, 
lo nuevo del suceso, no han estado de 
acuerdo con un nombramiento que enér- 
gicamente resistí. Pero las circunstancias 
han podido más que todo, y por su influjo 
le he aceptado. » 

El nuevo gobernador se dirigió al fuerte 
acompañado de una gran masado pueblo 
y allí fué personalmente felicitado por los 
hombres de la revolución de 1810 que so- 
brevivían, y demás notabilidades del país, 
como ser: D. Juím JoséPasso^ D. Domingo 
Matlieu y don Miguel deAzcuénaga. miem- 
bros de la Junta de 1810: los generales 
Alvear, Guido, Balcarce, Soler. Vidal, Al- 
zaga, Via monte, de los ejéi'cilos de la 
Independencia; don Tomás Manuel de 
Anchorena. el amigo de Belgrano y miem- 
bro de ius cabildos y congresos de la i'evo 



flñris nkíls. E'Io5 ornn Issc-iUida. Garcia Valdéz, 
Peña, Gambuu, Del Pino. Anchorena, Aqiiirre, 
Obligado. Mfidraiio. Viola, Isasi, Sfgurola, Donado, 
Irigf)ven, Pacheco, Vega, Grela, Silveirü, Díaz, Vi- 
dal, Zelaya. Atrniar, del Campo, Kivero, Perdriei. 
Oan^-s. de Zúñigu. Posadas, Lozano, Marlinez. 
Todos volaron por Rosas, con excepción de Terre- 
ro, que voló por Villamonle. 



— 26 — 

lución ; don Manuel José García, el antiguo 
diplómala; don Gregorio Tagle, antiguo 
ministro del directorio; don Diego Esta- 
nislao Zabaleta, uno de los que trabajó la 
reunión del congreso de 1826; don Grego- 
rio Pedriel, etc. 

El nuevo gobernador expidió tres procla- 
mas: una al pueble, en la que pedía á todos 
el concurso para gobernar con la ley á fin 
de garantir el orden ; otra al ejército y ma- 
rina, en la que les recordaba los juramen- 
tos de fidelidad á la autoridad legal. La 
otra proclama era dedicada á las milicias 
de la provincia. 

Rosas tuvo el tino de componer su mi- 
nisterio con tres hombi-es reputados por 
sus servicios al país y por sus talentos 
distinguidos, á saber : el general don To- 
más Guido, el secretario y amigo de San 
Martin ; el doctor Manuel José García, 
antiguo diplómata, y colaborador de Riva- 
davia ; y el general don Juan Ramón 
Balcarce, unos de los guerreros más 
brillantes de la independencia argentina. 

La tarea era ardua. El periodo que se 
siguió á la disolución nacional de 1827, fué 
de transición y de revuelta. En dos años 



— '¿I — 

se había operado un cambio palpable en 
la sociedad y en el gobierno. Nuevas aspi- 
raciones campeaban absolutas en la arena 
déla nueva política. Rencores que se ali- 
mentaban francamente, como una protesta 
viva contra las administraciones anterio- 
res, servían generalmente de inspií'ación 
y de bandera á esa política. 

Y no era Rosas, como no era Mamonte, 
ni el ministerio, ni los exaltados, los soste- 
nedores de esta política. Era el sentimiento 
general, unisono de un partido vencedor 
cuyos poderosos elementos de acci<')n en- 
traban de lleno y por la primera vez en la 
causa que con razón hacían suya, consa- 
grándole todo lo que tenían : un entusiasmo 
ineducado, una ignorancia deplorable y 
una inexperiencia política que tenían su ex- 
plicación en el desamparo en que siguie- 
ron !as campañas desi)ucs de 1810; en la 
indolencia con que se min') las necesida- 
des de sus habitantes, y en la ninguna par- 
tid paci(3n (jiic se k's di ■) á estas en las 
evoluciones que se sucediei-on hasta 1820, 
sino era para formar con ellos los batallo- 
nes con que se engrosaba los ejércitos que 
guerrearon por la independencia. La clase 



— 28 — 

educada y dirigente de este partido estaba 
de pié merced á la influencia incontras- 
table de las campañas. Sobre la tumba 
de Dorrego uniformaron sus miras y con- 
fundieron sus aspiraciones. Sin el más 
fuerte, el centro urbano y educado que- 
daba en peores condiciones que el partido 
unitario que acababa de abandonar la es- 
cena política. Y no se puede negar que el 
elemento urbano, sin ser absorbido, se 
hizo el intérprete de las aspiraciones y de 
las tendencias del de las campañas, im- 
primiendo á la época que comienza en 
1830 una fisonomía que era á la que había 
iniciado Rivadavia, lo que la de 1820 á 
la de los primeros años de la revolución 
de Mayo, cuando fué vencido, perseguido 
y expatriado el elemento aristocrático y 
civilizador que la proclamó y la hizo 
triunfar. 

La evolución de las campañas de Bue- 
nos Aires en Octubre de 1820, y que co- 
mienza á realizar sus fines en 1829, puede 
decirse que constituye la tercera propor- 
ción de la sociabilidad argentina en orden 
descendente. Ellas se apoderan de la esce- 
na política, le imprimen sus inclinaciones 



— 29 — 

sus tendencias en nombre de los mismos 
principios que sirvieron para marcar las 
dos épocas anteriores; y como fuerzas mo- 
trices que entraban por la vez prim.era en 
el desenvolvimiento regular de una orga- 
nización política que debía pasar por una 
serie de ensayos y calamidades antes de 
asentarse sobre bases más ó menos esta- 
bles. Insisto sobre esto por que es fun- 
damental para la explicación de evolucio- 
nes subsiguientes, cuyo estudio aislada 
conduce á exagerar verdades que vienen 
á ser otros tantos errores. La primera de 
esas evoluciones está marcada por el ele- 
mento aristocrático y decente de 1810, el 
cual arranca de los antecedentes legales y 
del propio derecho municipal para operar 
la revolución de Mayo, darle su programa, 
sancionar la independencia del país, y ha- 
cerla triunfar por el genio y el patriotismo 
de San Martin, de Belgrano y de Güemes. 
En segundo término, la crisis orgánica 
de 1820; la reacción tumultuaria de las 
clases medias contra la oligarquía de los 
hombres, y partidarios de los triunviratos 
y de los directorios. Los caudillos de las 
otras provincias les prestaron mano fuerte. 



— 30 — 

Ellas quedai'on imperando en Buenos Ai- 
res como expresión genuina y palpitante 
de las pasiones arrebatadas, en el momen- 
to en que se inauguraba la crisis estupen- 
da de un pueblo que recien iba á fijar sus 
miras en el gran problema de su organiza- 
ción. Esta reacción fué el punto medio 
entre la época inaugurada, en 1810 y la 
época que se inauguró en 1829. Un mismo 
número de años la separaba de una y 
otra. Diríase basta que hubo propoi'ciona- 
lidad an la serie de los hcclios que contri- 
buyeron á crearla, y de los (jue ella produ- 
jo para que la derrumbaran. Las mismas 
causas que alególa reacción de las clases 
medias para divorciarse de los bombres 
que compusieron los gobiernos anteriores 
á quienes procesó como Traidores, fueron 
alegadas por la nueva reacción que apa- 
reció triunfante en 1829, con fines mas 
radicales que tuvieron la virtud de impo- 
nerse en los tiempos. 

Por los auspicios de estas tres gi'andes 
proporciones se ha desenvuelto, pues, la 
sociabilidad argentina desde 1810 hasta 
1829, y como he dicho en otra ocasión, en 
virtud de algo que se podi'ía llamar la ley 



— 31 — 

de las renovaciones políticas, las cuales se 
han ajustadoú principios cuya originalidad 
y cuya lógica son dignas de estudio para 
meditar con fruto sobre la filosofía histórica 
de la República Argentina. 

A diferencia de la evolución orgánica de 
182G que atacó desde luego la organización 
constitucional de la República, la de 1829 
circunscribió por el memento sus propósi- 
tos á radicar la situación en Buenos Aires 
en beneficioexclusivodslpartido vencedor, 
para prevenirse de los peligros con que la 
amenazaba el general Paz, quien al frente 
de las fuerzas de línea con que regresó del 
Brasil, disputaba el predominio de los uni- 
tarios en las provincias del interior. Esta 
gran masa de opinión proclamando la fe- 
deración que hasta entonces carecía de an- 
tecedentes legales y que no podría llevar á 
la práctica sino á condición de desalojar 
políticamente á los unitarios de las otras 
provincias. Y al proclamarlas así exaltaba 
á Rosas que era el principal campeón de 
tal idea, después de la muerte de Dorrego. 
Y vinculando el triunfo de esta con la per- 
sona de aquél, tributábale al gobernante 
los homenajes de un pueblo que sale de 



— 32 — 

quicio, cuando el juego regular de las ins- 
tituciones no forma escuela, conteniendo 
las pasiones desordenadas que deprimen la 
libertad. 

Estos homenajes dcbian llegar hasta el 
fanatismo; y la decisión y el entusiasmo 
€on que se prodigaban no encuentran pa- 
i'ccido en ninguno de los periodos revolu- 
-ciouarios de la República Ai-gentina. Hoy 
se niegan tales sentimientos por que á to- 
dos alcanzan los extravíos de una sociedad 
€OiTmovida en sus cimientos. , Para ncgar- 
losse suponeque la voluntad de un hombre 
pudo mas que la voluntad de un pueblo 
que dio cuatro repúblicas al mundo lu- 
€hando contra la España. Y se suponéoslo 
porque se olvida que los elementos que 
•exaltaban en 1829 al hombre á quien acla- 
maban el primer ciudadano de Buenos Ai- 
res, como lo había llamado el mismo gene- 
ral Lavalle, no tenían ni la educación ni 
los hábitos democráticos que se han adqui- 
rido después; que mas que esta educación 
y estos hábitos han podido los sentimien- 
tos ardorosos que sabe alimentar la sangre 
española que llevaban, los cuales engen- 
■draron siempre ayer y hoy mismo, entu- 



— 33 - 

siasmos tan enérgicos como para producir 
excesos cuyas causas son ancjnimas. Así, 
la prensa y los círculos gubernistas, dando 
riendas al encono que les inspiraba sus 
adversarios, se prevalieron del primer ani- 
versario del fusilamiento del coronel Bor- 
rego para demandar medidas rigoristas 
contra aquellos. La legislatura de Buenos 
Aires, por moción de algunos prohombres 
del partido federal que fueron desterrados 
bajo el gobierno del general Lavalle, san- 
cionó la ley del 24 de Diciembre que decla- 
raba «libelos infamatorios y ofensivos á la 
moral todos los impresos dados á luz por 
las imprentas de esta ciudad desde el 1" de 
Diciembre de 1828 hasta la convención de 
4 de Junio último, que contengan expre- 
siones en algún modo injuriosas á las per- 
sonas del finado coronel Dorrego, del co- 
ronelJuan Manuel de Rosas, los goberna- 
dores de provincias, etc.» 

Y fundándose en el pronunciamiento 
enérgico de la legislatura contra la misma 
revolución del 1." de Diciembre, y en que 
era absolutamente incompatible con la 
tranquilidad y el <')rden público la actitud 
de los que habían tomado parte en ella, el 

2 



— ;u — 

poder ejecutivo expidió un decreto por el 
cual declaraba que sería considerado como 
reo de rebelión todo el que, encontrándose 
en esas condiciones, «no diese en adelante 
pruebas inequívocas de que miraba con 
abominación los atentados cometidos por 
dicha revolución.» Como se vé, los federa- 
les tomaban presto represalias de la medi- 
da por la cual el gobierno del general La- 
valle clasificó uno ;\ uno á los conocidos 
como tales federales para asegurarlos ó 
desterrarlos. 

Simultáneamente lalegislatura aprob() la 
conducta política y militar do Rosas desde 
el dia 1." de Diciembre hasta el en que to- 
mó posesión del mando: lo declaró Ilestau- 
rador de las lenes Q instituciones de la pro- 
vincia; le confirió el grado de brigadier y lo 
condecor(') con un sable y con una medalla 
conmemorativa. Rosas tuvo el buen juicio 
de no aceptar estas demosti'aciones análo- 
gas á la que hacían los demás congresos 
americanos á sus respectivos mandatarios, 
abriendo con ellas el camino á cuanto go- 
bierno fuerte ha imperado en el continente 
después de la revolución contra Lspaña. 



— 35 — 



El general Quiroga 



La personalidad del general Juan Facun- 
do Quiroga dio tema á Sarmiento para un 
libro que constituye bello llorón de la lite- 
ratura argentina. Bien que con el espíritu 
preconcebido del propagandista que sin- 
tetiza las causas complejas en los hechos 
que favorecen sus ideales, Sarmiento ha 
presentado con coloridos de maestro ese 
carticter original de los llanos argentinos, 
tomándolo desde el momento en que se 
inicia en las correrías pintorescas del gau- 
cho, hasta el en que se convierte en perso- 
naje político al favor de las livalidades en- 
tre los Dávila y los Ocampo. Desde que con 
sulanzaysusllanerosse apoderóde la situa- 
ción de la Rioja, Quiroga campe<) formida- 
ble donde quiera que se sintió la pujanza 
de su brazo y las manifestaciones de sus 
pasiones arrebatadas. Expresión superior 
de la naturaleza primitiva en que se había 
desarrollado, conducía sus propósitos en 
razón délos medios que ésta le brindaba. 
Valeroso hasta la temeridad; sagaz hasta 



— 36 — 

lo increible; fecundo en expedientes singu- 
lares; tremendo en las victorias ; más tre- 
mendo todavía en las derrotas, y con chis- 
pas de genio para sacar provecho aun de 
las dificultades que le suscitasen, y resta- 
blecer la partida con cualesquiera que se 
le opusieren, el general Quiroga era un es- 
píritu sacudido por el frenesí de las luchas 
estupendas, en las cuales se agrandaba 
como se agranda un turbión cuando más 
recia es la borrasca que lo levanta. 

Obligaba á los suyos á que confiasen en 
la Tictoria, como si esta dependiese del 
prodigio de su voluntad; y él confiaba 
también, seducido por la visión fantástica 
de un campo ensangrentado de vencidos 
por sus manos, y él espei'ando á los ven- 
gadores para vencerlos otra vez, y otra 
vez poder gozar de las fruiciones deliciosas 
del combate. Kl pueblo, los soldados, ha- 
bituados á batirse como leones á su lado, 
temblaban ante la mirada penetrante de 
esos ojos renegridos y medio ocultos bajo 
las guedejas de una cabellera abundante. 
Aquí era donde Quiroga descubrió sus 
dotes de caudillo de multitudes primitivas. 
Véase esta anécdota. Un objeto había sido 



— 37 — 

robado. Todas las averiguaciones heclias- 
á los soldados habían sido iniVuctuosas 
Quiroga formó su tropa : hace corlar tantas- 
varillas de igual tamaño cuantos eran los 
soldados : oi-dena que se distribuyan á 
todos, y con voz segura dice : 

«Aquel cuya varita amanezca mañana 
más grande que 'as demás, ese es el la- 
drón.» Al dia siguiente forma su tropa. 
Un soldado hay cuya varilla aparece más 
corta que las otras : «Miserable! le grita 
Quiroga con voz aterrante: tu eres!...» 
Y en efecto, éste era. . .el crédulo gaucho, 
temiendo que la varilla creciese, le había 
cortado un pedazo. V.n otra ocasión había- 
se robado algunas prendas á un soldado. 
Quiroga dice con seguridad: «yo sé quién 
es», y hace desfilar la tropa para adivinar- 
lo. De repente se lanza sobre un soldado, 
lo toma por el brazo y le pregunta seca- 
mente: «¿dónde está el apero?))— «Allí, ge- 
neral)), responde el gaucho, señalando un 
bosquecillo... 

Su actitud de caudillo de multitudes ar- 
madas en el escenario político que le dis- 
putaban sus enemigos, suscitóle resisten- 
cias tremendas. La tradición partidista 



— 38 — 

nbulta los hechos de Quiroga y como no 
nos explica su razón en otros hechos cor- 
relativos, lo exhibe como un ser abomina- 
ble. Cierto es que incurrió en actos de 
•crueldad, pero estos fueron por via de re- 
presalia, en una época de descomposición 
y de atraso, en medio de una guerra civil de- 
sastrosa^ cuando parecía que los unitarios 
y los federales adoptaban por principio 
aquellas tremendas palabras que pronun- 
ciaba Cicerón en los últimos dias de la Re- 
pública Romana: «César, somos los venci- 
dos podéis hacernos morir!» 

Los principales hombres del país tuvie- 
ron franca relación con Quiroga. y ningu- 
no de ellos acudió en vano al sentimiento 
patriótico del formidable caudillo, según 
se acredita por la voluminosa correspon- 
dencia original que he tenido á la vista. 
En Noviembre de 1820 el general Güemes 
le encareció el envío de armas y soldados 
declarándole que «este recomendable ser- 
vicio pondrá el sello á los muchos que ha 
prestado al país y que le reconocerá éste.» 
Quiroga le remitió todo el material de gue- 
rra de la división Aldao y alguna tropa. 
En 1823 es el Libertador San Martin quien 



— 39 — 

¡c llnma á la concordia con el gobernador 
Dávila. l''I [): dido llegó cuando las fuer- 
zas de Quiroga, se batían con la de este. 
AI entrar vencedor en la Rioja, Qniroga 
ordena que cesen los repiques, envía el 
pésame á la viuda del gobernador muerto 
en la pelea y le decreta á éste pomposos 
exequias fúnebres. En octubre del mis- 
mo año, el Libertador San Martin vuelve 
;i agradecei'Ie los auxilios que ha prestado 
á la división del general Urdinarrea ; y en 
el mismo sentido y por servicios análogos 
le escriben los generales Balcorce, y e 
coronel Borrego, el general Alvear, don 
Nicolás Avellaneda, gobernadores y altos 
funcionarios de la República. 



El pacto federal y el supremo poder militar 

Las cuatro provincias del litoral acaba- 
ban de ligarse por un tratado cuyos efec- 
tos desgracia -.amenté del)ían recaer por 
el momento sobre el sui)remo poder mi- 
litar que les oponía el genei'al Paz. Ya en 
23 de Mayo de 1830, el coronel Pedro Ferré, 
á nombre déla provincia de Corrientes, y 



— 40 — 

el doctor Tomás Manuel de Anchorena, 
á nombre de la de Buenos Aires, habían 
firmado una convención preliminar para 
celebrar un tratado entre las mismas y las 
de Santa-Fé y Entre Ríos, que serian invi- 
tadas al efecto, y el cual tendría por objeto 
primordial formar una liga federal. Sobre 
esta base la del tratado de 28 de Febrero 
entre Santa-Fé y Corrientes los arreglos 
de 24 de Febrero entre Santa-Fé y Buenos 
Aires, y el tratado de 3 de Mayo de 1830, 
entre Corrientes y Entre-Rios, don Domin- 
go Cuiten por Santa-Fé, don José Maria 
Rojas y Patrón por Buenos Aires y don 
Antonio Crespo por Entre-Rios, concluye- 
ron en la ciudad de Santa-Fé, un tratado, 
el 4 de Enero de 1831, conocido por pacto 
federal. 

Ese pacto fué la primera base orgánica 
que se dio la federación en la República 
Argentina, y tuvo la trascendencia en la 
organización que se llevó á cabo después. 
Según él las provincias contratantes adop- 
taban la forma de gobierno republicano-fe- 
deral, reconociéndose mutuamente su li- 
bertad, representación y derechos; y esti- 
pulaban una alianza ofensiva y defensiva 



— 41 — 

conti-a toda agresión. Las bases 3" á 14* 
contenían una declaración de garantías y 
derechos recíprocos en favor de los habi- 
tantes y de las propiedades é industrias de 
los mismos. Para reglar los objetos y fines 
del pacto, el art. 15 creaba una comisión 
representativa de los gobiernos délas pro- 
vincias litorales, la cual debía componerse 
de un diputado porcada una de ellas, y re- 
sidir en la ciudad de Santa-Fé. Las atiibu- 
ciones de esta comisión eran «celebrar 
tratados; hacer declaraciones de guerra, 
siempre que las cuatro provincias estuvie- 
sen de acuerdo con ello : nombrar el gene- 
ral en gefedel ejéi'cito del litoral : determi- 
nar el contingente de tropas con que cada 
una debe contribuir á formarlo: invitará 
todas las demás provincias de la Rep>''blica^ 
cuando estén en plena libertad y tranquili- 
dad, á i'éunirse en federación con las lito- 
rales, y á que por medio de un congreso 
general federativo se arregle la administra- 
ción general del país bajo el sistema federal, 
su comercio interior y exterior, su nave- 
gación, el cobro y distribuciim de las ren- 
tas generales, y el pago de la deuda de la 
República, consultando del mejor modo 



- 42 — 

posible la seguridad y engrandecimiento 
déla nación, su crédito interior y exterior 
y la soberanía, libertad é independencia de 
cada nna de las prorincias. » 

Mas que un tratado de unión y alianza 
para objetos inmediatos, este pacto era, 
como se vé, una verdadera constitución 
bosquejada á grandes rasgos. Si nó llenaba 
las exigencias de legisladores retóricos y 
formulistas, como los que elaboraban antes 
y después del añc 1831 las constituciones de 
Francia, las cuales se sucedían como hi- 
pérboles mas ó menos brillantes, tenía 
cuando menos en su abono el ejemplo de 
Inglaterra, que es la nación mas libre, con 
ser que se limitó á conservar las declara- 
ciones de la magna carta y ampliarlas en 
razón de sus necesidades sucesivas. Ver- 
dad es que el ejercicio del gobierno libre en 
la República Argentina, era en la época de 
transformismo y de guerra del año 1831, 
tan solo un ideal de los mejor preparados; 
y áque á su desenvolvimiento obstaban así 
Jas represiones de gobiernos revoluciona- 
rios ó de transición, como los r-eacciones 
de pueblos sin conciencia ilustrada déla 
libertad orgánica. Y tan poderosos eran 



— 43 - 

cslos obstáculos entonces en América co- 
mo en Europa, que lioy, después de sesenta 
años, todavía fermentan esas reacciones y 
represiones en la República Argentina, bajo 
el imperio de una constitución liermosa, 
pero susceptibles como todas, de ser des- 
naturalizada cuando la virtud cívica y la 
educación democrática no vigorizan el or- 
ganismo gubernamental. 

Así y todo, g\ pacto federal ÚQ 1831 arran- 
caba de los antecedentes políticos que los 
sucesos, las aspiraciones y las necesidades 
habían creado en las provincias del litoral 
argentino; y consider;indoIos hechos con- 
sumados y fundamentales, les daba sanción 
legal en la forma y latitud que conceptuaba 
más conveniente para que se conservasen 
en el tiempo. Lógicos son tales anteceden- 
tes; los gobiernos del litoral procedieron á 
la inversa de como procedieron los gobier- 
nos y constituyentes unitai-ios de 1819 y 
182(). Estos vieron un todo, la Nación, al 
cual creyeron armonizar por el solo minis- 
terio de la ley que dictas( n, sin tomar en 
cuenta la opinión de las partes aisladas en 
la vasta extensión del territorio. Aquellos 
se apoyaron en las partes. las provincias. 



._ 44 — 

para llegar por el ministerio de estas á 
armonizarel conjunto. La idea de la nacio- 
nalidad argentina predomina en el pacto, 
jpor más que las circunstancias impidan 
por el momento la unión constitucional de 
todas las provincias, la cual se realiza re- 
cién en 1835 y 1840. Pero el hecho de la 
unión federal argentina queda ahí sentado 
y tan eficazmente, que los constituyentes 
de 1853 que sancionaron la constitución 
actual de la República, declararon que el 
pacto federal de 1831 «era lo que determi- 
naba el régimen de gobierno que debía 
adoptar la nación». 

Frente al pacto fedei'al del litoral, levan- 
tábase con el objeto de destruirlo, un su- 
premo poder militar centralizado en las 
manos del general Paz y sin ningún prin- 
cipio orgánico que sirviera de término de 
•comparación á los pueblos, los cuales iban 
á decidir en lucha á muerte.... ¿qué iban á 
•deí idir? Nada más que quien predomina- 
ría con los suyos en la Repiíblica. En 1826 
los principios de unidad y de federación 
sirvieron de bandera á dos pai'lidos políti- 
cos. La unidad quedó triunfante en el ter- 
reno de las ideas; pero la federación pre- 



— 45 — 

valeció por el empuje de las muchedum- 
bres que arrastraron los jefes y caudillos 
de provincia. Kn 1830 no hubo mas princi- 
pio orgánico que el proclamado por el 
litoral. Y si bien Paz se decía unitario y 
actuaba como jefe de los unitarios en el 
interior, las provincias conserval)an legis- 
laturas, gobernadores y todas las aparien- 
cias de un mecanismo federaUsubordinado 
es cierto i\ los jefes del ejército do C(')rdoba, 
pero reclamado por los mismos amigos y 
adictos de Paz, imbuidos también en la idea 
de la soberanía de sus respectivas provin- 
cias. 

Si Paz habia conflagrado diez provincias 
argentinas para organizar la naci(')n bajo 
el régimen unitario, imponiéndole con sus 
armas que ya habían lechazado <: por qué 
dejaba subsistentes los hechos que obs- 
tarían á esa organización, aún suponiendo 
que su supremacía militar fuese duradera? 
Y si dejaba subsistentes estos hechos que 
aproximaban el interior al.litoral, ¿porqué 
no enviaba los diputados de las provincias 
del interiora la Coniisióu represeatativa de 
Santa-Fé, donde formarían grande mayo- 
ría sobre las de las cuatro del litoral, con- 



— 46 — 

servándose en su posición, apartando así el 
motivo del rompimiento, y comprometiendo 
á Rosas, á López y á Ferré á la faz de la 
nación y á la luz de los principios ?...<; Por 
qué Rosas y López destruirían su inñuen- 
cia?. . . Pero él era el más fuerte, el gene- 
ral mas hábil y tenía su ejército y sus re- 
cursos propios. ¿Porqué él era unitario 
convencido, y Rosas y López especulaban, 
según la voz corriente, con la federación 
sobre los sentimientos de las muchedum- 
bres semi-bárbaras, imposibilitando la paz 
y felicidad de la República? Pero, enton- 
ces, ¿porqué se equiparaba él con éstos, 
y concurría por otro cammo al mismo ob- 
jeto, imponiendo con sus armas un i'égi- 
men de gobierno que en fuerza de las 
resistencias que sublevaba había com- 
prometido la independencia argentina, 
derrocado dos directorios, dos congresos 
y una presidencia, y empujado á las pro- 
vincias á despedazarse las unas con las 
otras?. . . Porque más que la organización 
nacional, era la supremacía personal lo 
que buscaba el general Paz, como la buscó 
en seguida el general Lavalle. Sin que el 
uno ni el otro levantara, durante la guerra 



— 47 — 

civil á que se lanzaron mas iilea orgánica 
que lo que las provincias habían rechazado 
y contra la cual lucharon por los auspicios 
de Rosas, hasta hacer ti'i untar la idea fe- 
deral en el congreso de 1853. Todavía en 
18 i6 el doctor Florencio Várela, director 
político de los unitarios, inquirido poi- Sar- 
miento sobre sus vistas respecto de la or- 
ganizaci<3n del país, respondió sencilla- 
monte que el programa estaba ya trazado 
por la constitución de 182r) ! 

Qtilroga y Lamadrid 

Después de terminar su campaña de Cu- 
yo se dirigió Quiroga á Tucuman. Había 
motivos especiales que lo enipnjajjan á 
dirimir para siempre la contienda con 
Lamadrid y con López, que eran sus im- 
placables enemigos. En Mayo de 1830, el 
gobernador don Javier Lopoz pidió por 
intermedio de su delegado al de Buenos 
Aires que le entregase al famoso criminal 
Juan Facundo Quiroga para ser juzgado 
por un tribunal nacional que se nombra- 
ría al efecto.» 

Es fácil imaginarse como enardecería d. 



— 48 — 

Quiroga el verse así tratado por un enemi- 
go sobre quien pesaljan acusaciones como 
las que constaban del sumario que le man- 
dó levantar el mismo Lamadrid en 1826, 
después de declarar ^caduca la tiranía san- 
grienta que ejerció en Tucuman el general 
Javier López.» (En la pagina 15 de este su- 
mario se lee la lista de los fusilados y dego- 
llados por orden de don Javier López, sin 
tormación de causa. Figuran en ella el ge- 
neral Bernabé Araoz, Don Juan Pedro 
Araoz, el general Martin Bustos, los co- 
mandantes Carasco y Gordillo, capitán Mar- 
ciano Ui'la y veinticinco ciudadanos y sol- 
dados cuyos nombres se dá.) 

Por lo que atañía a Lamadrid no era me- 
nos fundado el encono de Quiroga. Lama- 
drid durante su comando militar enlaRio- 
ja y en San Juan el año anterior, no solo 
había dado carta blanca á sus subordina- 
■ dor para que ejerciesen actos de rigoi',que 
ejercieron en efecto, provocando otros de 
partede los adversarios, sino que se había 
apoderado de una fuerte cantidad de onzas 
de oro que Quiroga guardaba en su casa de 
la Rioja, insultado la esposa -de este y hé- 
chole arrastrar un grillete á la anciana 



— 49 — 

madre. Esto ultimo era lo que más hería 
al formidable caudillo, y de todo ello tenia 
las pruebas evidentes como se vé en las si- 
guientes cartas encontradas en sus pa- 
peles. 

El 30 de Junio de 1830, Lamadrid le es- 
cribía en San Juan á don Ignacio Videla, 
dándole cuenta de la providencia que aca- 
baba de tomar en la Rioja: «espero que dé 
usted üi'den á los oficiales que mandan sus 
tuerzas en persecusión deesa chusma, que 
quemen en una hoguera, si es posible á to- 
do montonero que agarren. A Ouiroga se 
le han pedido doce mil pesos y seis mil á 
Bustos, con plazo de tres dias que vencen 
mañana. A mi retiro de la Rioja deben ir 
los presos conmigo; yo los pondré donde 
no puedan dañai-. El pueblo está empeña- 
do en que reclame la persona de Etchega- 
ray, lo cual hago de oficio. A estas cabezas 
es preciso acabarlas, si queremos que ha- 
ya tranquilidad duradera. Espero, pues, 
que usted lo mandará bien asegurado al 
cargo de un oficial y cuatro hombres de 
confianza, con orden que en cualquier ca- 
so de peligro de fugarse, habrá llenado su 
deber dando cuenta de su muerte». 



— 50 — 

«Acabo de saber por uno de los prisione- 
ros de Quiroga, — escribía Lamadrid á don 
Juan Pablo Carballo, — que en la casa de la 
suegra ó en la de la madre de aquél es 
efectivo el gran tapado de onzas que hay en 
los tirantes, más no está como dijeron al 
principio, sino metido en una caladura que 
tienen los tirantes en el centro, por la parte 
de arriba y después ensamblados de un 
modo que no se conoce. Es preciso que en 
el momento haga usted en persona el reco- 
nocimiento^ subiéndose usted mismo, y 
con una hacha los cale usted ei^ toda su ex- 
tensión de arriba, para ver si dá con la ha- 
cha esa que es considerable. 

Reservado: Sida usted con ello es preciso 
que no diga el número de onzas que son, y 
si lo dicen al darme parte, que sea después 
de haberme separado unas trescientas ó 
más onzas. Después de tanto fregarse por 
la patria^ no es regular ser zonzo cuando 
se encuentra ocasión de tocar una pai'tesin 
perjuicio de tercei'o, y cuando yo soy des- 
cubridorycuanto tengo es para servirá todo 
el mundo...» (Manuscrilosoriginalesen po- 
der de la señora hija del general Quiroga). 

Taleseran los antecedentes que mediaban 



— 51 — 

entre los dos jefes unitario del Norte y el 
jefe federal de la Rioja. cuando este último 
se presentó frente Tucumán con sus guer- 
reros. Lamadrid y López esperaron á Qui- 
roga en el campo de la Cuuladda, en las 
orillas de la ciudad, el 4 de Noviembre de 
1831. Todavía están en las fllas militares 
Pedernera, Barcala, Arengreen, \'idela 
Castillo, Balmaceda y otros de los vencedo- 
res de Saa Roque, La Tablada y Oncativo. 
Las fuerzas contendientes son casi iguales 
en el número, tres mil hombres de parte á 
parte; si bien los unitarios íoi-man en su 
centro un castillo de fuego con la artillería 
é infantería. Pero Lamadrid no tiene sufi- 
ciente autoridad sobre sus subordinados 
para imponer la unidad de su plan, si es 
que de veras lo tiene; y la suerte de la bata- 
lla queda librada á los jefes de división. Y 
el espíritu indomnble de Quiroga está in- 
crustado en sus soldados, los cuales se lan- 
zan como leones hacia donde los empuja el 
grande eco de su jefe, que es el eco de la 
victoria que los llama. Quiroga se coloca 
convenientemente para neutralizar el efecto 
de la artillería unitaria. Cuando una de 
sus alas es amagada, él lanza al coronel 



— 52 — 

Vargas con su caballería sobre la infante- 
ría de Barca la; y cuando ha comprometido 
todas las fuerzas de Lamadrid, se lanza él 
en persona y ordena á Ibarra y á Reynafé 
que lo sigan con sus divisiones. Después 
de dos horas de lucha y entrevero, queda 
dueño del campo de batalla. 

Su triunfo fué completo. Los coroneles 
Barcala, Larraya, Ares y Merlo, gran can- 
tidad de oficiales y cuatrocientos soldados 
quedaron en su poder. 

Cuando se encuentra arbitro de Tucu- 
man, comisiones do vecinos notables van 
á su campo a implorarle clemencia. Él les 
enseña los jefes que tanto han gueri'eado 
contra él y todos los prisioneros cuya vida 
ha respetado; pero en represalia del ase- 
sinato del general Villafañe y de los trata- 
mientos de que fué víctima su anciana 
madre, manda fusilar á algunos de sus 
enemigos políticos. La esposa de Lama- 
drid se encuentra en Tucuman. Quiroga 
la manda buscar para preguntarla sobre el 
paradero de los noventa y tres mil pesos 
fuertes que de su casa de la Rioja le se- 
cuestró ese general. Después de cerciorar- 
.se de que la .dama lo ignora le dá liber- 



i 



— sa- 
lad, é impone una contribución pecunia- 
ria á la ciudad de la misma manera que lo 
habían hecho Paz, Dechesa, Lamadrid y 
Vidcla Castillo en Córdoba, Santiago del 
Estero, Mendoza, San Juan y la Rioja. 

Kn seguida de la batalla, Lamadrid y 
Ouiroga se cambiaron lascartassiguientes, 
<|ue ponen de relieve los hechos por propia 
confesión de los interesados: «General — le 
decía Lamadrid áQuiroga — no habiendo te- 
nido en mi vida otro interés que el de servir 
á mi patria, hice por ella cuanto juzgué 
conveniente á su salvación y á mi honor, 
hasta la una de la tarde del dia 4 en que la 
cobardía de mi caballería y el arrojo de V. 
destruyeron la brillante infantei'ía que es- 
taba á mis órdenes. 

Desde ese momento en que Vd.qued(j 
dueiio del campo y de la suerte de la Re- 
pública, como de mi familia, envainé mi 
espada para no sacarla masen esta desas- 
trosa guerra civil, pues todo esfuerzo en 
adelante será más que temerario, crimi- 
nal. Con esta firme resolución me retiro 
del territorio de la República, intimamente 
persuadido de que la generosidad de un 
guerrero valiente como es Vd., sabrá dis- 



ÍJ-1 



pensar todas las consideraciones que se 
merece la familia de un soldado que nada 
ha reservado en servicio de su patria y 
que le ha dado algunas glorias. He sabido 
que mi señora fué conducida al cabildo en 
la mañana del 5 y separada de mis hijos, 
pero no puedo persuadirme de que su 
magnanimidad lo consienta, no habiéndo- 
se extendido la guerra jamás por nuestra 
parte á las familias. Recuerde Vd. general, 
que á mi entrada en San Juan, yo no tomé 
providencia alguna contra su señora. Rue- 
go á Yd., general, no quiera marchitar las 
glorias de que está cubierto, conservando 
en prisión á una señora digna de compa- 
sión, y que se servirá Vd. concederle el 
pasaporte para que marche á mi alcance, 
etc.» 

Quiroga procedió con elevación. « Usted 
dice, general, le respondió áLamadrid. que 
han respetado á las familias sin acordarse 
de la cadena que hizo arrastrar á mi ancia- 
na madre, y de que mi familia por mucha 
gracia fué desterrada á Chile como único 
medio de evitar que fuese a la Rioja donde 
Vd. la esperaba para mortificarla; mas yo 
no me desentiendo de esto y no he trepida- 



— 55 — 

do en acceder á su solicitud, y esto, no pol- 
la protesta que ^'d. me hace sino porque 
no me parece justo atiijir al inocente.» Y 
para mostrarle que su proceder fué expon- 
táneo, le agrega rudamente: «Es cierto 
que cuando tuve aviso que su señora se 
se liallaba en este pueblo, ordené fuese 
puesta en seguridad, y tan luego como mis 
ocupaciones me lo pei-mitieron, le averi- 
güé si sabía dónde iiabía Vd. dejado el di- 
nero que me extrajo ; y habiéndome con- 
testado que nada sabía, fué puesta en li- 
bertad, sin haber sufrido más tiempo que 
seis dias. > Y al concederle el pasaporte 
cierra su carta así : « No creo que su seño- 
ra por sí sola sea capaz de pi'oporcionarse 
la seguridad necesaria en su ti ánsito, y es 
por esto que yo se la proporcionaré hasta 
cierta distancia ; y si no lo hago hasta el 
punto en que Vd. se halla, es porque temo 
que los individuos f|ue dé para su compa- 
ñía, corran la misma suerte que Melián, 
conductor de los pliegos que dirigí al señor 
general Alvarado. » 



— 56 — 



La expeilicióii al desierto 

Los contemporáneos que hasta la apari- 
ción de mi li'^ro pocas noticias tenían de la 
expedición al desierto en 1833, y que lian 
visto como se ejecutí) la ley de 1878, se pre- 
guntarán: si Rosas desalojó á los indios 
desde Bahia Blanca hasta las cordilleras y 
la frontera de Mendoza hasta Magallanes, 
¿cómo es que en 1879 se emplearon dos mi- 
llones de duros y todo el ejército de línea 
argentino para batir los indios en esos mis- 
mos desiertos? Es evidente que las divisio- 
nes de Rosas concluyeron las indiadas que 
recorrían toda aquella vasta extensión de 
territorio. Los únicos indios á los cuales 
no pudo reducir fueron los indios arauca- 
nos que, unidos á los ranquelcs, se habían 
batido con las divisiones de Aldao y Hui- 
dobro, y que al saber que venía sobre ellos 
Rosas por un lado, y el genei-al Bulnes por 
el lado de Chile., se sometieron á las condi- 
ciones que este ultimóles impuso. Si no 
hubiesen mediadoen Chuelas circunstan- 



cias que obligaron ol general Bulnes á fal- 
tar al plan acordado con los gobiernos de 
BuenosAires,C<)rdobay]Mendoza; si en vez 
de hacer una paz poca duradera con los 
indios chilenos y ranqueles, consintién- 
doles supermanencia en los valles de las 
cordilleras, los hubiera atacado hasta ar- 
rojarlos al oriente de los mismos, esos 
indios habrían sido concluidos por las 
divisiones victoriosas del general Pacheco 
y del coronel Ramos. Los que hubiesen 
pretendido escapar por el exterior del rio 
Negro habrían sido concluidos igualmente 
por la división que fué á ^'aIchetas. Y si 
algunos lo hubiesen pretendido por el in- 
terior del Rio Colorado, habrían sido tam- 
bién concluidos por las divisiones de in- 
dios pampas que con cuati-o compañías de 
líneas Rosas había enviado al país délos 
ranquelctí. Poi-ütia paite los indios pam- 
pas y tehuelches de Catricl, Gachul y Cha- 
ñil, vivieron tranquilamente hasta 1852 del 
l>nstoreo y comercio de pueblos. Ha sido 
después del año 1852, cuando esos indios y 
los ranqueles invocando los rigores de los 
gobiernos que levantaban las luchas civi- 
les asolaron las provincias fronterizas, vi- 



— 58 — 

niéndosc por el sud de Buenos Aires hasta 
el Tandil, por el Pergamino, y destruyendo 
después las varias expediciones que orga- 
nizaron esos gobiernos hasta 1870. 

La conquista del desierto que llevo á ca- 
bo Rosas en el año de 1833, y la acción 
lenta del tiempo, ejercida á través de las 
continuas correrías del salvaje, habían 
acabado con casi todos los indios, cuando 
nueve mil veteranos argentinos á las órde- 
denes del general Julio Roca penetraron en 
esos desiertos con el objeto de ttjar la línea 
de fronteras sobre Rio Negro y Xeuquen. 
El general Roca le asignó á la obra de Ro- 
sas la trascendencia que le daba la fuerza 
de las cosas, cuando é! mismo amplió su 
plan en razón de las facilidades que le brin- 
daban las operaciones (|ue Rosas llevó á 
cabo y que Roca cumplió ocupando mili- 
tarmente esos desiertos hasta las faldas de 
los Andes, donde ya hoy se levantan cen- 
tros de trabajo y civilización. 

«A mi juicio, escribií) al general Roca al 
ministro de la guerra coronel Adolfo Alsi- 
na. el mejor sistema de concluir con los 
indios, ya sea extinguiéndolos ó arrollán- 
dolos del otro lado del Rio Negro, es el de 



— 59 — 

la guerra ofensiva que es el i/iismo seguido 
por Rosas, quien casi conclicyó con ellos.* Y 
una vez que desenvuelve su plan, el gene- 
ral Roca agrega: «doscientos hombres ar- 
mados bastarían para hacer la policía del 
oasis ranquelino, evitando que nuevas 
himigrnciones aiiracanus vengan á hacer su 
nido en él, COMO SUCEDIÓ DESPUÉS QUE 
ROSAS LO DEJÓ LIMPIO por el abandono 
que nuestras guerras civiles nos han obli- 
gado á hacer de las fronteras.» 

«Los indios no se multiplican como los 
cristianos, decía á este respecto un emi- 
nente estadista argentino. 

El general Roca lo ha visto, y á él se le 
debe en mucha parte el descubrimiento de 
una verdad que ocultaban los mirajes de 
la Pampa: no había tales indios! 

No son ni Roca, ni Alsina, ni Gainza. los 
que los han destruido. Ivs la acción lenta 
que han venido ejerciendo un siglo de lu- 
cha, la propia vida salvaje y la falta de 
medios de sub.sislir. Xo había tales indios; 
y hoy, meditándolo bien, dá vergüenza 
pensar en que se haya necesitado un pode- 
roso establecimiento militar, y á veces 
ocho mil hombres para acabar con dos 



— ()0 — 

mil lanzas que nunca reunirán los salvajes. 

Calfucurá fué destruido por el general 
Rivas... Alsina destruyó á Catriel, y la 
obra final, meritofin, digna de un generala 
es la que ha emprendido el general Roca 
con todo el poder militar de la nación.» (El 
Nacional, redactado por el general Sar- 
miento.) 

El testimonio de los mas valientes adver- 
sarios de Rosas : el no menos autorizado 
del general en gefe del ejército expedicio- 
nario al desierto en 1879, corroboran lo 
que dicen los documentos, y lo que atesti- 
guan también las personas que formaron 
parte déla División Izquierda en 1833, es á 
saber: que con las solas fuerzas de esta 
División, Rosas concluyó con los indios 
del desiei'to ; y que á nu haber sobrevenido 
la guerra civil que azotó la República, ha- 
bría concluido con los ranqueles y tam- 
bién con los chilenos combinando sus fuer- 
zas con las de Chile, como estaba pi-oyec- 
tado. 

JXapostii 

Concluida la conquista del desierto, qui- 
so Rosas cumplir lo que había acordado 
con el gobierno de Buenos Aires, es asa 



— 61 — 

bcr que, una vez terminada la campaña 
victoriosamente, licenciaría el ejército y 
firmaría él mismo la baja de todos los mi- 
licianos, dejando solamente en píelos es- 
cuadrones y cuadros veteranos. 

Para despedirse de sus soldados en nom- 
bre de la patria, Rosas los foi'mó el dia 25 
de Marzo de 1824, en la margen del arroyo 
Napostá y les dirigió la siguiente proclama 
que transcribo íntegi*a por la importancia 
de los liechos históricos que enuncia: 

« Soldados de la patria ! Hace doce meses 
que perdisteis de vista vuestros hogares 
para internaros en las vastas pampas del 
sur. Habéis operado sin cesar todo el in- 
vierno y terminado los trabajos de la cam- 
paña en doce meses como os lo anuncié. 
Vuestras lanzas han destruido los indios 
del desierto, castigando los crímenes y 
vengando los agravios de dos siglos. 

((Las bellas ref/iones qice se ejclienclen /tas- 
tala cordillera de los Andes y las costas que 
que se desenvítelven hasta el afamado Maga- 
llanes, quedan abiertas i^ara vuestros hijos. 
Habéis excedido las esperanzas de la pa- 
tria. 

«luitretanto, ella ha estado envuelta en 



— 02 — 

desgracia por la furia déla anarquía. ¡Cuál 
sería hoy vuestro dolor si al divisar en el 
horizonte los árboles queridos que marcan 
el asilo doméstico, alcanzareis á ver la fu- 
nesta humareda de la guerra fratricida ! 

«Pero la divina Providencia nos ha libra- 
do de tamaños desastres. Su mano protec- 
tora sacó del seno mismo de la discordia un 
gobierno federal, á quien habéis rendido el 
solemne homenaje de vuestra obediencia 
y reconocimiento. 

«¡Compañeros! Jurand oqui delante del 
Eterno que grabaremos siempre en nues- 
tros pechos la lección que se ha dignado 
darnos tantas veces, de que solo la sumi- 
sión perfecta á las leyes, la subordinación 
respetuosa á las autoridades que porellas 
nos gobiernan, pueden asegurar la paz, li- 
bertad y justicia para nuestra tierra, 

«¡Compatriotas! que os gloriáis con el tí- 
tulos de Restaudadores de las Leyes, acep- 
tad el honroso empeño de ser sus firmes 
columnas y defensores constantes.» 

La victima de Barranca Yaco 

El 15 de Febrero de 1835, sucumbió el 
general don Juan FacundoQuiroga en Bar- 



— í)3 — 

ranea Yaco, víctima de una temeiidad sin 
ejemplo, y cuando según sus propias de- 
claraciones y hechos sucedidos, se prepa- 
raba á ejercer su inñuencin en el interior 
para trabajar la organización constitucio- 
nal de la República, concillando con Rosas 
el medio de llevarla á cabo sobre la base 
de la federación de provincias capaces de 
regirse por sí mismas; formando de dos ó 
ó más una con elementos sobrados para 
ese objeto, como lo acababan de proyectar 
las de Cuyo, según según la ley de Mendoza 
de 8 de Enero de 1834, y en cuyo plan en- 
traban Hercdia é Ibarrapor lo que hacía á 
las provincias del norte. 

Fundándose en estos proyectos trascen- 
dentales y en algunos do los conceptos de 
la carta de Rosas á Quiroga, sobre la cons- 
titución de la República, algunas personas 
le atribuyeron al principio participación en 
el asesinato. Pero los mismos antecedentes 
de este asunto, la actitud que asumió Ro- 
sas con ocasión del asesinato, la publicidad 
que se empeñó en dar á todos los detalles 
que á ello se referían, la circunstancia es- 
pecialísima de haber solicitado él mismo y 
obtenido de los gobiernos confodei'ados el 



— 04 — 

derecho de hacer juzgar á los Reinafé por 
los tribunales ordinarios de Buenos Aires, 
y de no haber estos imputado á Rosas el 
mínimo cargo, ni la mínima participación 
en dicho asesinato, durante la larga y labo- 
riosa secuela del proceso, en el cual depu- 
sieron todos cuantos fueron llamados para 
el mayor esclarecimiento del crimen: todo 
esto reduce esa sospecha leve á una afir- 
mación sin fundamento que rechaza la 
crítica tranquila y severa. Ninguno ha ido 
más allá contra Rosas que Rivera Indarte. 
después de haberlo exaltado á la par de los 
más entusiastas; y que Sarmiento que fué 
durante quince años el batallador incansa- 
ble y brillante contra el gobierno fuerte. El 
primero imputa á los Reinafé el asesinato 
de Quiroga; y el segundo dice en su Facun- 
do que «la historia imparcial espera todavía 
revelaciones para señalar con su dedo al 
instigador de los asesinos. » 

Y la luz se ha hecho al respecto. Los Rei- 
nafé procuraron por todos los medios hacer 
recaer la culpabilidad sobre Ibarra. al mis- 
mo tiempo que hacían creer á Santos Pérez 
y á otros que el asesinato de Quiroga era 
una cosa convenida entre ellos, López y 



— Go — 

Rosas. Ibarra se justificó, como se justificó 
Rosas, aun al sentir de sus enemigos polí- 
ticos; pero López no pudo conseguirlo ni 
mucho menos los Reinafé. Del estudio de- 
tenido que he hecho de todos los antece- 
dentes de este asunto, del examen de todos 
l(js papeles que he podido proporcionarme, 
alguno de los cuales se desglosaron del vo- 
luminoso expediente seguido á los Reinafé, 
pienso que puedo afirmar que el asesinato 
del general Quiroga fué una obra preparada 
por Don KstanislaoLopezy su Ministro Don 
Domingo Cúllen. de acuerdocon los cuatro 
hermanos José Mccnte, José Antonio, (iui- 
llermo y Francisco Reinafé. 

Desde luego, es indudable que López y 
Ouiroga se miraban con ojeriza. En 1831 
se produjo entre ambos una grave desave- 
nencia con motivo de haber el primero 
hecho nombrar á don José Vicente Reinafé 
gobernador de Córdoba, á pesar de la resis- 
tencia del segundo, quien alegaba que el 
nombrado era un nulo que entregaría la 
provincia á los mismos á quienes él acababa 
de vencer asegurando el triunfo de la fede- 
ración en Cuyo, el intex*ior y ol norte. Rei- 
nafé y sus hermanos, que no ignoraban esta 



— 66 — 

circunstancia y las consecuencias que po- 
drían sobrevenir, como quiera que Quiroga 
se expresara con su franqueza genial, com- 
partieron naturalmente deesa ojeriza, que 
Rosas se la recordaba después hábilmente 
á López en su carta sobre el suceso de Bar- 
ranca Yaco. El resultado fué que Quiroga se 
retiró entonces manifestando á todos los 
que querían oirlo, que López quería colo- 
car instrumentos peligrosos en el interior; 
pero que en este camino debía cuidarse de 
que no se les colocara él (Quiroga) en San- 
ta-Fé : y que López dijo á sus íntimos, y se 
lo hizo repetir á Rosas, que se liacía nece- 
sario que interpusieran juntamente su in- 
fluencia para evitar que Quiroga trastorna- 
se el orden de la República. 

La influencia de López pesaba demasia- 
do sobre el gobierno de C(3rdoba para que 
pasara desapercibida á la mirada suspicaz 
de Quiroga. Y para que fuese más mortifi- 
cante, los Reinafé se empeñaban en asimi- 
larse elementos hostiles á Quiroga, los cua- 
les al favor de la condescendencia que, de 
acuerdo con López se les dispensaba, po- 
dían constituir una amenaza seria sobre la 
Rioja, Catamarca, San Luis y todo Cuyo. 



— 67 — 

El general Ruiz Huidobro, que se encon- 
traba en esa provincia con los restos de la 
división con la que había expedicionado al 
desierto ponía áQuiroga al corriente de la 
conducta de los Reinafó, de la influencia 
que sobre ellos ejercía López, y hasta cre- 
yó haber descubierto un plan tramado en- 
tre don Domingo Gullcn, los Reinafé y los 
emigrados unitarios de Montevideo, para 
convulsionar el litoral por los auspicios do 
López, y para deshacerse de Rosas y deOui- 
roga. La revolución de Junio de 1833 contra 
los Reinafé para colocar en el gobierno de 
Córdoba á don Claudio Arredondo, que ha- 
bía sido el candidato de Uuiroga. fué atri- 
buida á los manejos de Ruiz Huidobro y á 
las indicaciones del mismo Ouiroga. En la 
causa que con este motivo se le siguió ;i 
Ruiz Huidobro, el gobierno se vio obligado 
á sobreseer en virtud de la dificidtacl de es- 
clarecer ciertos liedlos ij circunstancias de 
graves trascendencias para la cosa 'pública 
que no se debía complicar inas. Es indudable 
que esas palabras se referían no solamente 
ala participación indirecta que ajuicio del 
gobierno de Buenos Aires tenía Quiroga 
en ese movimiento, sino también á las re- 



— 08 — 

velaciones que había hecho Ruiz Huidobro 
al mismo doctorMaza, acerca del plan com- 
binado entre Cúllen, López, los Reinafé y 
los unitarios de Montevideo, en descargo 
de la ingerencia que se le atribuía en el mo- 
vimieülo de Córdoba. Y estas revelaciones 
concoi'daban en un todo con las denuncias 
contenidas en la carta del doctor Moreno, 
al ex-ministro Ugarteche, del plan entre 
esas mismas personas para convulsionar 
ei litoral y desliacerse de Rosas y de Quiroga. 
(Juiroga desaprobó la conducta de Hui- 
dobro en aquella revolución, pBi'O López y 
los Reinafé vieron en él al instigador prin- 
cipal de lo sucedido ; y á partir de este mo- 
mento no se creyeron seguros hasta que no 
desapareciera esa inrtuencia que podría 
abatirlos. Cuando Quiroga pasó para Bue- 
nos Aires con el regimiento Auj-ilicD-es 
délos Andes, huhÍQVOu ÚQYQíxMzñv un plan 
pora deshacerse deél en la misma ciudad 
de Córdoba; y si ese plan fracasó no fué por 
que el temerario caudillo no les diera tiem- 
po suíicienle para consumarlo, sino por- 
que no encontraron instrumentos capaces 
de Llevarlo á cabo sin que resaltara su 
complicidad. En setiembre de 183í, el co- 



— 00 — 

ronol P^rancisco Reiiinfé se dirigió á confe- 
rencinr con López, sin que promediara 
ningún asunto ni enlerés interprovincial 
q u e a sí 1 o req 1 1 i r i ese . 

Según lo dice el mismo López en su carta 
á Rosas. Reinafé le habló de la probabilidad 
de que Qviroga los atacase d ambo.r, entabló- 
cc>n él una correspondencia continuada. 

El general Paz que todavía se hallaba 
pi-eso en Santa-Fé, dice en sus memorias 
que las relaciones de López con los Reinafé 
eran íntimas; que el coronel don Francisco 
Reinafé estuvo en Santa-Fé un mes antes 
de !a muerte de Quiroga, liabitando en la 
propia casa de López y empleando muchos 
dias en conferencias misteriosas con éste. « En 
Santa-Fé, agrega, fué universal el regocijo 
por la muerte de Quiroga: poco faltó para 
que se celebrase públicamente. Quiroga 
era el hombre á quien más temía López, y 
de quien sabía que era enemigo declarado. 

Xo habrigo ningún género de duda que 
tuvo conocimiento anticipado y acaso par- 
ticipación en su muerte». En una de estas 
conferencias, don Domingo Cúllen, minis- 
tro general de López, arregló con Reinafé 
la manera de sacrificar á Quiroga. Guanda 



— 70 — 

■el gobierno de Buenos Aires comunicó á ios 
del interior la misión confiada á Quiroga á 
fin de que le prestaran ios auxilios necesa- 
rios de caballos en las postas del tránsito, 
López se apresuró á dirigir por su parte al 
gobernador Reinafé una carta aparen temen- 
te destinada á confirmar los deseos de aquel 
gobierno, pero en realidad con el designio 
de señalarle la oportunidad que esperaba; 
pues en ella le indicaba el camino que re- 
corría Quiroga, las postas en que debía 
detenerse y la conveniencia de hacerlo cus- 
todiar con oficiales de confianza, que resul- 
taron después complicados en el asesinato 
de ese general. 

Inmediatamente el gobernador Reinafé 
delega el mando á pretexto de enfermedad 
y se retira á su estancia del Totoral, después 
de ordenar que una partida se aposte en el 
monte de San Pedro, como á ocho leguas 
del partido de Tulumba que comanda su 
hermano don Guillermo y que asesine á 
Quiroga y á todos los que le acompañan. 
Pero Quiroga ya está en Córdoba y sigue 
su marcha con la misma precipitación con 
que cruzó por Buenos Aires y Santa-Fé, y 
consigue escapar todavía á la celada que le 



— 71 — 

tienden. Sin embargo, el gobernador Rei- 
nafé yor dónde regresa Quiroga y cuándo 
llegará á tal ó cual punto, por que con fecha 
13 de Febrero escribe á su hermano don 
Guillermo «que por el bajo de Recua andan 
unos siete salteadores; y si puedes cvstodiar 
la persona del general Quiroga á su pasada^ 
debes hacerlo á toda costa; no sea cpje vi- 
niendo con poca escolta, eses picaros inten* 
ten algo y nos comprometan.» 

^( Aquí es de notar, decía Rosas en su car- 
ta á López ya citada, que la orden es con- 
dicional; y no es fácil comprender lo que 
importaba esta condición de&de que no se 
puede concebir qué imposibilidad tan abso- 
luta se preveía que podría tener don Gui- 
llermo de custodiar al general Quiroga 
supuesto que debía hacerlo á toda costa. 
También es de notar que la orden no dice 
si debe custodiarlo á su pasada por su pro- 
vincia ó por donde estaba don Guillermo. 
Si lo primero, debían ser muy públicas las 
providencias de este señoi- para dar cum- 
plimiento á la orden, ó hacer constar no 
haberlas tomado. Si lo segundo, era igual 
mente ridicula la orden de precaución, y lo 
es mucho más el decir que no surtió afecta 



— 72 — 

por haber pasado el señor Quiroga sin ser 
sentido: pues según estoy informado, el 
lugar del asesinato dista como tres leguas 
déla estancia que administran los Reinafé 
y como á doce de Tulumba, donde el mis- 
mo don Guillermo tiene una fuerza como 
de seiscientos hombres». 

En esta carta, importante del punto de 
vista de examen legal de los hechos, Rosas 
analiza minuciosa y hábilmente el sumario 
mandado levantar por el gobierno delegado 
de Córdoba; apunta las contrariedades que 
indican visiblemente que han participado 
en el crimen personas ;'i quienes estudiada- 
mente se les pretende como empeñadas en 
descubrirlo; señala las informalidades del 
juez Figueroa, y las inexactitudes que á sa- 
biendas establece en el sumario á fin de 
ocultar lo que todos los antecedentes están 
confirmando; se detiene en el hecho del ofi- 
cial y dos soldados de don Guillermo Rei- 
nafé, que aparecieron y desaparecieron en 
seguida en la posta del Ojo de Agua, y la 
declaración del correo Marin, que dice que 
viniendo detrás de la galera oyó que un ofi- 
cial mandaba hacer alto y que se dispara- 
ban cinco tiros sobre ella; y de este estudio 



— 73 — 

proüju, y de los detalles riue reúne y co- 
meritii, deduce que el asesinato no se ha 
perpetrado por una partida de salteado- 
res, sino por una partida militar de C(3r- 
doba en el distrito comandado por don 
Guillermo Reinafé: que sobre este y el go- 
bernadoi- de Córdoba pesa la responsabili- 
dad del atentado, por más que se esfuercen 
en atribuirlo á influencias extrañas para 
eludirla por su parte. 

Rosas se empeñó en darle la mayor pu~ 
blicidad posible á todas las medidas que 
tomó para descubrirá los que tenían parti- 
cipación en la muei-tedc Quiroga: y López 
se manifestaba poi' el contrario interesado- 
en que no se llevasen adelante esas investi- 
gaciones. 

A Rosas no se le ocultaba que los Reinafé 
y otros personajes de Gói-doba habían lle- 
gado á decir que la desaparición de Quiroga 
era una medida concertada enh^e ellos. Ló- 
pez y el mismo Rosas^ y que respondía á 
exigencias de alta política; y ci-eyóqueet 
medio mejor de levantar el cargo era acu- 
sar públicamente á los que aparecían com- 
plicados en el asesinato, y provocar á los 
Reinafé á que hablaran. 



74 — 



Al efecto acusó á los Reinafé; y López no 
pudo menos que consentir en que fueran 
■conducidos á Buenos Aires para ser juzga- 
dos por sospechas de asesinato en la per- 
sona de un enviado de esta provincia. Del 
largo proceso que se les siguió resultó la 
culpabilidad de los cuatro hermanos Rei- 
nafé. En poder de Don Guillermo se encon- 
traron los papeles de Quiroga y de Ortiz; y 
por manos de los jueces de la causa pasa- 
ron antecedentes que comprometían á Ló- 
pez, pero que no figuran en el extracto que 
•se hizo de dicha causa. Don José Vicente, 
Don Guillermo y Don José Antonio Reinafé, 
Don Feliciano Figueroa, el capitán Santos 
Pérez y demás ejecutores y cómplices en 
el asesinato de Quiroga, con excepción de 
Don Francisco Reinafé que consiguió esca- 
parse, fueron fusilados en Buenos Aires el 
^5 de Octubre de 1837. López perdió desde 
•entonces la preponderancia que había ad- 
quirido en el litoral y en el interior. La 
•muerte de Quií'oga lo desacreditó entre sus 
propios amigos, y no le quedo otro apoyo 
serio que el que quisiera prestarle Rosas. 



— ÍD 



La siiinn del poder público 

El asesinato del general Quiroga procluja 
sensación estupenda en Buenos Aires. Qui- 
roga era el nervio de la federación en el in- 
terior. ^Muertos él y Latorre. el norte que- 
daba librado á las vacilaciones sospecho- 
sas de Heredia ó la indolencia acomodati- 
cia de Ibarra ; y en Cuyo y en el interior no 
primaba una inñuencia como para sobre- 
ponerse á la reacción que trabajaba el 
partido unitario como un tesón que nunca 
desmintió. VA litoi-al era un foco de cons- 
piración. Se conspiraba en B icnos Ai- 
res, Entre-Rios, SantaTFé y Corrientes, de 
acuerdo con los unitarios emigrados en el 
Estado Oriental. Cumplíanse al pié de la 
letra las revelaciones que hicieron el mi- 
nistro Moreno y el general Huiz Huidobro, 
acerca del plan combinado entre el gobier- 
no de Montevideo, los unitarios allí resi- 
dentes y López, Cúllen, etc., para cambiar 
la situación de Buenos Aires, quitando del 
medio á Rosas y á los hombres de influen- 
cia política del partido federal 



Los hombros del gobierno de Buenos 
Aires estaban, pues, amenazados de la 
suerte que á Quiroga cupo; y como te- 
nían la evidencia deque López no era age- 
no al tal plan, obligáronlo á que defendiese 
•su posición en esa emergencia peligrosa, 
haciéndole entender que de no hacerlo sa- 
tisfactoriamente le demandarían los com- 
promisos del pacto de 1831 y cortarían sus 
relaciones con él. López, cuyo influjo co- 
menzaba á decaer entre los federales de su 
provincia y de la de Entre-Riqs y que quizás 
■dudaba deque quienes querían atraérselo 
«romperían lanzas por defenderlo en el ca- 
so de ser atacado por Buenos Aires, se re- 
solvió á desatender las instigaciones de su 
ministro CiHlen y á volver sobre las pro- 
mesas quepopintermedio de este hiciei-a á 
los promotores de la reacción, de encabe- 
zarla él en Santa-Fé, Entre-Rios y Córdo- 
ba. Por esto es que el general Lavalle, 
prosiguiendo esos mismos ti'abajos, le es- 
cribiópoco después al coronel Chilavert, al 
darle instrucciones para convídsionar ú 
Enti'e-Rios: «Estoy impuesto de todo y á 
la verdad que si se ha de hacer algo no 
queda otro camino que el presente tlesjyues 



— 77 — 

(le haberse frustrado las esperanzas qnc Ló- 
pez había hecho concebir ». 

Y aprovechando los momentos, los fede- 
rales de Buenos Aires se propusiecnn de- 
fenderse de la reacción sangrienta enco- 
mendando á un gobierno fuerte la tarifa de 
conjurar los peligros que los amenazaban 
en la cabeza de los jefes que se dicri'ii des- 
pués del fusilamiento de Dorrcgo. El en- 
cargado provisoriamente del podei' ejecuti- 
vo, al comunicar el asesinato de Quiroga y 
la reiterada renuncia de Rosas de la coman- 
dancia general de campaña, manifest(') á la 
legislatura que la provincia pasaba por 
difícil y peligrosa crisis, y la encaroc.ó los 
medios conducentes á conjurar la l)orrasca 
que dejábase sentir en la Hepiihlica y que 
produciría mayores estragos en Buenos Ai- 
res: «Las sangrientas escenas de Salta, 
añadía, y la que acaba de suceder en los 
campos de Córdoba arrebatándole á la pa- 
tria una de las mejores columnas de la 
federación, tiene un carácter de agresión 
general que nadie puede desconocer. Por 
otra parte, predicciones muy anticipadas que 
con conocimiento del estado general del país, 
han hecho ciudadanos beneméritos de la ma- 



— 78 — 

yor respetabilidad sobre los g¡-andes peligros 
qve nos amenazaban, y que han procurado 
poner en conocimiento de los señores re- 
presentantes juntamente con la serie de 
sucesos posteriores aciagos, que tienden 
poi' su naturaleza á desquiciar los funda- 
mentos del orden social, prueban de un 
modo evidente que ésta agresión es obra de 
las intrigas y maniobras de esa facción lla- 
mada unitaria que todo lo trastorna, pre- 
valida de la lentitud de las formas y de las 
garantías que hacen la delicia de toda so- 
ciedad cuando se logra establecer un orden 
fijo, pero que solo sirven de escudo á toda 
clase de crímenes cuando los pueblos se 
hallan plagados de facciosos y conspirado- 
res que hacen alarde de su inmoralidad.» 
El Gobierno interino concluía pidiendo á la 
Legislatura que dictara sin la menor de- 
mora el remedio eficaz para tan críticas y 
apuradas circunstanciasen las que no po- 
día continuar al frente de los negocios pú- 
blicos. 

Bajo la impresión de estas mismas ideas 
la Legislatura se declaró en sesión perma- 
nente el 6 de Marzo de 1835 para discutir 
dos proyectos, uno por el cual se admitía 



— 79 — 

la devolución que del poder ejecutivo hacia 
el doctor Maza y se nombraba en su reem- 
plazo al general Juan Manuel de Rosas; y 
otro por el cual se depositaba en éste la 
suma del ¡joder pi'fblico, sin más restriccio- 
nes que las de conservar y protejer la reli- 
gión católica y la de sostener la causa 
nacional de la federación que habían pro- 
clamado los pueblos de la República. 

Debo detenerme un instante en esa dis- 
cusión memorable que dio por resultado 
la erección de un gohienio fuerte por el mi- 
nisterio de la ley, por los auspicios de la 
verdadera opinión pública, y en nombre 
del derecho de la mayoría clara é indubita- 
blemente manifiesta: del gobiei-no que, á 
tales títulos se mantuvo diez y siete años á 
pesar de la propaganda y de la reacción ar- 
mada desús enemigos interiores; y al mis- 
mo tiempo que luchaba contra estos, con- 
tuvo á Chile, al Brasil, al Paraguay y'Boli- 
via, y luchó contra el poder combinado de 
Inglaterra y de la Francia en sosten de los 
derechos y de la integridad de la Confede- 
ración Argentina, fundando con este nom- 
bre la comunidad política que se sancionó 
constitucionalmente en 1853 y 18(30. 



— SO- 
LO que en primer término llama la aten- 
ción y dú una idea del espíritu dominante 
de esa época, es el fervor y la decisión con 
que los homl^res distinguidos por su posi- 
ción sus familias, sus talentos y sus ser- 
vicios prestados al país, se desprenden en 
1835 de la autoridad que representan, é 
invisten con estay con la suma de la que 
reside originariamente en la sociedad, al 
gefe del partido federal, con virtiendo el 
gobierno del Estado en un monstruo po- 
lítico que resume en silos derechos indi- 
viduales y colectivos : sin pensar que éste 
constituye un peligro mucho mayor que 
aquellos de los que se sienten amenazados 
de parte de enemigos políticos, y sin reser- 
varse ni siquiera el derecho de demandar 
esa autoridad que así la consagran solem- 
nemente, de acuerdo con los principios 
legales y políticos que rijen la sociedad. 

El hecho es inaudito y monstruoso, pero 
va revestido de todas las exterioridades de 
la ley que lo crea. Legisladores, magistra- 
dos, corporaciones, pueblo, todos los dis- 
cuten libre y detenidamente; lo aceptan en 
nombre de ja salud; del Estado;; le impri- 
men con su voto el sello de la legalidad ine- 



— 81 — 

quívoca. y se someten ú él con tal que él 
someta á los individuos que golpean á la 
puerta en busca de lo que les pertenece 
también, y de lo que quieren gozar exclu- 
sivamente, porque tampoco admiten tran- 
sacción en la contienda en la cjuc unos y 
otros hacen ^actima ala pati-ia común. To- 
das las formas parlamentarias y políticas 
se obsei'van: todas las opiniones se cuen- 
tan: cuando el jefe del partido federal se 
determina á resumir en sus manos el 
ser político y el ser social de la comunidad 
á que pertenece, ésta lo rodea como un so- 
lo hombre, le otoi'ga la ovación y el apoteo- 
sis y renuncia á todo menos á desti'uir sus 
enemigos, los cuales se preparan á hacer 
otro tanto. ¡Qué época! 1835 estrecha su 
mano lívida y convulsiva á 1820. Es la ti"e- 
menda crisis que sigue su desarrollo pro- 
gi'esivo al impulso de las fuerzas que se 
chocan en el camino de las aspiraciones 
encontradas. 

Ella vuelve á acentuarse tan tremenda 
como antes; y en vez de la esperanza en 
una solución que la resuelva, solo ssc vé 
una linea sangrienta, símbolo del duelo 
á muci'te iá que so ictan los dos partidos 



— 82 — 

que se disputan su influencia en la Re- 
pública. 

Y no se crea que la legislatura que 
consagró legalmente la aspiración general 
de investir al general Rosas con la suma 
del poder pi'thlico, se componía con hom- 
bres llevados allí con ese objeto, y que 
carecían de espectabilidad y de méritos en 
la sociedad. No; en la Legislatura de 1835 
figuraban Arana, Escalada, Lozano. Pere- 
da, Hernández, Piñeyro, Terrero, Ville- 
gas, Hernández, Arriaga, Anchorena, Trá- 
pani, ligados á las familias más antiguas y 
^mejor colocadas de Buenos Aires y que 
representaban el alto comercio y la alta 
industria; Garcia Valdez, Insiarte, Pórtela, 
García, Saenz Peña, Fuentes, Senillosa, 
Wrigth, los canónigos Seguróla y Terre- 
ro, que se distinguían en el clero, la medi- 
cina, la ciencia y el foro; Medrano (don 
Pedro), Obligado y Vidal que habían for- 
mado parte de los congresos y asambleas 
constituyentes anteriores; Mansilla, Pinto, 
Pacheco, Argerich, Rolón que pertenecie- 
ron á los ejércitos de la independencia; 
y todos, con muy pocas excepciones, esta- 
ban de acuerdo con la necesidad de inves- 



— sa- 
lir á Rosas con la suma del poder pú- 
blico. 

En este sentido se pronunciaron los re- 
presentantes: yes inútil reproduciraquí las 
manifestaciones vehementes en medio de 
las cuales sancionaron los dos proyectos 
en discusión. Una comisión compuesta de 
los señores Terrero^, Pacheco, Lozano y 
Trápani fué nombrada para presentarle á 
Rosas la nota en que se le comunicaba su 
nombramiento en los términosenunciados. 

Rosas solicitó de la Legislatura algunos 
dias para contestar sobre su aceptación ó 
renuncia, los cuales los empicó en explorar 
por sí y por medio de los señores de la co- 
misión el ánimo de algunos prohombres 
del partido federal, sobre si lo acompaña- 
rían ó no en el gobierno.... 

Con fecha IG de marzo Rosas dirigía á la 
Legislatura una nota cuya simple lectura 
indica ó en el temor real de fracasar en la 
obra que se le encomienda, por falta de 
apoyo suficiente, y á pesar de las faculta- 
des omnímodas que se le confieren y de 
las que usó anteriormente, ó el deseo de 
legalizar á todas luces su investidura, y de 
mostrar á sus adversarios que aquella era 



— 84 — 

obra del sufragio indubitable de la gran 
mayoría de sus conciudadanos. Resumien- 
do los motivos que señalaba la representa- 
ción de la provincia para fundar la necesi- 
dad de la ley del 7 de Marzo, Rosas decía 
que en presencia de ellos parecía que esta- 
rían de acuerdo con los medios adoptados 
para salvar í\ la patria de los peligros que 
la amenazaban; pero que no sucedió así, 
que en el seno de la Legislatura y fuera de 
ella existían personas de inñucncia por sus 
talentos y posición social, cuya coopera- 
ción era sobremanera importante al go- 
bierno, los cuales consideraban no solo 
innecesario sino también perjudicial el in- 
vestirlo áél con la suma del poder publico. 
Que en esta emergencia el podar que se le 
confiaba quedaba debilitado y él expuesto 
ú fiacasar en lo más crítico de su carrera; 
y que para que la ley del 7 de Marzo pudie- 
ra aplicarse eficazmente en las circunstan- 
cias extraordinarias en que se hallaba el 
país, se hacía necesario [ensanchar é ilus- 
trar la opinión en favor de ella, y hacerla 
aparecer con tal autoridad, que jamás pu- 
diera ponerse en duda. «Bn esta virtud, 
concluía Rosas, el infrascrito ruega á los 



— 85 — 

señores representantes que para poder 
delibera 1- sobi-e la admisión (3 renuncia del 
elevado cargo y de la extraordinaria con- 
fianza con que se han dignado honrarlo,, 
tengtin á bien reconsiderar en Sala plena 
tan delicado negocio, y acordar el medio 
que juzguen más adaptable para que todos 
y cada uno de los ciudadanos de esta ciu- 
dad, de cualquiera clase y condición que 
sean, expresen su voto precisa y categóri- 
camente sobre el pai-ticular. quedando éste 
consignado de modo que en todos tiempos 
y circunstancias se puede hacer constar el 
libre pronunciamiento do la opinión ge- 
neral». 

Esta reconsideración en sala plena, este 
plebiscito requerido á un pueblo de donde 
habían salido las legiones que dieron inde- 
pendencia y libertad á la mitad de Sud- 
América, para que se pronunciara acerca 
de si debía ó no libi'ar sus derechos, ga- 
i'antías y libertades á manos de un hombre 
investido con toda la suma del poder pú- 
blico, son también únicos en la historia de 
los gobiernos fuei'tes del mundo. Muchos 
de estos se han entronizado á favor del 
despotismo; otros deben su origen al triun- 



— 86 - 

fo de las armas; y no pocos á la elaboración 
lenta de elementos siniestros que conspira- 
ban contra la opinión pública; pero no sé 
de ninguno de ellos que se haya iniciado 
como se inició el de 1835 en Buenos Aires, 
por los auspicios de la verdadera opinión 
pública, del elemento dirigente y acomo- 
dado como de la masa de la población entu- 
siasta y decidida por Rosas, de los poderes 
públicos y de las corporaciones de una so- 
ciedad que por su cultura, por sus medios 
para reducir sus instituciones libres que 
habia ensayado bajo felices auspicios, y 
^por sus recursos propios, no tenía rival en 
ninguna otra de Sud-Améri .a. 

Y el plebiscito ratificó una vez más el 
pronunciamiento casi unánime de la opi- 
nión en favor de Rosas. La Legislatura se- 
ñaló los dias 26, 27 y 28 de Marzo para que 
los ciudadanos acudieran á los comicios 
parroquiales y se pronunciasen en favor ó 
en contra de la ley de 7 del mismo mes, 
hecho lo cual se verificaría el escrutinio 
general con las mismas formalidades esta- 
blecidas para la elección de Representan- 
tes. De los registros que fueron elevados á 
la Legislatura, resultó que sobre 9320 ciu- 



dadanos (que era el máximun de los elec- 
tores en Buenos Aires) que sufragaron, solo 
los ciudadanos Jacinto Rodríguez Peña, 
Juan José Bosch, Juan B. Escobar, general 
Gervasio Espinosa, coronel Antonio Aguir- 
re, Dean Zabaleta, Pedro Castellote y Ra- 
món Romero se pronunciaron en contra de 
la precipitada ley. «¿Sería acaso que los 
disidentes no votaron? se pregunta Sar- 
miento, cuyo testimonio no puede ser sos- 
pechoso. Nada de eso. Nose tiene aúnnoti- 
cia de ciudadano alguno que no fuese á 
votar. Debo decirlo en obsequio de la verdad 
histórica: nunca hubo gobierno mas popu- 
lar, más deseado, ni más bien sostenido 
por la opinión. . .» 

En seguida la Legislatura reabrió la 
discusión sobre la ley de 7 de Marzo. El 
diputado Anchorena se opuso á ella valien- 
temente, bien que en términos favorables 
á la persona del general Rosas, y el diputa- 
do Senillosa formuló por escrito su voto en 
contra de ella, por lo que se refería á Inves- 
tirá Rosas con la suma del poder público. 
Sobre cuarenta diputados que componían 
la Legislatura treinta y seis reprodujeron 
su voto en favor de esa ley y en consecuen- 



cia la LegiskUura al comunicar al genera 
Rosas este resultado y el del plebiscito, 
agregando que < no se había consultado la 
opinión de los habitantes de la campaña 
porque actos muy repetidos y testimonios 
muy inequívocos han puesto de manifiesto 
que allí es universal el sentimiento que 
anima á los porteños en general», le ordenó 
que se presentara en la sala de sesiones á 
prestar el juramento de ley para recibirse 
de gobernador y capitán general de la 
Provincia. 

Rosas se recibió del mando el 13 de Abril. 
y con este motivo manifestó en una procla- 
ma cuáles eran los propósitos de su go- 
bierno. — Lógico con las aspií'aciones del 
partido que lo exaltaba, Rosas creyó deber 
servirles con todo el lleno de facultades 
que le confería la ley: — «Guando para sa- 
cará la patria del profundo abismo de ma- 
les en que la llevamos sumergida, decía 
Rosasen esa ocasión, he admitido la inves- 
tidura de un poder sin límites, que,á pesar 
de la odiosidad, lo he considerado absolu- 
tamente necesario para tamaña empresa, 
no creáis que he limitado mis esperanzas 
á mi escasa capacidad, - ni á esa extensión 



— 89 — 

de poder que me dá la ley, apoyada en 
vuestro voto, casi unánime en la ciudad y 
en campaña. Xo,mis esperanzas han si- 
do libradas á una especial protección del 
cielo, y después de esta, á nuestra virtud y 
patriotismo. » 

Reconocida la necesidad del poder sin 
límites, héaquí cómo Rosas interpreta las 
aspiraciones de su partido, presentando la 
causa del mal que ese partido reconoce y 
el remedio para combatirlo: « Ninguno de 
vosotros ignora que una facción numerosa 
de liombres corrompidos, haciendo alarde 
de su iniquidad, y poniéndose en guerra 
abierta con la religión, la honestidad y la 
buena fe, ha introducido por todas partes 
el desorden y la inmoralidad; ha desvir- 
tuado las leyes, bochólas insuficientes pa- 
ra nuestro bienestar, ha generalizado los 
crímenes y garantido la impunidad: ha 
hecho desaparecei' la com fianza necesaria 
en las relaciones sociales y ol)struido los 
medios honestos de adquisiciíui ; en una 
palabra, hadisueltola sociedad yipresenta- 
do en triunfo la alevosía y la perfidia.. « La 
experiencia de todos los siglos nos enseña 
que el remedio de estos males no pnedesu- 



— 90 — 

jetarse d formas, y que su aplicación dehe ser 
pronta y expedita. » 

La proclama se cierra con estas palabras 
que no dejan duda acerca de las medidas 
que se propone poner en práctica el Go- 
bierno de acuerdo con la opinión que lo 
levanta : 

« Habitantes todos de la ciudad y cam- 
paña : La Divina Providencia nos ha pues- 
to en esta terrible situación para probar 
nuestra virtud y constancia : resolvámonos, 
pues, á combatir con denuedo á esos mal- 
vados que han puesto en confusión nues- 
tra tierra ; persigamos de muerte al implo, 
al sacrilego, al ladren, al homicida y, so- 
bre todo, al pérñdoy ti-aidor, que tenga la 
osadía de burlarse de nuestra buena íé. » 

A partir de este momento, todas las rela- 
ciones políticas se resumen en la persona 
del gobernador. La ley lo ha armado de 
un poder sin límites, de cuyo ejercicio no 
tiene que dar cuenta, para que el Gobierno 
sea en sus manos una máquina que él 
solo pueda mover en razón de las conve- 
niencias é intereses del partido predomi- 
nante. 

Octavio Augusto que concentró en su 



— 91 — 

persona todo el gobierno de la República 
Romana, suprimiendo el pueblo, forman- 
do un senado dócil, siendo á la vez cónsul 
y pontífice para reglar la acción y las 
creencias ; revestido del poder tribunicio 
que lo constituía inviolable y sagrado; 
censor, bajo el título de prefecto de las 
costumbres, loque le permitía controlar la 
conducta de los particulares é inmiscuirse 
en los negocios de la vida íntima de estos; 
Octavio, que se había apoderado déla su- 
ma del poder público, ocultó siempre este 
hecho, declarando en la famosa inscrip- 
ción de Ancyrus que él no había querido 
aceptar el poder- absoluto: y que aunque 
la dignidad de la magistratura que inves- 
tía lo colocaba encima de las otras, él no 
se había atribuido un poder mayor que el 
que había dejado á sus colegas. Pero con 
Rosa* sucede todo lo CíMUrario. Rosas no 
se prevalece, como Octavio, de la lucha 
que mantienen los partidos, para asaltar al 
gobierno é ir acaparando poco á poco todas 
las magistraturas.— Es la mas alta autori- 
dad del Estado que lo inviste con ese poder 
sin límites, que ratifican de un modo ine- 
quívoco la opini(*)n ilustrada y convencida 



— 92 — 

ele la ciudad, como la opinión entusiasta y 
decidida de las campañas, todas las autori- 
dades, los centros sociales, el comercio, los 
extranjeros y la iglesia. Hosas no puede 
ocultar, pues, el poder absoluto que va á 
desempeñai". L(j acepta con todas sus con- 
secuencias y hasta proclama francamente 
la necesidad que hay deno delenerseen for- 
mas para vencer á los enemigos del partido 
que lo levanta como á su representante 
mas genuino. Lo único común que hay 
entre esos dos poderes absolutos es que 
Octavio explota en su provecho las viejas 
tradiciones de la República, levantando 
sobre ellas la túnica ensangrentada de Cé- 
sar, para llamar el sentimiento del pueblo 
y do las legiones; y que Rosas presenta el 
sudario de Borrego como causa justificati- 
va de la política de represión que se propo- 
ne adoptar en razón de las aspiraciones de 
su pai'tido. 

Conviene tener muy presente todos estos 
antecedentes para explicarse los sucesos 
que se siguen. Desde luego, la sociedad 
representada en todas sus clases celebra el 
apoteosis del gobierno fuerte que acaba de 
crear. Las demostraciones de adhesión á 



— 93 — 

la persona de Rosas, y de regocijo por el 
triunfo del partido federal se suceden las 
unas y las otras. Las damas, el ejército, la 
iglesia y el comercio, los ("iudadanos mas 
esi^ectables y los militares de la indepen- 
dencia, como el pueblo, ciudad y campaña, 
hacen acto de presencia en esas manifes- 
taciones estupendas, únicas en la historia 
de nuestro país. 

Estas comienzan por una serie de gvar- 
dias de lionor que no tienen otro precedente 
que el entusiasmo y la expontaneidad que 
las inspira. El general Rolón al frente de 
doscientos ciudadanos de la Sociedad Po- 
pular Restauradora de que se hablará des- 
pués, y de muchos oficiales y soldados,, 
monta la primera guardia de honor. Al dia 
siguiente es el general Pacheco, el capitán 
de Maipú, al frente de todos los jefes y 
oficiales del ejército expedicionario al de- 
sierto en 1833. En seguida es el general 
Pinedo, al frente de los jefes de milicias, de- 
viejos militares y ciudadanos conocidos. 
En pos de estos viene la del comercio al 
mando del Prior del Consulado D. Joaquín 
deRezal, quien á nombre de los comer- 
ciantes nacionales y extranjeros entrega al 



— 94 — 

gobierno una fuerte suma para ser emplea- 
da en socorrer á las viudas y familias de 
los que habían hecho la expedición al de- 
sierto y á los cautivos rescatados, como se 
hizo en efecto. Los hacendados y labrado- 
res de la provincia, presididos por ciuda- 
danos espectables como don Mauricio Fer- 
nandez, Isidoro Peralta, Pedro J. Velñ, Fe- 
lipe Senillosa. Celestino Mdal, Juan José 
Obligado, Roque Saenz Peña, Simón Pe- 
reira, Julián Salomón, Juan Bautista Peña, 
Francisco Saenz Valiente, Manuel José de 
Guerrico, y otros, organizan también una 
guardia de honor la cual debía vestir «cha- 
queta y pantalón azul, corbata negra, cha- 
leco y penacho punzó, sombrero redondo 
y la divisa déla Federación, con la siguien- 
te inscripción: Federación ó muerte. Vivan 
los federales! Mueran los hunitarios. «Y 
después de recorrerla ciudad entre Víctores 
á Rosas, llegaron á la fortaleza como lo 
habían hecho los guardias anteriores y allí 
depositaron el importe de la suscrición le- 
vantada entre ese gremio para ayudar á las 
necesidades de la administración. Y para 
que la ovación á Rosas asuma las propor- 
ciones del verdadero apoteosis, los ciuda- 



— 95 — 

danos acomodados y mejor colocados en 
la sociedad, y sus madres, esposas é hijos, 
arrastran por las calles el carro truinfal 
con el gran retrato de Rosas al frente, 
dándole á esta odiosa manifestación de 
servilismo, una solemnidad y un aspecto 
tales que dejan ver muy á las claras cuáles 
son las corrientes en que entra el pueblo 
que acaba de depositar sus derechos en las 
manos de un hombre en odio á un partida 
político. 

De las calles se llevan las solemnidades 
al teatro. Los viejos militares, y los altos 
funcionarios públicos suben á la escena 
para representar en honor de Rosas la tra- 
gedia Bruto ó Roma Ubre: y en esta función 
resuena entre explosiones de entusiasmo 
la lira de Rivera Indarte, quien, antes de 
caer en desgracia y volverse enemigo del 
dictador, enardece las pasiones así: 

Esa horda de infames (1) ¿qué quiere? 
Sangre y luto pretende, ¡qué horror! 
empañar nuestras nobles hazañas 
y cubrirnos de eterno baldón! 



(1) Los unitarios. 



— 9G — 

Ah! cobardes, temblad: esoii yano 
agotéis vuestra saña y rencor 
que el gran Rosas preside á su pueblo 
y el destino obedece á su voz. 

A estas repetidas manifestaciones se si- 
gúela consagración religiosa del Gobierno 
fuerte. Rosas baprometidofavorecer la Igle 
sia Católica y las influencias católicas: y los 
más altos dignatarios de esta Iglesia se 
apresuran á solemnizar con pomposas ac- 
ciones de gracia al Altísimo la elevación de 
Rosas que significa el consorcio impu- 
ro del poder y del altar. l']l Obispo Dioce- 
sano pontifica en esas acciones de gracia 
que arrastran á las multitudes creyentes y 
fanáticas por la Federación. 

En todas las iglesias se ostenta el retrato 
de Rosas; y los párrocos se disputan el 
mayor esplendor de las funciones. lOn la 
Piedad, Balvaneray Monserrat, la suma 
del poder público en manos de Rosas se 
solemniza con pompa inusitada y el Obis- 
po como los ciudadanos más influyentes 
y conocidos, exhortan á la grey católica 
y federal á que permanezca fiel y decidida 
al nuevo gobernante. Otro tanto sucede 



— ÍJ7 — 

con las parroquias de San Nicolás y San 
Miguel. l'U Obispo pontifica allí: el retrato 
de Rosas se ostenta en los templos y al 
frente de las casas de los ciudadanos más 
conocidos; y el pueblo recorre las calles por 
bajo de arcos triunfales y tapicerías donde 
se destacan los colores de la Federaci»')!!. 
La función de la iglesia y vecindario de la 
Concepci()n en nada desmerece de las an- 
teriores, por que es organizada por el cura 
Farragut y los señores Saturnino Perdriel, 
Luciano Montes de Oca, Marcos Acosta, 
Pintos. Herrera, etc.. federales de notoi-ie- 
dad. E\ Obispo pontifica ahí también el 
retrato de Rosas hace acto de presencia; y 
el cura Farragut termina su arenga á Rosas 
con esta décima: 

Ll cura de esta pari'oquia 
con toda su clerecía 
en ser fedei-.d porfía 
y en esto tiene su gloria. 
Ht^y renueva su memoria 
y en presencia del Señoi- 
dá un testimonio de amor, 
pidiéndole con fé viva 
le conceda larga vida 
al señor gobernador. 



— 98 — 

Pero ninguna manifestación parroquial 
supera á la del vecindario é iglesia de la 
Merced. En esta iglesia también se celebra 
un solemne Te-Dc/mn al que asi<=;te Rosas, 
lascorporacionesy un pueblo inmenso. Las 
calles están adornadas con arcos triunfales, 
banderas coloradas, pirámides é inscrip- 
ciones alusivas al acto que se solemniza — 
la exaltación de Rosas al mando supremo. 
Frente al templo y en medio de columnas 
con dísticos federales se levanta la estatua 
del Ilustre Restaurador de f.as Leyes, 
como se designa á Rosas. En las esquinas 
de las calles hoy de Cuyo y Reconquista se 
levanta otra pirámide de madera en la cual 
se lee: 

Al héroe restaurador, 
Al vencedor del desierto, 
de honor y gloria cubierto 
salud, respeto y amor ! . . . 

El frente de las casas de los vecinos 
mas acaudalados y conocidos de la parro- 
quia está vistosamente decorado con tapi- 
cerías y banderas punzóes; y los arcos 
triunfales se levantan de distancia en dis- 
tancia, distinguiéndose entreoíros lóseos- 



— 09 — 

teadosp(3r las familias de Azcuéiiaga, Gar- 
ciaZúñiga, Anchorena, Martínez (Ladislao; 
Escalada, Cernadas, general Soler, Elia, 
Llavallol, Peralta, Irigoyen y otros. En 
frente de la casa de don José Mai'ía Corde- 
ro, calle Corrientes, se ven varias inscrip- 
ciones y adornos federales. Entre estas 
inscripciones hay una en verso que dá 
origen al nombre de mazoi-queros, califlca- 
ción que todavía se dá entre nosotros á 
los que pertenecían al partido federal de 
ese tiempo, y á los que simpatizaron des- 
pués con los hombres de ese partido. Al 
pié de un cuadro que r-epresentaba una 
mazorca, se lee la siguiente composición 
de don José Rivera Indarte. escrita expi'e- 
samentopara ese acto. 

¡ \I\A LA MAZORCA ! 

.1/ unitario que se detenga n raiidiin 

Aqueste mai'l(3 que miras 
de rubia chala vestido 
en los infiernos ha hundido 
<i la unitai'ia íacci(')n : 
y así con gi'an devoc¡i'»n 
dirás para tu colecto: 



— 100 — 

sálvame de aqueste aprieto 
oh santa federación! 

Y tendrás cuidado 
al tiempo de andar 
de ver si este santo 
te va por de trásü : 

l*i'i meros pnisos del ;;;obierno de Ifiosas 

Rosas organizó su Ministerio con el doc- 
tor Felipe Arana en el departamento de 
Gobierno y Relaciones Exteriores, el doc- 
tor José María Roxas, en el de Hacienda y 
el general Pinedo en el de Guerra y Marina; 
y luego de prestigiar la idea política do- 
minante el gobierno, fundándose en que 
«un sentimiento de justicia induce á re- 
probar la pena de confiscación, y en que no 
habiéndose expedido una expresa deroga- 
ción de las leyes que la establecen, los ciu- 
dadanos están expuestos á que se haga 
valer la existencia de éstas para satisfacer 
odios y pretensiones innobles» declaraba 
abolida para siempre la pena de perdido y 
confiscación de bienes en todos los casos, 



— 101 — 

sin excepción alguna. Otro decreto declai\T 
que el gobierno no admitirá cónsul de- 
nación que no haya reconocido la indepen- 
dencia argentina: y por otro del mismo 
mes se f^ncarga al Ministro de Relaciones 
Exteriores ajustar con el de S. M. B. una 
convención sobre la abolición del tráfico 
de esclavos. Por otra disposición se reor- 
ganiza la universidad y se reforma el plan 
de estudios facultativos y por un decreto 
general se reorganizan las escuelas públi- 
cas de la ciudad y campaña, así como la 
Escuela Normal, encomendándolas á la 
vigilancia de juntas inspectoras compues- 
tas del juez de paz, del cura y tres vecinos 
honrados del distrito, con arreglo á las ins- 
trucciones del gobierno. 

La hacienda pública ocupa preferente- 
mente la atención del Gobierno á juzgar 
por el cúmulo de disposiciones que se 
dictan per los auspicios del doctor Roxas, 
el mismo ministro que acompañó á Rosas 
durante el Gobierno que terminó en 1832. 
Es sabido que Rosas declaró ante la Legis- 
latura que la suma del pod^^r público no se 
extendía en su entenderá las responsabili- 
dades que incumbían por la buena admi- 



— 102 — 

riistracit')!! de los dineros públicos; y que 
su gobiei'no. mirndo desde este punto de 
•vista, es de los más rectos y de los más 
Jionrados que hayamos tenido jamás, según 
lo han declarado sus más encarnizados 
enemigos. En este sentido Rosas empieza 
por restablecer multitud de disposiciones 
del tiempo de Rivadavia y dictando otras 
del mismo orden, tendentes todas á facili- 
tar los propósitos de prudente economía 
que se tienen en vista. La reorganización 
de la Contaduría y de la Tesorería General. 
y las responsabilidades directas de los fun- 
cionarios que intervienen en las respectivas 
reparticiones, establecen un control severo 
en la administración. Todas las oficinas de 
recaudaci<')n deben remitir semanalmente 
los dineros que perciban á la Tesorería y 
Contaduría general; y el gobierno conoce 
de esta manera el movimiento diario de la 
recaudación, distribución y existencia de 
las rentas generales. La nueva ley de Adua- 
na estimula el comercio marítimo, y el de 
las provincias del interior, disminuyendo 
los derechos de buques de cabotaje; abo- 
liendo el cuatro por mil que pagaban los 
frutos del país que venían á Buenos Aires 



— 103 — 

por agua ó por tierra; reduciendo el valor- 
de las guías de quince pesos á uno. y con- 
cediendo el tiasbordo á algunos frutos dei: 
país que no lo tenían. Estas y otras dispo- 
siciones análogas van secundadas de la 
ilustrada contracción que dedica el doctor 
Roxas á las finanzas de la provincia, en cu- 
ya ayuda viene el empréstito de un millón 
y cuatro cientos mil pesos que voluntaria- 
mente ofrecen los principales capitalistas- 
de Buenos Aires. 

Mntre los más importantes y trascenden- 
tales figura el decreto que funda sobre el 
extinguido Banco Nacional, la casa de Mo- 
neda, de Buenos Aires. En atención á que 
la carta del Banco Nacional ha terminado; 
que la moneda corriente está exclusiva- 
mente garantida por el gobierno, quien es 
deudor de ella al público: que el banco sola 
ha prestado al Tesoro del Estado la estam- 
pa de sus billetes, y que el gobierno es 
accionista del establecimiento por casi tres 
quintas partes de su capital, el decreto á 
que me refiero declara disuelto el Banco- 
Nacional, y nombra una junta para la ad- 
ministración del papel moneda, la cual 
junta asociada á seis directores del extin- 



— 104 — 

guido banco debe proceder, además, á la 
liquidación de este «con la debida pruden- 
cia y sin violentar la operación». I-hi los 
subsiguientes artículos de ese decreto, que 
es más bien una caí ta orgánica del nuevo 
establecimiento, se establece en favor de 
este el privilegio fiscal para el cobro de las 
deudas á su favor; y se indica las opera- 
ciones que efectuará bajo la dirección de la 
junta nombradapor el gobiernoy compues- 
ta de don Bernabé Escalada como presi- 
dente, y de don Joaquín Rezábal, Juan 
Juan Alsina, Manuel Blanco Gonzahz, Mi- 
guel de Riglós, David ^^^eller y Laureano 
Rufino, personas todas ventajosamente co- 
nocidas. 

Este memorable decreto hace nacer el 
banco de la provincia de Buenos Aires, es- 
te coloso que ha llamado después la aten- 
ción de los gobiernos : que há contribuido 
€on sus fuerzas á consolidarlas institucio- 
nes libres de la República, vinculándose 
íistrechamente á la grande oi)ra de la na- 
•4,'ionalidad argentina, como así mismo al 
desenvolvimiento del progreso y adelanto 
material del país ! 

Este decreto afirmó la bien sentada fa' 



— 105 — 

111(1 del doctor Roxas, ú quien (mi vano se le- 
lia querido despojar de esa iniciativa que 
le pertenece á él antes que á ningún otro. 
Los que hemos venido después de 1852, 
hemos (ístadoíMi la ci-eencia de que la fuií- 
daci '>n del Banco de la Provincia se debía 
al doctor Dalmacio Velez Sarsfield ; y así 
se han esforzado en creerlo las autorida- 
des que le han discei'iiido á este distingui- 
do hombre publico los honores de la inicia- 
tiva. La verdad es que el doctor Velez nt> 
hizo más que complementar la carta-orgá- 
nica y casa de moneda de la Provincia que 
existía desde el 30 de Mayo de 1836. según 
el decreto que acabo de citai'. 

Refiriéndose á esto mismo. cst;ribía Ro- 
sas desde Southampton en 1872: «En el 
despacho del señor presidente de la casa de 
moneda se ha colocado un gi'aii retrato del 
doctor Dalmacio Velez Sarsfield, al pié ác\ 
cual se dice: « Fundador del Banco de la 
Provincia». Esto no es exacto. El verda- 
dero fundador fué el gobierno de Buenos 
Aires presidido por el general Rosas, sien- 
do ministro de liacienda el ilustrado y sa- 
bio estadista señor don José María Roxas, 
quien, como tal ministro, redactó el decre- 



— 106 — 

to que fli'mó eii seguida el general Rosas, 
•disolviendo el Banco Nacional, comprando 
las acciones de éste, á los que las tenían, 
estableciendo la Casa de iMoneda, etc. » 

Por este tiempo los gobiernos de las pro- 
vincias de Salta, Tucuman. Jujuy, San 
Juan, Rioja, Catamarca y después Entre- 
Rios, Santa-Fé. Mendoza, San Luis y San- 
tiago, «en atención á los méritos y servicios 
contraidos por el Brigadier General don 
Juan Manuel de Rosas, en favor de la causa 
nacional de la Fedcrriciun)), «y su heríjica 
expedición contra los salvajes, que ha da- 
do un inmenso territorio á la República; á 
que la ley de Aduana expedida por él con- 
sulta el fomento de la industria del interior 
de la República; y á que ningún gobierno 
ha contraído su atención á consideraciones 
tan benéficas» lo reconocen á Rosas en su 
grado de brigadier general y por «Ilustre 
Restaurador de las leyes de la República». 
— En seguida le confiei'en las atribuciones 
inherentes al podei' ejecutivo nacional por 
lo que respecta ni entretenimiento de las 
relaciones exteriores, las ciudes se extien- 
den poco después hasta erijirlo en jefe 
supremo de la (kmfede ración Argentina. 



— 107 — 

VMq investidura os por entonces c! com- 
plemento del triunfo del partido federal co' 
toda la República; en circunstancias en 
que los poderosos adversarios de ese par- 
tido se agitan en varios puntos preparando 
la reacción que estalla en bi'eve trazando 
líneas de fuego en todo el territorio con- 
mrtvido. 



Revoliiefon de Lavalle 

El general Lavallejefe militardel partido- 
unitario tomó sobi'o sí la obra do convul- 
sionar Entre-l^ios en su favor, b;ibilmente 
ayudado por los emigrados ai'gentinos en 
Montevideo, Mercedes y Paisandü. Así, 
mientras que estos preparan los elementos 
necesarios para enlrai- en acción, Lavalle 
leda las instrucciones siguientes al jefe 
más caracterizado que lo acompaña, al co- 
ronel Martiniano Chilavet. Conviene tener 
muy presente esta notable carta de Lavalle, 
tanto por los medios reprobados que pro- 
clama para llevar adelante la reacción, y 
que no dan mayor resultado que el de pro- 
vocar represalias de parte de los adversa- 



— 108 — 

rios: cuQntu por los manejos singulares 
que aconseja esa misma carta y que mues- 
tra palpablemente que la reacción unitaria 
no estaba mejor dispuesta en favor délos 
principios de buen gobierno, de lo que lo 
estaba la resistencia federal; y que el pen- 
samiento supremo de esa reacción quizás 
tínico, como lo repitió después el general 
Paz. era adquirir la preponderancia polí- 
tica á condición de destruir <á los que se 
opinían, soñando todavía con los prestigios 
del pensamiento orgánico y trascendental 
de R¡ vadavia, que estaba en el osti'acismo, 
yde los principales hombres que acompa- 
ñaron á éste y que vivían en Buenos Aires 
en la tranquilidad dí^ la vida privada: 

Lavalle comienza su carta ratificándole 
á Chilavert el fracaso délas negociaciones 
€on López y le dice : 

« Estoy impuesto de todo, y á la verdad 
que si se ha de hacer algo, no queda otro 
camino que el presente, después de haberse 
frustrado las esperanzas que López habúi 
Jtecho concebir. 

Lleva Susviela una carLa para Calixto 
Vem, que ojalá lo haga decidir; á pesar 
■queVd. no necesita advertencias, no pue- 



— 109 — 

do dejar de hacerle algunas, que no son 
más, sino dea)ni(joscinjas opiniones debemos 
respetar, tanto por sv capacidad, cnanto poy 
la POSICIÓN que ocupan en el dia. 

«Es necesario que Vd. persuada á nues- 
tro Calixto Vera, ó nnas bien que lo persua- 
da Susviela que ha de hablar con él. que 
terminada la elecci(')n legal si fuese favo- 
rable, ó el movimiento que ha de efectuar 
el cambio si no lo fuese, sea ayudado efi- 
cazmente por toda la emigración que al 
efecto se irá reuniendo graduaiuiente en 
Entre-Rios y poniéndose á disposicicjn del 
nuevo gobierno. » 

Y como no hay motivo para turbaí- el 
(')rden publico establecido en Entre-Hios, 
cuyas autoridades funcionan regularmen- 
te, el general Lavalle, que lo comprende 
así, les ordena á sus amigos que inventen 
esos motivos, y que se lancen al movi- 
miento en los términos siguientes: 

«Es imposible que la elección si fuese ad- 
versa no dé d Vera motivos ó pretextos para 
el nioviraiento ó si nó que los invente. No hay 
que pararse en pelillos como jamás se pa- 
raron nuestros enemigos. Que alegue coac- 
ción, temor ó inti'igus ol las elecciones :.ó si 



— lio — 

nó defectos, crímenes personales de Ecliagüe 
ó de su sucesor, /i adeudo siempre resaltar la 
poderosa tecla de que hace años que Entre- 
Ríos es sierva de Santa-Fé. 

«Interesa llamai* la atención de\'eraá 
la necesidad de convenirse sobre un plan 
antes de comprender el movimiento: por 
que de lo contrario no se sabe después por 
dónde ir ni lo que se ha de hacer, y de aquí 
la división de opiniones y los disgustos 
entre los amigos, capaces de inutilizarlos 
mejores elementos. Que se ppngan de ple- 
no acuerdo con Ei*eñú sobre quién será 
Gobernador, quiénes los comandantes, á 
qué empleados civiles ó militares se ha de 
destituir y quiénes los ^uhvogñván, qué se 
hará con Ecliagüe ó a^nigos de éste que cai- 
gan en sus manos, qué principios de política 
interior ó exterior ha de adoptarse. » 

Una vez preparado el movimiento, La- 
valle habla de la conveniencia de extender- 
lo á Santa-Fé, contando en que encontrará 
apoyo en Corrientes y en Córdoba : y así 
como les ha insinuado á sus amigos lo que 
harán con la persona del gobernador de 
Entre-Rios y los amigos de este qne cai- 
gan en manos de ellos, les dice que se sos- 



— 111 



tengan do las fortunas del gobernador de 
Santa-Fé y de los principales hombres que 
rodean á este ; esto^ precisamente, cuando 
Rosas ha dictado un decreto aboliendo la 
pena de confiscación. 

« Convenidos en todo esto, prosigue La- 
valle, manifestar el plan á los de Sanla-Fé 
y señalar, no día, pues es aventurado, sino 
época, es decir, de tal dia ó tal otro : é ins- 
tar ú los de Santa-Fé á que procedan como 
ellos, es decir, sobre un plan y con previo 
acuerdo sobre aquellos puntos. Imi Santa- 
Fé hay la circunstanciado que al momento 
deben poner las provincias sobre las ar- 
mas, pues deben temer muy pronto ala 
indiada de Rosas. Sise ven (ipuradis que 
lio se paren en medios y que se sostengan de 
las fortunas de López, Cnllen ¡j ('.'•' » 

« Que cuenta ^^era con una fuerte simpa- 
tía (cuando menos,! por parte de Corrien- 
tes: y con que, efectuada la revolución en 
Santa-Fé, cae en Córdoba Manuel López 
sofocado violentamente poi" Estanislao y 
Rosas y se restablecen los enemigos de 
estos. 

Y véase con qué franqueza tan ruda el 
general Lavalle proclama á su partido la 



— 112 — 

necesidad de hacer imperar el dominio de 
la fuerza y desnaturalizar las instiluciones 
de luitre-Rios, como de Sanla-Fé: sin per- 
juicio de iniciaren breve una cruzada con- 
tra Rosas, declarándose campeón de la 
constitución, de la ley y del dereclio de los 
pueblos á regirse por sus propias institu- 
ciones. Se puede ^asegurar que Rosas 
jamás ha preconizado á sus amigos una 
desnaturalización semejante para robus- 
tecer un movimiento revolucionario. 

« En cuanto á la política interior que pro- 
clüiiia la ley, la seguridad, la libertad. A este 
respecto debe convenirse Ereñú acerca de 
un punto importante, — ¡¡qué hacen con la 
Icfjislatui-a/ la opinión de aquellos amigos 
es que si creen no contar con sus ¡niemhros, 
no se acuerden de ella para nada, pero sin 
decir que la disuelven pero si cuentan con 
nna mayor ia segura, agarrarse de ella al 
instante: convocarla con pompas y urgen- 
cia; instruirla de Jo hecho y de los motivos 
y depositar en ella el gobierno y poniendo 
ásu disposición las fuerzas; seguro deque 
será elegido el que ellos quieran. Así se dá 

Á LA COSA UN AIRE DEDIONIDÁD Y LEGALIDAD 

y se compromete d todos, v 



— 113 — 

Con este progi'ama. el general Lavalle y 
Carril, Agüero, ^'arela y todos los emigra- 
dos unitarios inician la cruzada contra 
Rosas y el partido federal en toda la Re- 
pública! . . . 

Los medios que ponen en pi'<-\ctica son 
los mismos que ellos atribuyen á sus ad- 
versarios políticos ; las mismas violencias, 
la misma desnaturalización en las institu- 
ciones, los mismos ataques á las personas, 
á las propiedades, á las familias, que ellos 
aparentan condenar en proclamas decla- 
matorias y por medio de su prensa de 
propaganda ! Es el mismo general Lavalle 
quien proclama á la par de sus amigos la 
necesidad de esos medios reprobados, 
desligándose violentamente de la gloriosa 
tradición del antiguo partido unitario de 
Rivadavia, que brillará siempre en nues- 
tra historia por el organismo trascendental 
de sus propósitos y por sus tendencias 
elevadas al orden y á la legalidad. 

Los pueblos argentinos imbuidos en la 
Federación, resisten naturalmente ala cru- 
zada que emprenden los emigrados unita- 
rios. Ln lucha se enciende. Las represalias 
se suceden: y federales y unitarios se 



— 114 — 

disputan los pedazos de territorio que van 
regando con su sangre. 



Martin García 

A consecuencia de las injustas reclama- 
ciones entabladas por el cónsul francés Mr. 
Roger, habíase este retirado de Buenos 
Aires dejando sin representación diplomá- 
tica á su país: y el gobierno argentino, 
después de j'echazado el ultimátum, colo- 
cado en la alternativa de subordinarse sin 
examen ni discusión á las exigencias de la 
Francia ó de aceptar los funestos resultados 
de un rompimiento; y decidido á no omitir 
medio que manifestara á la Francia y á las 
demás naciones su sincera disposición á la 
paz, se dirigió al ministro de S. M. B. soli- 
citándole la mediación de su gobierno para 
allanar las dificultades pendientes, sobre 
las siguientes bases: 1/' Remitir al arbitra- 
miento del gobierno británico las preten- 
siones y quejasdel i'ey de Francia contra el 
gobierno argentino. 2.^ Aci^editar un mi- 
nistro argentino cerca del gobierno britá- 
nico para expedirse en los objetos de su 



— 115 — 

mediación, y otro cerca del francés para 
restablecer la buena armonía entre ambos 
países. 3/ Continuar respecto de los sub- 
ditos franceses la misma conducta obser- 
vada por el gobieinode Buenos Aires desde 
la pai'tida d(^l cónsul, no llamándolos á 
servicio militar alguno. 4.^ \'olver el cónsul 
francés á ejercer sus funciones en Buenos 
Aires. 

El ministro britiinico aceptó gustoso la 
mediación propuesta en términos tan sa- 
tisfactorios para la Francia, como que im- 
portaba concederle de hecho a esta todo lo 
que había exigido el agen te francés, todo lo 
que podía conceder una nación aun después 
de ajada su dignidad y de ser agredida del 
modo más injusto: y al ofrecerla por su 
parte al cónsul Roger le manifestó su es- 
peranza de poder allanar las diferencias 
pendientes, recordándole que no hacía mu- 
cho tiempo que se había empleado con 
éxito la misma mediación de la Gran Breta- 
ña entre los Estados-Unidos y Francia. — 
L-a nota de Mr. Mandeville y las bases de la 
mediación fueron llevadas por el capitán 
Herbert en la corbeta inglesa Caliope. El 
cón.ul francés al recibirlas manifestó su 



rr^ — 116 — 

buena voluntad de admitir la mediación, 
como también la oferta que le hizo en M' n- 
tevideo el cónsul inglés Mr. Hood de pasar 
á Buenos Aires en la misma corbeta. El 
paquete inglés de la carrera del Janeiro 
llevó esta noticia á Buenos Aires, y la de 
que iNIr. Roger se embarcaba en efecto, en 
la Caliope para reasumir sus funciones 
consulares en esta ciudad 

Pero como el agente francés procedía en 
todas estas emergencias en razón de los 
intereses de la Francia y áQXo^intereses ác 
sus aliados, según lo manifestó al fin de su 
ultimatun, antes de embarcarse para Bue- 
nos Aires se dirigió al campo de éstos,, 
donde se encontraba el general Rivera 
sitiando á la sazón á Montevideo. En na- 
tural que Rivera y los emigrados unitarios 
que hacían causa común con él, rechaza- 
ron la idea de un arreglo entre la República 
Argentina y la Fi'ancia, cuya primei'a con- 
secuencia era hacer cesar el motivo que 
indujo á esta ultima á aliarse con Rivera 
para ayudarle á derribar el Gobierno 
constitucional del Estado Oriental, como 
lo verificó al mes siguiente. Y es fácil 
darse cuenta también de la iníluencia que 



— 117 — 

obraría la palabra insinuante y autorizada 
de liombrcs como A'arela y como Agüero, 
presentes en esa conferencia con Rivera, 
en el ánimo de un hombre joven como 
>Ir. Rogcr, sin antecedentes, de condición 
intelectual muy mediocre y cuya imagina- 
<'ión vagaba en alas de renombre que debía 
darle su intervenciini en los asuntos del 
Plata, y de la importancia que adquiría 
si llegaba á obtener en la Argentina lo que 
otro agente había obtenido en el Ecuador, 
siquiera una parte de lo que el mariscal 
Bourmont liabía obtenido en Argel ! 

El hecho fué que Mr. Roger se retiró de 
la conferencia con Rivera y los prohom- 
bres unitarios resueltos á no cumplir el 
compromiso que había anticipado al capi- 
tán Herbeft y el cónsul Hood, de aceptar 
la mediación británica y de embarcarse 
á bordo de la Caliope. Como este último le 
demandara al siguiente dia el repentino 
cambio de parecer, el cónsul fi*ancés aleg() 
haber recibido nuevas instrucciones de su 
Gobierno (|ue no le permitían proceder co- 
mo quiso hacerlo, que era una invención 
grosera, pues no había entrado ningún 
buque después del paquete inglés y de la 



— 118 — 

correrá del Janciiv. cuya balija pasó por 
manos de Mr. Hood, según éste mismo le 
arguyo, confundiéndolo. Así, con fecha 9 
de Octubre Mr. Roger escribió á Mr. Man- 
deviUc que no so liallaba autorizado para 
aceptar la mediación, pero ofreciéndose 
á proponer nuevamente la transacción 
de que había sido conductor el señor Ja- 
vier García de Zúñiga. Esta inesperada 
respuesta que comunicó el ministro inglés 
al gobierno de Buenos Aires el mismo día 
que era esperado en esta ciudad el cónsul 
francés y por cuyo desembarco de la Cc- 
Uope se habían tomado las providencias 
necesarias, causó naturalmente gran sor- 
presa ; y esta fué mayor cuando dos dias 
después se tuvo noticia de que las fuerzas 
navales de los franceses, continuando en 
la República Argentina las tropelías inca- 
lificables que perpetraban en Argel y en 
Méjico, se habían apoderado á viva fuerza 
de Martin García, el mismo dia 11, Ínterin 
se mantenía esa correspondencia que con- 
tenía proposiciones de arreglo do parte 
del cónsul francés. 

La Isla de Martin García, situada frente 
á la costa oriental, á poca distancia de la 



— 119 — 

oonñucncia de los rios Paraná y Uruguay, 
y en el punto preciso de entrada al gran 
estuario del Plata, estaba naturalmente ba- 
jo la inmediata vigilancia de los buques 
bloqueadores, y su reducida guarnición 
sufríalos rigores del bloqueo tanto por lo 
que hacía ;i provisiones de boca como por 
la escasés de municiones, cuando á prin- 
cipios de Octubre se unieron á la Bordelai- 
se estacionada frente á la isla, los buques 
franceses Vigilaat, Expeditiva, Ana y die- 
ciseis lanchones, con más las escuadrillas 
del general Rivei-a, compuesta de las go- 
letas Loha, Eufra>sia, Estrella del Svd, Fa- 
lucho. Despacho y siete lanchones, todos 
los cuales buques fondearon en el canal al 
S. O. de la isla y á tiro de fusil. La guar- 
nición de la isla apenas alcanzaba á 125 
hombres, siendo 7 artilleros, 21 infantes 
de línea, 63 milicianos del batallón Restau- 
rador, y el resto, presos y armados de lan- 
za y garrote ; sus medios de defensa eran 
dos baterías, una con un cañón de á 24 y 
ia otra con dos cañones de á 12. LCI leniente 
coronel írorónimo í]osta era el jf'te de la 
isla y su segundo, el saigento mayor Juan 
B. Thorne, el mismo que después se en- 



— 120 — 

contró en el famoso combale de Obligado- 
y quien me lia corroborado estos datos y 
los que siguen. 

En la mañana del 11 de Octubre el c;qji- 
tan Don Hipólito Daguenet, comandante de 
las fuerzas navales francesas, dirigió al 
comandante Costa una intimación en la que 
lecomunicaba que habiendo recibido orden 
de apoderarse dala isla de Martin García, y 
siendo sus fuerzas muy superiores á las 
que la defendían, le concedía una hora para 
que respondiera si la entregaba ó nó; y que 
si esta respuesta no era conforme á aquella 
orden, la consideraría como señal de las 
hostilidades que comenzarían inmediata- 
mente. El comandante Costa reunió á sus 
oficiales y les expuso que estaba dispuesto 
á sostener á todo trance el destino que man- 
daba y el honor del pabellón de la patria. 
El Mayor Thorne declaró noblemente que 
aunque él no había nacido en la República 
Argentina estaba acostumbrado á combatir 
con gloria bajo ese pabellón y combatir era 
el deber de los que defendían la isla. 

Así se pronunciaron valientemente los 
demás oficiales, y el comandante Costa 
envió con el mismo parlamentario al jefe 



— 121 — 

f'raiicé.s esta dignísima respuesta qiiecons- 
tituií'á siempre un timb] e de gloria para 
las armas argentinas: <^ En contestación á 
la nota del señor eomandante, solo tengo 
que decirle que estoy dispuesto á sostener 
según es de mi deber el honor de la Nación 
á que pertenezco.» 

En seguida se prepar(');j recibir el ataque, 
confiando al Mayor Thoi-ne la artilleria, y 
destacando tres guerrillas en dirección al 
muelle viejo y barrancas que miran al 
Oeste. Poco después los franceses y orien- 
tales desprendían sobre el muelle viejo 
cuarenta y cinco embarcaciones entre lan- 
chonesy lanchas, con gente de desembarco, 
desembarcando en efecto fuerte de quinien- 
t(^s hombres, organizándoseen tres colum- 
nas de ataque y emprendiendo su marcha 
sobre el i-educto. al mando de los jefes 
orientales ^Susviela ySoiiano. Los buques 
IVanceses hacían ni mismo tiempo un fuego 
nutrido sobre el reducto de la isla, y aunque 
la artilleria de Thoiaie les respondí*) bizar- 
ramente cerca de una hora metiéndoles con 
algún éxito algunas balas de <á 24. la reduci- 
da guarnición se vi(') obligada ;'i replegarse 
después de una lucha desigual con las tres 



— 122 — 

columnas enemigas. Thorne pudo conte- 
nerlas todavía abocando sobre ellas las 
dos piezas de á 12, mientras que el subte- 
niente Molina agotaba las balas de 3íque 
quedaban. Pero rehaciéndose apesar de 
las bajas que sufrieron, las columnas ene- 
migas aliadas se apoderaron del reducto, 
después de hora y media de un combate 
heroicamente sostenido y cuya gloria cabía 
únicamente á los vencidos. 

Prisioneros y rendidos el comandante 
Costa, el mayor Thorne y toda la guarni- 
ción, solicitaron y obtuvieron del coman- 
dante Daguenet el ser trasladados á Bue- 
nos Aires donde fueron recibidos con 
manifestaciones entusiastas. El comandan- 
te Daguenet hizo ademñsacto de hidalguía 
dirigiendo al general Rosas una nota en la 
que hacía resaltar los talentos militares del 
bravo coronel Costa y la animosa lealtad de 
este hacia su país. )> Esta opinión tan franca- 
mente manifestada, agregaba, es también 
de la de los capitanes de las corbetas Ex- 
peditive, Bordelaise. testigos de la increíble 
actividad del señor coronel Costa, como 
de las acertadas disposiciones tomadas por 
este oficial superior para la defensa de la 



— 123 — 

importante posición que estaba encargado 
de consei'var. He creido que no podría dar- 
le una prue])a mejor de los sentimientos 
que me ha inspirado, que manifestando á 
V. E. su bizarra conducta durante el ata- 
que dirigido contra él el 11 del corriente por 
fuerzas muy superiores á las de su mando.» 
Análoga comunicación le dirigió al mayor 
Thorne el jefe oriental que lo iMndió al pié 
de los cañones. 

Los pocos que dudaron que la Francia 
estaba dispuesta á atropellar la soberanía 
de los débiles Isstados Sud Americanos 
con la mira de colonizarlos al calor de las 
luchas internas, ó de propiciarse á costa 
de ellos ventajas de primer orden que se 
lo permitieran fácilmente con el tiempo, 
tuvieron una prueba incontestable de ello 
en la agresión llevada sobie Martin Garcia. 
Con soíbrado fundamento decía pues La 
írazeta Mercantil, seis dias después de ese 
hecho de armas: «ya se presenta patente 
<íl verdadero cuadro de nuestra situación 
actual, y de las miras de la Francia contra 
nosotros, cont'^a los americanos todos, y 
conti-a los valiosos intereses del comercio 
de ambos mundos. Méjico, la Confedera- 



— 124 — 

cíón Argenliüa y la República del Uruguay 
son el blanco de las hostilidades gratuitas 
del gobierno francés. Mejor diremos, el 
lenguaje de los diarios franceses cotejados 
con los hechos escandalosos con que se ha 
agredido á los gobiernos de las Repúblicas 
Sud-Américanas, demuestra que ha ma- 
durado ya en el gabinete de las Tullerías 
el plan de monarquizar la América, enca- 
denar su libertad y monopolizar su exten- 
so y variado comercio, plan que remonta 
hasta la época de Chateaubriand quien cla- 
ramente lo indica en sus escritos que cor- 
ren impresos sobre la América.» 

La alianza de los franceses con el gene- 
ral Fructuoso Rivera y con la Comisión 
Argentina, quedó sellada sobre la sangre 
argentina derrcimada en defensa del honoi" 
en la isla de Martin Garcia. Colocado Ri- 
vera en el gobierno de la República Orien- 
tal por los auspicios de los mismos fran- 
ceses ; arbitros estos por la fuerza en las 
cuestiones del Plata y queriendo resolver- 
las definitivamente en su provecho, encon- 
traron también por aliados á argentinos 
que pensaron que podía y debía sacrifi- 
carse la dignidad de la patria al fin q ue los 



— 125 — 

llevaba de derrocar al Gobierno fuerte que 
crearon extravíos comunes. 

La lucha comenzó entonces entre ex- 
tranjeros y argentinos y Rosas pudo y 
debió decir á su vez que sostenía la sobe- 
ranía é independencia de la República, 
mientras argentinos hubier.i que no se 
avinieran á sacrificar este interés supremo 
de nuestra existencia política. 



Las agresiones del extranjero 

Las agresiones del Gobierno francés á 
la República Argentina que continuaron 
con el asalto y toma de Martin García y 
con las tentativas sobre las costas Sud y 
Norte de Buenos Aires, fueron considera- 
dos en ambos continentes, no ya como 
meros ataques á la soberanía de un Es- 
tado independiente y reconocido como 
tal por los Gobiernos civilizados, sino co- 
mo principios de ejecución del plan de 
reconolización que quería llevar adelante 
aquel gobierno en las repúblicas Sud Ame- 
ricanas para poder ejercer sobre el resto 
del mundo la preponderancia comercial, 



— 126 — 

mai'ítima y aún militar que pretendió ci- 
mentar por medios más legales y más 
humanitarios el genio de Napoleón I y que 
persigui(3 todavía Napoleón III, sacriílcan- 
do entre otros despreciados á un príncipe 
extraviado, quien tuvo que creer en la fé 
republicana de los pueblos de América 
recien cuando rodóen el patíbulo su cabeza 
coronada. 

Toda la prensa de Europa y Améi'ica, 
con muy raras excepciones, se pronunció 
en ese sentido, enalteciendo la firmeza y el 
denuedo con que el gobierno ele la Confe- 
deración Argentina resistía las agresiones 
de la Francia, interpretando dignamente 
el sentimiento de sus conciudadanos y el 
de los demás pueblos de Sud América, 
que á costa deesa resistencia heroica pu- 
dieron salvar su independencia amena- 
zada. 

Debo retéi'irme á ese pronunciamiento, 
por que él constituye la opinión imparcial 
del mundo civilizado, y por lo mismo que 
no se puede suponer que él se inspirara en 
motivos de complacencia para con reyes ó 
con su gobierno, sino en el principio 
de la justicia y del derecho contra el cual 



— 127 — 

reaccionaban con las armas en la mano los 
franceses y sus aliados los partidarios del 
general Rivera y los emigrados unitarios 
en el Est.-tdo Oriontnl. 

«Admiramos la firme desición con que 
el gobierno de la Confederación Argentina 
resiste á las injustas pretensiones del or- 
gulloso Gabinete de las Tullerías. escribía 
El Nacional de Lisboa de A de Enero de 
1840, y esperamos ver el dia en que todas 
las repúblicas del cr»ntinente americano 
formen entre sí una liga cerrando sus 
puertos ;'i los buques de la nación que pre- 
tende oprimirlas. » 

«Estamos viendo á los franceses atacar 
la libertad ó independencia de nuestros 
vecinos, los argentinos, decín LalJga Ame- 
ricana ác Rio Janeiro del 30 de Enero de 
1840, y lo que es mas ir á Montevideo á dar 
auxilio á un partido político, para tener 
aliados que los ayuden en la empresa con- 
tra el heroico general Rosas, que no hace 
mas que defenderse de una injusta inva- 
sión reconocida como tal por todas las 
naciones. 

«No es con poca admiración que obser- 
vamos, decía El Xarioual de Madrid, nú- 



— 128 — 

mero 1187, los heroicos y felices esfuerzos 
que está haciendo la Confederación Argen- 
tina contra las injustas pretensiones de 
Luis Felipe, y ojalá que nuestra posicicjn 
nos permitiese ayudarlos con otra cosa 
más que con nuestros deseos. » 

Podría citar muchas otras opiniones de 
la prensa imparcial de la Europa confor- 
mes con las anteriores: pero baste con 
saber que el mismo don Estovan Echovar- 
i'ia, el ilustrado propagandista contra Ro- 
sas, no pudo menos que reconocer la 
uniformidad con que el pueblo argentino 
se pronunció en favor de la conducta 
iniciada por Rosas contra la Francia; que 
don Juan Cruz A'arela. el gi'an poeta de 
nuestra reforma social bajo Rivadavia y 
adversario de Rosos, arrancó ásu lira me- 
lancólica los últimos ecos, diciendo a ese 
respecto: 

Ah ! si tu tirano supiese siquiera 
reirriiiiir el rv.elo de audacia extraiigera 
y vengar insultos que no vengará !. . . 

y refiriéndose á nuestro río y al asalto de 
Martin García : 



— 129 — 

Y ora exü'aña Ilota, le d(jma, le oprime, 
tricolor bandera, llamea sublime, 

?/ la (i:."l // blanca cencida caijó! . . . 

En cuanto al genoi-al Lavalle, el jefe mi- 
litar de los emigrados argentinos en el Es- 
tado Oriental, hé aquí lo que escribía con 
tal motivo auno de sus principales ami- 
gos: "La política actual está tan compli- 
cada y de un modo tan grave que <: quién 
tendría la audacia de asegurar que véclaro 
el porvenir:'... Los franceses vana blo- 
quear á Chile. . . ("uando un ejército chile- 
no está en Lima contra Santa Cruz... l''l 
cónsul Roger que fué á Francia, volvió y 
ha dirijido á Rosas un ultimátum con al- 
gún agregado de exigencias se declara 
que para hacerle la guerní unirá á sus 
enemigos. . . 

« La isla de Martin García ha sido tomada 
;i viva fuerza por las escuadrillas aliadas... 
40 piezas tiraban sobre un malísimo para- 
peto y 500 infantes completaron el suceso. 
\']\ honor del pabelliHi argentino ha quedado 
bien, pues el j<')ven Costa se lia batido en 
liéros, como dicen los galos.» 

Y refiriéndose á la alianza de Rivera y de 



— 130 — 

los emigrados unitarios con los franceses, 
aplaudida por estos y por la pi'ensa de 
Montevideo, escribe el IG de Diciembre del 
mismo año: «La Revista » llama pobres y 
estúpidos a los que no piensen dol mismo 
modo. Estos hombi-es, conducidos por un 
interés propio muy mnl entendido, quieren 
t}-astor)iar las leyes eto'tias del patriotismo, 
del /tono/' ij del buen sentido, pero confío en 
que toda la emigración preferirá que « La 
Revista » la llame estúpida d que su patria la 
■hialdiga niañana con el dictado de ril traJ- 
dora. . . en dos ó tres meses las ideas pue- 
den variar mucho; pero si se ¡-ealizan las 
ideas de hoy, es decir, si llega el caso de llerar 
la guerra á nuestra patria los pabellones 
francés y oriental, entonces haremos nues- 
tro debej'. » 

Hasta flnes del año 1838 el general Lava- 
lie pensaba, pues, que el honor argentino 
era sostenido por el Gobierno y los soldados 
argentinos que resistían las agresiones ar- 
madas de la Francia; y que serían viles 
traidores los que se aliaran á los franceses y 
orientales para llevar la guerra ñ la Confe- 
derad ó n A rge n t i i ) a . 



131 — 



El prest¡$;ío de Kosas 

Fracasada la conspiración de Maza, í;1 
Congreso, todas las corporaciones civiles y 
militares y el pueblo, se apresuraron ;i 
manifestar su adliesi(3n sin límites al go- 
bierno del general Rosas ya la causa fede- 
ral, disputándose tíjdoscidar mayor realce 
y esplendor á las festividades que so cele- 
braron. 

l'JsMs manifestaciüiies que se sucedier<jn 
sin interrupción en los meses de Juliu. 
Agostíj. Setiembi-e y (Jctubre er;ni tanto 
mas notaljles cuanto que se llevaban ;i (Na- 
bo no por el pueblo ineducado, fan<átic(^ 
poi' Rosas, y que concurría á ellas en ma- 
sas enormes, sino por las clases mas aco- 
modadas de Buenos Aires, por las damas 
de las principales familias, como por los 
hombres mas ventajosamente condados 
en la sociedad. 

En Montevideo se decía, y después se ha 
repetido, que era el teri-or ei que hacía 
obrar así. Pero el Tmimo desprevenido ad- 
vierte hoy lo que entonces no podía (') no 



— 132 — 

quería advertir el ánimo enconado del par- 
tidismo; y es que el gobierno de Rosas ha- 
bía echado raíces profundas en Buenos 
Aires y en toda la República. Todos esos 
elementos que haciendo pié en Buenos Ai- 
res obstaculizaron con poder incontrasta- 
ble la obra de los hombres de 1826 y que 
quedaron vinculados en la República pol- 
la resistencia que hicieron Paz y Lavalle 
en 1828, se hicieron conservadores á su 
manera del régimen federal que sostenían 
contra toda otra tentativa, sin comprender 
el mecanismo orgánico de ese régimen, si 
se quiere, pero marchando á él con el de- 
signio de llegar al fln, como llegaron en 
efecto 1852. cuando Ui-quiza empezó á 
realizar la idea de la Nación Argentina. 
sobre la base que le presentaron los go- 
bernadores de la Confedera» -ion Argentina 
que conservó Rosas desde 1835. 

No era, pues, en el ejército, sobre el cual 
nunca contó Rosas, por la sencilla razón de 
que nunca tuvo ejército de línea en las ciu- 
dades: no era tampoco en el populacho, 
donde se apoyaba el Gol)ierno de Rosas. El 
populacho y el ejército no pudieron impo- 
nerse dieciocho años á un país como el 



— 133 — 

niiCíftru que supo de lo que era capaz 
desdo que labró su independencia y la de 
cuatro repúblicas; ni sostener á Rosas con- 
tra todo el poder de susenemigos interiores- 
y exteriores, y del partido unitario de la 
Banda Oi'iental, la Fi'ancia é Inglaterra, 
combinados y aliados para concluirlo. 

Kva el conjunto de la sociedad argentina 
loque robustecía ese gobierno fuerte que 
ella misma se liabía dado y á cuya sombra 
se había hecho conservadora. Eran las 
clases cultas y dirigentes de In sociedad y 
del gobierno, el comei'cio nacional y extran- 
jero, y el pueblo en general, que se habían 
identificado con su propia obi-a, y que la 
perseguían contra todo el torrente de la 
razón pública, la cual, sino estaba de su 
parte, no lo estaba tampoco de parte de los 
que á tal gobierno y á tal sociedad comba- 
tían con el designio de suplantar á Rosas 
simplemente. 

El terror no podía obligar á toda una so- 
ciedad á hacer alarde de adhesión á Rosas 
como lo hacía; ni á catorce provincias y á 
un millón de habitantes á que sollamasen 
federales ; y á que sostuviesen á Rosas co- 
mo la primera columna de la federación^ 



— 134 — 

tal cual existía entonces, tal coniu existía 
en 1852, que tal ha sido la base sobre la 
•cual se inici(ó nuestra organización federo- 
nacional. Lo del terror ei'a uno de tantos 
argumentos de la propaganda contra. Ro- 
sas: pero el heciio real es que en 1839 no 
existía semejante terror en Buenos Aires. 
Lo que había era entusiasmo en las masas 
populares por la Federación y por Rosas, y 
en muchísimos liombi'es bien colocados 
por su posición y por sus familias: senti- 
miento esencialmente especutativo en las 
clases cultas y conservadoras en general, 
que explotaban el sentimiento dominante 
de los pueblos en provecho de las posicio- 
nes que habían adquirido por los auspicios 
del Gobierno fuerte. Y esta escuela no es 
nuestra: ella campea en todas partes, co- 
mo que á ella se aferran esas que se llaman 
clases conservadoras porque persiguen la 
prosperidad de sus posiciones cualesquie- 
i'a que sean los principios que las garanti- 
cen; así en políticacomoen religijii. 

(-.Puede nadie imaginarse hoy que si Ro- 
sas no iiubiera contado con el apoyo de los 
pueblos y con el que le prestaban las cla- 
.ses cultas de la sociedad argentina, habiía 



— i;i5 — 

podido gobornarcasi dicciochoaños desde- 
Buenos Aires liasta .Uijuy. la Confedera- 
ci<'»ii Argentina tal como se la dejó á Urqui- 
za para que éste diera una constitución, 
apesar de los podei'osos enemigos interio- 
res y exteriores que se aliaron contra él? 
íiPei'oqué hombre extraordinario era en- 
tonces éste, que así pudo imponerse él 
solo? Dígase mas bien que no se encuen- 
tra el medio de eludir las i-esponsabilida- 
des tremendas que alcanzítn á los partidos 
y á los pueblos que enjendi-aron y robus- 
tecieron el gobierno fuerte; yque por esto 
se quiere arrojarlos sobre la cabeza del que 
personificó en sí ese gobierno. Si con ello 
se salvara á ios pueblos, cualquiera de los 
que actuaron en primer término en la po- 
lítica de esa época funesta, pudo y debió 
aceptar por su pai'te esa responsabilidad. 
^' en este caso se encuentra el mismo Ro- 
s;is que escribía en 1S70 desde su retiro en 
Southampton : « Durante presidí el gobiei-- 
no de Buenos Aires encargado de las Rela- 
ciones li^xtcriores de l.i Confederación 
Argentina, con la suma del podei* por la 
ley. goberné según mi conciencia. Soy, 
pues, el único responsable de todos mis 



— 13G — 

actos; de mis hechos buenos cumo de 
los malos; de mis errores como de mis 
aciertos. » 

Lo que vengo diciendo se comprueba 
iiaciendo ver (piiéaes eran los que tomaban 
la principal parte en las manifestaciones 
político-religiosas de 1839. La parroquia de 
la Catedral al Norte donde estaba radicada 
la crema de las familias de Buenos Aires 
fué una de las primeras en celebrar estas 
manifestaciones, llevando en triunfo por 
las calles el retrato de Rosas, ^depositándo- 
!() en el altar mayor de la iglesia de la Mer- 
ced y custodiándolo una guardia de honor 
compuesta de los mismos vecinos. En Ga- 
i-eta Mercantil del 4 de Octubre de 1839, 
que. tengo á la vista se registra una lista 
de más de (matrocientos ciudadanos fede- 
rales de esa parroquia que contribuyeron 
«para la función de iglesia con motivo de 
haberse salvado milagrosamente la impor- 
tante vida del benemérito ciudadano, Ilus- 
tre Restaurador de las Leyes, don Juan 
Manuel de Rosas del alevoso puñal de los 
pérfidos unitarios, de acuerdo con los in- 
mundos franceses.» De los que en la tal 
manifestación aparecieron basta citar los 



— 137 — 

siguientes queocupnbnn rn la alta sociedud 
de Buenos Aires la misma ventajosa posi- 
ción que ocupan hoy sus descendientes: 
Simf3n Pereira, Felipe Llavallol. Félix 
Castro, ManuelAlcorta, Francisco Pereyro, 
Francisco Flía. Luis DoiTCgo. Fi-ancisco 
Balhin, José Maria Achával, Tomás, Ma- 
nuel y Nicolás de Ancliorena, Miguel Az- 
cuénaga, Patricio I>ynch. Braulio Haedo, 
Pastor Frias, Exequiel Real de Azúa. Boni- 
facio Huergo, Mariano Lozano, vSantiago 
\'ioIa, Ambrosio Molina Torres, José An- 
tonio Domaría, Sebastian Ocampo, Inocen- 
cio Escalada, Clemente Cueto. Fabián Gó- 
mez. Ángel Medina, Cipriano Quesada, 
Diego Calvo, Evaristo Pinedo. Amancio 
Alcorta. INIanuelJ. Campos, José Ignacio 
Garmendia, Juan Biayei", Juan Bautista 
Udaondo, Juan Rafael Oromí,Mcente Cas- 
tex, Gregorio Terry, Patricio Peralta Ra- 
mos. Pedro Gaché. Juan José Criarte, Ber- 
nardo Pereda, Miguel Gutiei-rez, Carlos R. 
Horne, Francisco Casal, Antonio Reyes, 
Felipe Otárola. Juan Victorica. Juan Beni- 
to Sosa y muchas otras personas como 
estas cuyo color político era bien conocido. 
Otro tanto sucedió en las demás parro- 



— 138 — 

quias. Las iiianiíostacioncs .se llevaron ;i 
•cabo por los auspicios de los ciudadanos 
mas inñuyontcs y mejor acomodados, con- 
fundidos con el vocindai'io que acudió en 
masa. La de San Tehno, por ejemplo, se 
celebró con gran pompa, según fué fama 
pública. Las calles del distrito y el frente 
de las casas estaban decorados con arcos 
triunfales, banderas y escudos alusivos. 
La columna de los manifestantes, precedi- 
dasde dos bandas de música, se dirigió á 
la casa del Gobernador, sacó de allí un gran 
retrato al óleo de éste y lo condujo hasta 
aquella iglesia en medio de los Víctores y 
•aclamaciones de las familias que corona- 
ban las azoteas cubriéndolo de flores al pa- 
sar. En la iglesia se cantó un Tedeum en 
celebi'ación de haber el Gobernador salva- 
do de ser asesinado, y el cura pronunció 
un panegírico alusivo al acto. Enseguida 
■el grueso déla manifestaci(')n pasó á un lo- 
cal cercano donde se había dispuesto una 
carne con cuero y lo pi'incipal de la con- 
currencia á casa del señor Babio, donde se 
■sirvió un abundante >-f^/"rr'.Sf;ó. dice f^a (íd- 
ceta. VA Juez de Paz inició aquí los brindis; 
y le siguieron los señores Gart-igós, gene- 



— 139 — 

r;i! Soler. Nicloric.-i. cnrunfl Hudrigue/^ 
jMnriño, iiOadu, Boscli y M/curr.i. Todos^ 
ciloís se dirigieron naturalmente ¡i exaltar 
á Rosas y al pai-tido federal. IlI general So- 
ler se liniití) á bi'indar por la hija del 
gobernador, concluyendo con los vivas de 
uso al i'estaurador de las leyes y con los- 
mnerasá los unitarios, á losfranceses y á 
RiveiTt. MI jefe de [X'licia Mctorica. brind(') 
asi: 

Unitarios viles— .salvajes crueles 
á la patiia infieles — al francés serviles, 
huid de ese suelo — no causéis mas males- 
que á los federales— los proteje el cielo. 

Después de eso la manifec>iaci(')n se diri- 
jióá enti'egar el i*et!'atoque debía servir 
para que la hiciera otra parroquia. 

Y si pomposa se llamó á esta manifesta- 
ción, no merece menos la (pie tuvo lugar 
en la parroquia de San Miguel, y de la que 
es necesario dar cuenta someramente aún 
á riesgo de fatigar al lector. \'arios vecinos 
influyentes nombraron una comisión com- 
puesta del juez de paz, don José Melchor 
Romero v de los señores Mariano de So- 



— 140 — 

mellera y Pedro Josó Viln, para que corrie- 
ra con todo lo concerniente á la función 
patriótica federal ; y como lo habían hecho 
otros en las vísperas de estas funciones, 
losjuecesdc paz don Eustaquio Gimenes. 
^lanuel Casal Gaete, Saturnino Unzué. Do- 
mingo Diana, José de Oromí y Julián 
Mrón, pidieron al gobernador les permi- 
tiese alternar en la guardia de la casa-habi- 
tación del mismo, acompañados de dos 
vecinos federales de sus respectivos dis- 
tritos. La función se organizó para el 29 
de Setiembre, dia en que la iglesia católica, 
que se asociaba á ella, celebraba la del 
titular de la parroquia San Miguel Arcán- 
gel, l'^l adorno de las calles y las tapice- 
rías del frente de las casas, sobrepasó á 
cuanto habían hecho hasta enti^nces las 
demás parroquias. 

Alas diez de la mañana la manifestación, 
conduciendo un gran carro ti'iunfal, se 
dirijió á la casa de Rosas á buscar el retrato 
•(ieéste. Dosguardias de honor, compues- 
tas de ciudadanos, formaban la escolta del 
HOMBRE DEi. PUEBLO, dice La Gaceta. La de 
infantería la formaban los oficiales del re- 
gimiento cívico de patricios, vestidos de 



— 141 — 

gi-an parada, sabic en mano, y era man- 
dada porel general Celestino ^'idal. La de 
caballería era comandada pnr e! gen^i-al 
Lucio Mansilla, y en el centi'o de ella lle- 
vaba don L,uis de Belaústegui un estandar- 
te de raso pun/.ó. bordado de oro. Coloca- 
do que fué el retrato en el carro triunfal, 
la manifestación volvió ñ la iglesia entre 
lasaclamaciones de la multitud. Elretrato 
fué recibido en el (atrio de la iglesia por el 
cura párroco y otros eclesi;\sticos y colo- 
cado al lado del evangelio; y so di') princi- 
pio á la función de iglesia con una misa 
oficiada agrande orquesta, asistiendo de 
medio pontifical, el obispo diocesano y 
celebrando el provisor ; siguió con la pro- 
cesión del Corp/fs CJirístiy ^^' ccri'ó con un 
Tedeum Imtdamos. 

La manifestación encabezada por los se- 
ñores de la comisión, poi' algunos sacer- 
dotes, dignidades como P(.'i-era Saravia, 
Palacio. Argerich, Achega y Reina y por 
los ministros Garrigós c Insiarte, briga- 
dier general Soler, generales Guido, Pine- 
do, Rolón, Ruiz, Huidobro. Paz iGi'egorio), 
Lamadrid, coroneles Crespo y Uriburu 
(Evaristo), Lahitte, Garcia, González, Pe- 



— 142 — 

ña, doctores Lozano, Pereda, Torres, Cár- 
denas, Campana y gran cantidad de ciuda- 
danos conocidos, de damas principales 
como ser las de Llavalloi do Pairó, Viilari- 
no de ín.siarle, Ortiz de Berraondo, Rome- 
ro. Villanuovci. MIu, etc.. se dirigió en se- 
guida á la casa del juez de paz, arreglada 
convenientemente. 

Llegados aquí, el general Soler, tomando 
en sus manos la bandera nacional que lle- 
vó Rosas á su conquista del desiei'to, pro- 
nunció una entusiasta alocución, después 
de la cual las damas cubi-ierun de ñoies el 
pedestal sobre el que, entre banderas, se 
había colocado el retrato de Rosas, y se 
cantóel himno argentino. Sirvióse después 
un refresco y aqui fué de los brindis y dis- 
cursos que inició el general Soler con al- 
gunas palabras alusivas. Lo siguieion 
Garcia, Garrigós, Lahitte, Mansilla, hasta 
que levantándose el general Gregorio 
AraozdeLamadriddijo: «Brindo, señores, 
porque los traidores unitarios que lian te- 
nido la vileza sin ejemplo de venderse á los 
indignosagentesdelaFi'ancia,parainvadir 
y mancillar la independencia de la patria, 
vengan cuanto antes con sus despreciables 



— 143 — 

nmos para recibir el castigo que merece su 
infamia, y para que se convenzan los so- 
berbios franceses de que su poder no es 
bastante para arrebatar á los argentinos 
su independencia — ¡Viva la Confederación 
Argentina! ¡Mva su eminente jefe el ilus- 
tre Restaurador de las Leyes! ¡Mueran los 
traidoi-es á su patria! 

Estasmanifestaciones se sucedieron du- 
i'antetres meses en los principales pueblos 
de la campaña, y con pocas excepciones, 
los vecinos mas conocidos aparccifi'on en 
primer término en ellas. 



Ij» invasión cíe Lavalle en ]83í> 

Acababa I.avalle de invadir el l\nf re-Hios 
desechándola idea de liaceiio al sur de 
Buenos Aires, como lo querían sus partida- 
rios. Según él misniíj lo manifestaba, no se 
le presentaban entonces las probabilida- 
des deéxito que á su juicio debían mediai' 
para no aventurarlo todo, cuando podía 
hacerse otro plan que una vez realizado lo 
conduciría á esa provincia sin los sacrifi- 
cios que habría que arrosti'ar inmediata- 



- 144 — 

mente sin ventaja positiva. Atendiendo 
principalmente á las responsabilidades 
que pesaban sobi'e él y que quizá abulta- 
ban los mismos que, aconsejándolu, com- 
partían de ellas en realidad, el general 
Lavallo se decidió á invadir el Entrc-Rios 
fiado en que las poblaciones orientales, 
celosas de su independencia, engrosarían 
las filas de Rivera para repeler la invasión 
del ejército de Ecliagüe y en que Rivera, 
por su propia seguridad, como por la va- 
nagloria de que los argentinos le deberían 
á él todas las ventajas de la jornada, no se 
pararía basta destruir completamente ásu 
rival y reunirse con Lavalle. Este entre 
tanto emplearía toda su actividad para dar 
un golpe seguro á las milicias que consti- 
tuían la única fuerza del gobierno delega- 
do de Entre-Rios; y una vez que lo realiza- 
se, el efecto moral de su victoria y los re- 
sortes políticos que tocara decidirían á su 
favor la opinión de esa provincia. 

Sólo un obstáculo podía entorpecer los 
sucesos en este camino: López reforzado 
con fuerzas de Buenos Aires. Para evitarlo, 
Eavalle se propuso atraerlo á su causa, y 
si se negaba áello, no presentarle un com- 



— 145 — 

bate decisivo hasta no encontrarse más 
fuerte que él en Knti'o-Rios. ó hasta que se 
aproximara Rivera, ó se pronunciase 
Corrientes y pudiera formar un ejército 
respetable. Destruido Echagüc y batido 
López, él quedaba dueño de tres provin- 
cias, y entonces los sucesos decidirían si 
se robustecería la acci(')n que se prepara- 
ba en el norte y en el interior ñ se debía 
marchar sobre Buenos Aires. 

Este plan ofrecía ventajas efectivas, si 
bien libraba en gran parte el éxito gene- 
ral á la concurrencia del general Rivera 
quien, como es sabido, no haría sino aque- 
llo que le aconsejaran sus propias conve- 
niencias y su genial vanidad. Era además 
el más acertado, una vez que no se acepta- 
ba el de (jperar sobre Buenos Aires: y de 
cierto que los pi'imeros pasos que dio el 
general Lavalle, acreditaron que no se ha- 
bía equivocado. Rivera fué la causa de que 
este plan no se llevara á feliz término á 
contar desde la victoria de Cagancha que 
debió decidir casi todo el litoral en favor 
de la cruzada de Lavalle. 

Por lo demás, el general Lavalle era au- 
xiliado en su empresa no srlo con losdo- 



14() 



nativos de algunos de sus amigos sin(') con 
los que consiguió reunirle don Andrés La- 
mas, y muy principalmente con las armas, 
bagajes y dinero que le dieron los agentes 
franceses. En el libro del doctor Carranza 
sobre la Revolvción del año 39 están inser- 
tas íntegras las cartas del general Lavalle 
que así lo comprueban y las cuales están 
de acuerdo con las que he dado á conocer 
por la primera vez en mi libro. Así, en 
Julio de 1839, el señor Lamas le nian ¡fes- 
taba á Lavalle sus sospechas respecto del 
cumplimiento del auxilio prometido por 
Rivera, y le agregaba: «Por snpnc^to que 
no liemos prescindido de los auxilios fran- 
ceses : los nececitamos. Les hemos pedido 
'200.000 pataco lies... y> etc., etc. Por su par- 
te el coronel Baltar le escribía: «el 21 dejó 
Rivera una carta á Despouy para que viese 
á los agentes franceses para que le diesen 
200.000 patacones y él daría 1500 hom- 
bres á disposición de usted y estaba pronta 
la suma que pedía. !<]! señor Martigny le 
■contestó que pusiese los 1500 hombres á 
disposición de usted y está pronta la suma 
que pedía» El señor Ireneo Pórtela le es- 
•<;ribe á Lavalle en 20 de Agosto: «^Naestros 



— 147 — 

(iniicjos los (igciiíes coiitiiLÚan porLáiidosc cu- 
mn biempre: no bien le dije á Mr. de Míd'- 
tiguj/ ¿o que Frias (icabfibd de comunicar me 
cúbrela aecesidad de recii ¡'sos pccunarios, se 
presluron á lo (¡ne se habían coniproinetido 
id rao I lie I do. 1^ Las sirtipaiias minientan inu- 
(jlio especialii/enie entre los e.r¿rajiJeros, le 
escribía el doctor Várela á Lavalle en Julio 
29. .. .Con este buque recibirá usted toda 
la factura de monturas que los franceses 
(ipresaron. Los señores Marti gny y Baj-ade- 
re se han eondvcido en este negocio con la 
(líitistad g empe'io qa.e en todo lo ([ne interesa, 
á usted ^ á sv crpedición.^^ El mismo gene- 
ral Lavalle le escribe ;'i su scñui'a esposa 
el 12 de julio «que todos los soldados fran- 
ceses se han portado de un modo tal que 
esta lleno de gratitud.» 

El 30 de Agosto de 1839, el general La- 
valle hizo pasai- revista en Martin Garcia í'i 
la «Legión Libei'tadoi'a » que se compo- 
nía de un escuadr(jn de jefes y oficiales de 
la escolta del genei^al. de los escuadrones 
Maza, Libertos. C'dlen, de una compañía 
de guías, de un piquete de infantería y de 
algunos entre rianos. que formaban un 
total de .ór>() liombiTs. inclusive los oficia- 



— 148 — 

les y tropa del cuartel general y Estado 
]\Iayor. El 1" y 2 de Setiembre se verificó 
el embarco y trasporte de la Legic'm en los 
buques franceses Bordclaisc, Expeditive, 
Vigilant y Ana^' en algunas balandras con 
bandera oriental, siendo el comandante 
fi'ancés Lalande de Calan el jefe de la es- 
cuadrilla que escoltaba el convoy. El ge- 
neral Lavalle se embarcó el último en la 
Bordduise, expidiendo una pi'oclama «á 
sus compatriotas y á los hombi'es de liber- 
tad y honor, » que redactó él mismo, que 
corrigió su secretario don Félix Frias y 
que por sus conceptos es uno de los docu- 
mentos mas hermosos que produjo duran- 
te su peregrinación en la República. 

Invocando la solidaridad del pueblo «que 
derrocó en seis horas un trono de tres si- 
glos, » Lavalle decía estas palabras que 
ojalá hubiesen sido carne del corazón de 
todos los que, aspirando á convertirlos en 
hechos, no encontraban otro medio para 
realizarlo que el de destruirse los unos á 
los otros: «...vengo á vQCAhiv mi fé polí- 
tica del pueblo. No traigo recuerdos : he 
arrojado mis tradiciones', yo no quiero opi- 
niones que no pertenezcan á la nación en- 



— 149 — 

tora. Federal ú uiiilario seré lo que me im- 
ponga el pueblo. No traigo á la República 
Argentina otros colores que los que ella me 
encargó de defender en Maypú, Pichincha 
é Ituzaingü, solo traigo una causa, la Na- 
rión. 80I0 traigo un partido, la Libertad.» 
listas declaraciones eran dignas del lau- 
reado veterano que llevcj triunfante la 
bandera déla independencia argentina por 
los llanos y las montañas de América; y 
habrían resaltado más hermosas todavía, 
si á ellas se hubiera circunscrito su procla- 
ma á los pueblos. Pero ](js impulsos gene- 
rosos del patriota cedían ante las exigencias 
calculadas y egoístas del representante 
armado del partido. Como tal, Lavalle era 
el centro de las pasiones, la expresión de 
los odios de su partido, no porque él esti- 
mulara las unas 6 az.uzara las otras, sino 
porque llevó su abnegación hasta el punto 
de prescindir completamente de su perso- 
nalidad para identificarse con las miras y 
con las tendencias de sus consejeros y de 
sus allegados, que fueron quienes realmen. 
te dirigieron todos sus actos públicos, sin 
perjuiciode aceptar él solo la responsabili- 
dad de todos estos. 



— 150 — 

As^í, on el cuerpo de pi-ockin^i de Liivíille 
se dibujan clni'amenteesas pasiones y esos 
odios, esas miras y tendencias, que empa" 
lidecen y desautorizan !as dcclai'aciones 
con que lo encabeza. Por sus téiminos. 
por los desahogos insultantes, por el perso- 
nalismo estrecho, pei'lenece á la literatura 
de esa época aciaga, y en nada se distingue 
de las pioclamas que expedían Mchagüe^ 
í,(')pez. O ribe. Rivera ('> Pacheco. A los hom" 
bres de color y de casta le dice: «Os bi-indo 
un rango en mis filas para peleai' contra el 
salvaje que os asesina y os veilde, so pre 
texto hipócrita, deamigo délos pobres» — 
sabiendo como sabía que las masas del 
pueblo eran las mas adictas á la Federación 
y á Rosas, y que los hechos desmentían lo 
que afirmaba sin necesidad y, lo que ei'a 
peor, para que se explotase en contra suya. 
— A los habitantes de la campaña, entre 
quienes conservaba Rosas presligios in- 
contrastables, los hería en sus sentimien- 
tos, y proporcionaba una ocasión para que 
dudasen de él, diciéndoles: «Yo soy más 
sincci'oy leal partidario de vosotros, que 
no lo ha sidojamás ese malvado que por 
tantos años os ha estado mintiendo, opri- 



— 151 — 

miciido y süqueand(i. Habéis sido engaña- 
dos: os compadezco. Yo vengo á traeros la 
libertad.» 

Y como se hubiera calculado producir 
iiial efecto en todos los ánimos, Lavalle les 
dice á los hombres del comercio y de la in • 
duslria cuyas principales firmas habían 
sascrito el empréstito voluntario que hi- 
cieron á Rosas para subvenir á las dificul- 
tades del bloqueo, al mismo tiempo que el 
alto comercio inglés representaba á la Cá- 
mara de los Comunes sobre los enormes 
perjuicios que ocasionaban los -ser^ems ¡yi-o- 
redimir/ntos del gobierno deFran(ña contra 
la Confederaci<')n Argentina: «Vosotros 
también sois invitados á pelear contra un 
poder que ha cei-rado las pucitas, ari'uina- 
do el comercio y aniquilado el movimiento 
de la nación. 

Y en Gualeguaychii expidió Lavalle dos 
nuevas pi-oclamas en bis que invitaba á los 
entrénanos y correntines á engrosar sus 
filas y i'i gritar; viva el gobierno rrpvbUca- 
tio. repi eseutatiro, federal! 



152 



Lavalle y €liilavert 

La autoridad de Lavalle empezaba á pe- 
sar demasiado en las poblaciones de Cor- 
rientes y muy priucipabiiente en Goya y 
Esquina, cuyas autoridades recurrieron de 
ello al gobernador Ferré, que era una som- 
bra de poder. Las tropas del ejército Li- 
bei'tador. alentadas con la condescenden- 
cia de su general en jefe que era el único 
vínculo de obediencia que reconocían, al 
favor de una indisciplina que se hizo des- 
pués crónica, se entregaban á desórdenes 
que nadie sino el general Lavalle podía 
reprimir por que el coronel Cliilavert se 
encontraba coartado ;i cada paso, y ejer- 
cían sobre la propiedad privada graves abu- 
sos que desdecían completamente de los 
principios de la cruzada de redención que 
proclamaba la revolución. Juzgúese por es- 
tas líneas que le escribía un jefe del ejército 

libertador al doctor Francisco Pico:« le 

agregaré que el ejército libertador va á 
asolar este país. Rodeos enteros desapare- 
cen por el desorden con que se carnea. A 
ios Molinas, padre é hijo, les carnearon 



— 153 — 

2200 reses en seis diasü Nada se respeta: 
las manadas de yeguas, las crías de muías 
se destrozan para hacer botas. . .» Con los 
antecedentes que mediaban, y siguiend(3 
por semejante camino, las cosas habr-ían 
tomado un aspecto gravísimo si Lavalle no 
hubiera desalojado esa provincia. 

Lavalle ordenó á Chilavert que adelantá- 
is la mai'cha con las legiones Videla, Tor- 
res y Esteche, seguido de las divisiones 
López y Salvadores, y él cerró por la costa 
del Ui'uguay al frente de la división Yegñ y 
legión Rico. El 3 de Marzo llegaron al ar- 
i'oyo de la Mota, y el 4, Lavalle se preparó 
<i pasar el Mandisoví Chico, como en 
efecto lo verificó sin ser molestado, esta- 
bleciendo su cuartel general en el Yeruá, á 
inmediaciones de donde tuvo lugar el en- 
i3uentro con las fuerzas del gobernador 
Zapata, y Chiiavoi't recüjí»') la ('yrden de si- 
tuarse en la Concordia para organizar allí 
los elementos de resistencia, y cuando em- 
pezaba á desempeñar su comisión co:i la 
autoridad y la firmeza peculiares en él, 
recibii^ una carta de Lavalle en la que éste 
16 increpaba en términos severísimos fal- 
tas graves en su servicio. 



— 154 — 

« He sabido con el más sensible desagra- 
do que usted se ha llevado la compañía de 
tiradores del escuadrón Mctoria sin avi- 
sarme, debiendo usted haber llevado solo 
25 hombres; de modo que ignorando esta 
circunstancia njandé avanzar ayer los es- 
cuadrones Victoria y Maza que en estos 
momentos están por decidir ó habrán de- 
cidido un combate conti-a fuerzas superio- 
res cuando yo juzgaba que era iguales. 
Esta falta de una naturaleza tan grave no 
la he sabido hasta este momento (Marzo 14 
á las 12 del dia ) por el mayor Soto, que re- 
gr-esaba de aquellos escuadrones á donde 
había ido con (jrdenes mias. Antes de l<is8 
de la noche lo esperón usted aquí con toda 
esa fuerza. » 

Lo peor del caso no era la dureza de los 
términos, á que tan habituados estaban 
algunos de los jefes de Lavalle. sino la ma- 
nifiesta injusticia con que se vertían, la li- 
jereza imperdonable del proceder para con 
el jefe de Estado Mayor encargado en esos 
momentos de una misión importante. 
Porque no es exacto que Chilavert se hu- 
biese llevado á los efectos de su comisión la 
compañía de tiradores á que se refería 



\ - 155 - 

Lavalle, sitió 25 hombres, todos lanceros, 
mandados por el capitán Zalazar. Si algo 
revelaba esa carta á Chilavert. como ú 
cualquier otro militar de menos rango y 
con monos méi'itos y servicios, era la mala 
voluntad que lo profesaba el general en 
ge fe, en la cual so inspiraba para herirlo en 
su dignidad hasta en ocas¡()n del chisme 
trasmitido por un inferior, dando a enten- 
der con esos actos (que se sucedían dema- 
siado para que el ejército dejara de aperci- 
birse de ello) que no necesitaba de los ser- 
vicios del jefe así expuesto á vejaciones 
inmerecidas. 

Había enti'olos amigos de Lavalle el pro- 
pósito deliberado de prescindir completa- 
.mente de Chilavert. más.uni. de inutilizar- 
lo; y éste Cf^ntribuía á ello haciendo gala de 
una independencia singulai* para justificar 
á esos auiigiis que compií imetían los resul- 
tados constituyéndose cw .irbitros de todo. 
sin admitir (>bsorvaci<')!i ni léplica de na- 
die. Chilavert alean/aba to.io esto y había 
devorado los vejámenes que le inflri.'iel 
gener<;l í,av;dlo inlluenciado por sus con- 
cejei'os áulicos. L'ua amistad antigua y mu 
chas veces probada acalló las querellas de 



— 156 — / 

ambos jefes, pero llegó el momento en que 
Ghilavert tuvo que volver por su dignidad 
ultrajada, y vio que no le quedaba más ca- 
^nino que separarse del ejército por no ver- 
se obligado a contener con sus armas á 
Lavalle, como lo hizo en las vísperas de 
Ituzaingócon Paz, Lavallcja y demás jefes 
que conspiraban contra el mando militar 
de Al vea r. 

Luego que meditó su resolución, acep- 
tando desde luego las críticas acerbas que 
le hacían y que llegaron hasta el punto de 
decir que había deseriado del ejército Li- 
bertador. Chilavert ledirijióá Lavalle una 
carta en la que se revela el temple varonil 
de su espíritu y la generosidad del senti- 
miento que lo guia. Después de levantar 
con los hechos las faltas que sin razón le 
increpaba Lavalle, dice Chilavert: «Hace 
mucho tiempo, señor general, que debía 
renunciar el puesto que ocupo en el ejér- 
cito, no purque neme sienta capaz de de- 
sempeñarlo, sino porque A". E. no com- 
prende lo que es el jefe del 1-^. M. de un ejér- 
cito, ni menos ha comprendido el modo de 
manejarme <á mi, de donde resulta que el 
señor general atropella las atribuciones 



— 157 — 

del E. M. quiere hacerlo todo, y todo lo de- 
sordena, y no hace nada. Yo. señor gene- 
i-al. no sé andar más que un camino, el del 
honor; en él hago los mayores esfuerzos 
paracumplii- con mi deber y puedo lison- 
jearme de haber servido con distinción 
siempre, aiín en lascircunst.mcias másdi- 
fíciles. A mí, general, la fuerza y el rigor 
no me vencen: solo la razón y la justicia 
tienen poder sobre la enérgica indepen- 
dencia de mi alma. El señor general no 
sabe mandar sinn de un modo absoluto y 
yo no sé obedecer sino razonablemente. 
Por esta razón ni el señor general puede 
mandarme, ni yo puedo obedecerlo ; y en 
semejante caso (. qué hacer:' Dejar el puesto 
como loabandono desde ahora, retirándo- 
me á curarme al seno de mi familia que se 
halla enferma y llena de miseria. Quiera, 
general, persuadirse que esta mi resolu- 
ción no disminuirá en nada el respeto y 
amistad que tengo por su persona, amistad 
contraída en cuatro años de una desgracia 
común, durante cuyo tiempo he sido hon- 
rado con su confianza; pero es necesario 
separarnos para conservar e.sa misma 
amistad que tanto estimo.» 



— 158 — 



El gobierno «le Rosas en el extranjero 

Dos años hacía que ci^n la proteccitjn y 
ayuda material de la Francia se mante- 
nía en el litoral argentino la revolución 
armada contra el gobierno de Rosas, sin 
que ni el genei'al Lavalle al frente de sus 
partidarios decididos, ni el general Rivera 
al frente de otro ejército y de grandes re- 
cursos; ni los agentes franceses c<^n una 
escuadra poderosísima en nuestros rios 
interiores: ni la Comisión A i-gcufiíic. mo- 
viendo hábilmente los hilos de su diplo- 
macia, consiguieran las ventajas que se 
prometieron al celebrar esta triple alian- 
za con el objeto de dei-i-ocar á ese gober- 
nante, conti'a el cual pi'omovían de consu- 
no reacci(^ne.s y dificultades interiores y 
exteriores capaces de dar en tierra con 
cualquier otro que no hubiera pulsado el 
sentimiento que campeaba en e¡ país que 
presidia, como lo había pulsado liosas al 
resolverse .'i arrostrar á muerte la partida 
con sus enemigos : no ya por conservarse 



— 159 — 

en el Gobierno como se pudo alegar al 
principio, cuando la lucha fué entre argen- 
tinos solamente, sino por salvar los dere- 
chos de la soberanía argentina, como los 
salvó en efecto, demostrando prácticamen- 
te veinticinco años antes que México la im- 
posibilidad de la recoloriizac¡(')n déla Amé- 
rica por Vas g rdiules. poicnciiis europeas. 

Estos resíultados negativos para esa re- 
voluciíjn larga y sangrienta robustecían la 
acción de Rosas en el interior: y por el 
mismo ecliecpie que sufría la Francia como 
parte en lacontienda. después de las con- 
quistas de fuerza que había llevado á cabo 
desde 1S.':I7 en Argelia. Méjico, Chile. Ecua- 
dor y el Estado Oi'ieiital, la firmeza y el 
nombre de Rosas llamaban justamente la 
atención del mundo político europeo. Los 
diplomáticos, los parlamentos y la prensa 
de Europa, principalmente, se dedicaron á 
estudiar nuestras cuestiones pendientes 
con Frdncia, y al pronunciarse en favor de 
la Confederación Argentina, levantando á 
Rosas á una altura á que no creyó llegar 
amas, fué porque pensaron los más que. 
condenando los avances délas grandes po- 
tencias sobre las débiles era como única- 



— 160 - 

mente podían prosperní* con el tiempo los 
grandes intereses que vincularían á esas 
naciones viejas con estas naciones nuevas. 
— Foresto es, que Sarmiento dice en su 
Facnndo, con lealtad que le honra altamen- 
te: «A Rosas le debe la República Argentina 
en estos últimos años haber llenado de su 
nombre, de sus luchas y de la discusión 
de sus intereses al mundo civilizado, y 
puéstola en contacto más inmediata con 
la Europa, forzando á sus sabios y á sus po- 
líticos ácontraerse á estudiar este mundo 
trasatlántico.» 

En Inglaterra y en Estados-Unidos, la 
cuestión del Rio de la Plata mereció una 
atención especial ; y los hombres mas emi- 
nentes como los diarios más serios y más 
acreditados hiciei'on declaraciones termi- 
nantes en favor de la ñrme dignidad con 
que Rosas sostenía los derechos de la Con- 
federaci(')n Argentina. — A últimos de 1839 
l^'y-f\ Palmerston manifestó al ministro 
argentino don Manuel Moreno que era ne- 
cesario concluir con el estado de cosas del 
Plata; y El Times de Londres se hacía car- 
go de esa manifestación abundando en 
conceptos honrosos para el gobierno ar- 



— 161 — 

gentino, y recordando los que había vorti- 
d(^ el visconde Strangford en la sesión del 
16 de Julio de 1839 en la Cámara de los Lo- 
res, cuando caliílcó en términos severos 
las agresionesdela Francia en Buenos Ai- 
res. 

Estas mismas ideas favoraljles á la Con- 
federación Argentina y al general Rosas 
dominaban entre los agentes diplomáticos 
de las grandes potencias acreditadas cerca 
del gobierr.o de los Estados Unidos. — 
l']n un banquete que dii'> allí el barón 
Marechal. enviado ex!raordinai-io del em- 
perador de Austria, y al que asistieron 
el Cuerpo Diplomático , secretarios de 
Estado y.muclios senadoi-es, el caballero 
Bodisco, ministro plenip(jtenciario del em- 
perador de Rusia, se dirigió al de la Con- 
federación Argentina, que lo era el gene- 
ral Al vea r y le dijo : 

— General, vengo de decir al secretario 
de Estado y ¡i estos señores (refli'iéndose 
á vai'ios senadores) que es sensible y sin- 
gular la conducta que observan con el país 
de usted dejándolo oprimir y ultrajar por 
la Francia prevalida de su inmenso poder 
marítimo. — Que yo soy imparcial en esta 



— 162 — 

cuestión, pero que mi emperadoi' y toclus 
los rusos somos amigos de esa República 
y vemos con dolor que desciende de la 
posici()n que debía tomar. 

El general Alvear dio al caballero Bo- 
disco precisas informaciones respecto de 
la cuestión francesa ; y media hora des- 
pués, jugando el mismo caballero á las 
cartas con los ministros de Inglaterra y 
Svecia, le dijo en alta voz al ministro ar- 
gentino refiriéndose al inglés : 

— Sabe usted cómo me trata el señor 
Fox :' Aquí me tiene oprimido' y bloque- 
ado con la misma injusticia con que tratan 
á ustedes ios franceses ; pero yo firme me 
bato y resisto. 

Pocos dias después el mismo general 
Alvear comunicaba á su gubierno que en 
un banquete que dio el mismo ministro de 
Rusia al cuerpo diplomático, secretarios 
de Estado, etc., el señor Bodisco lo llamó 
en alta voz, tomó una copa y brindó por el 
general Rosas. Que este incidente llamó 
mucho la atención, pues la práctica allí esta, 
blecida en reuniones de ese género era no 
brindar por gobierno ni persona alguna: 
rozón por la cual varios miembros del 



— 1()3 — 

cucM'po dipl< imático se Iciipi-oximaron des- 
pués del banquete y lo fclicitai'on por las 
estrechisimas relaciones que existían entre 
Rusia y la Confederación Argentina. 

Después de esto no era extraño que «El 
Noticioso de Ambos ^^lundos», de Nueva 
Vnrk. reproduciendo los conceptos de la 
l.'ni(')n Americana referentes á nuestra cues- 
ti(')n con la F'i-ancia, dijera lo siguiente: 

'(Hemos visto al gobierno de Montevideo 
dai" favor y ayuda á los injustos agresores^ 
lo mismo que á los descontentos de Buenos 

Aires refujiados allí En medio de 

esto, un liéroe vemos brillar: ese héroe es 
el presidente de Buenos Aires, el genera! 
Rosas. Llámenle en hora buena tirano sus 
enemigos: ll.-imenle déspota, nada nos 
impíM'ta de todo esto: el es patriota, tie- 
ne firmeza, tiene valor, tiene enerjía. tiene 
carácter y no sufre la humillaei('>n de su 
patria.» 

El Arai'cauo de Santiago de Cliile. El 
Trilnnio de B<)got<i, etc.. emitían análogos 
conceptos favorables al general Rosas. 

«He tenido dos ocasiones, escribía á Ro- 
sas el presidente del Perú, de admirai' la 
<-onslancia v t^l vigor de usted en medio do 



— 16 i — 

los conñictos interiores de que ha estado 
rodeada su administración, son estas las 
dé sus esfuerzos contra Santa Cruz, y ahora 
la nobleza de su conducta en la guerra con 
los franceses. Mucho se deben prometer 
la República Argentina y la América ente- 
ra de hombres como ^'d. de que en verdad 
necesita algunos.» El general Bulnes, pre- 
sidente de Chile, lo felicitaba igualmente á 
Rosas por la ílrmeza (-le su conducta. — (d^l 
bloqueo de Buenos Aires es un negocio 
importante para el Brasil, decía el diputado 
Montezuma en el Parlamento de Rio Janei- 
ro; es digno de la admiración del mundo 
ver un hombre, jefe de una nación, defen- 
derse valiente y denodado contra el poder 
de una nación que ha venido á América á 
insultará los americanos (bravos, aplausos) 
y disputar palmo á palmo los principios de 
la independencia nacional. Y no simpati- 
zaré con el denuedo de este jefe?» — «¿y 
quien no simpatizará?» respondía el dipu- 
tado Andrade Machado, entre nuevos 
aplausos. 

Por estas referencias en lasque se podría 
abundar poniendo á contribución los dia- 
rios y papeles extranjeros de la época, se 



— 10.") — 

vé que el mundo civilizado estaba del lado 
del gobierno argentino. Y esto mismo lo 
corroboraban en las cámaras francesas los 
diputados Lagrande, Remusat, Pelel de la 
Lozere, declarando además que los agentes 
franceses en el Plata habían sido arrastra- 
dos por los enemigos políticos del general 
Rosas á extremos perjudiciales y gravosos 
para los intereses políticos y comerciales- 
de la Francia. 

Y las declaraciones de los diputados 
franceses eran pálidas comparadas con las 
de la Cancillería francesa á sus agentes en 
el Plata. Existe entre esos documentos un 
notable por sus conceptos y por su alcance, 
el cual á la vez que funda acabadamente la 
opinión de las naciones en favor de la jus- 
ticia y de la firme dignidad con que Rosas 
defendía los derechos de la Confederación 
Argentina, pone de relieve este hecho 
inaudito del punto de vista del honor na- 
cional, es á saber: — que la conducta de los 
agentes franceses en el Plata y agresiones 
injustas que llevaron á cabo sobre Buenos 
Aires, como las preparaban en mayor esca- 
la á fines de 1830, fueron debidas á sujes- 
tiones hábiles, á los esfuerzos constantes 



— 1G6 — 

-de los emigrados ;ii-gentiiios en el Estado 
Oriental. 



I^a hacienda pública 

l'^n medio de la gueri'a civil encendida 
por los unitarius eran insuperables las 
diflcultades financieras, que databan del 
bloqueo francés, que se dejaban sentir con 
mayor fuerza á medida que aumentaban 
jos gastos de esa guerra; los cuales eran 
sufragados en su casi totalidad con las so- 
las entradas de la provincia de Buenos 
Aires. Estas entradas no bastaban para 
Ilenai- dicbas necesidades, con ser que en 
1840 excedieron en 9 millones á las de 1839, 
pues alcanzaron ;'i 35 millones pr(')xima- 
mente y que para 1841 se calculaba todavía 
un exceso sobi-e esta última suma. — Pero 
ia deuda particular exijible que en 1839 
importaba $ 3.843.087:73 4 se elevó en 18 iO 
;'i pesos 15..552.824:3 4; y el déficit, de pesos 
14.313.521:51 2 se elevó á$ 14.081.551:11/2. 

— VA servicio de la deuda interna se bacía 
<xm toda puntualidad; y en cuanto á la 
deuda exterioi" el gobierno no podía menos 



— 1G7 — 

que niunifcstar á In legislatura que «no 
olvidaba sus compromisos con el emprés- 
tito ríe Inglaterra. — Circunstancias notorias 
é invencibles han retardado se verifif(ue un 
arreglo quenoofrezca dudas sobre el cum- 
plimiento en el pago de él ». 

Solo la incontrastable pei'severancia de 
Rosas y el rigoroso sistema que implantó 
para la buena administración de los dine- 
ros públicos, pudieron impedir que el país 
se precipitase en la más espantosa banca- 
rota. — Porque á ese respecto no puede 
haber racionalmente dos opiniones, como 
ya he tenido ocasión de afirmarlo. — Entre 
todos los gobiernos que se han sucedido 
en la República Argentina hasta estos 
dias, no ha habido uno que haya admi- 
nistrado los dineros públicos con mayor 
control, rectitud y pureza que el gobierno 
de Rosas, sin excluir el de Rivadavia, que 
fué un modelo de buena administración. 
= Propiamente, y por más que asombre 
á los especulativos idólatras de la tradi- 
ción de odio, Rosas fué en la buena admi- 
nistración de la renta pi'iblica el gran con- 
tinuador de Rivadavia. el único que lo 
sobrepasó quizá en este sentido; pues- 



— 168 — 

sobre los principios y reglas que estable- 
ció ese ilustre estadista, Rosas puso en 
práctica y conservó durante dieciocho 
años consecutivos todo un sistema de ad- 
ministración, que, así por su sencillez 
como por el método riguroso al cual es- 
taba subordinado y la calidad de las per- 
sonas encargadas de conducirlo, ofrecía 
positivas garantías y proporcionaba al 
último hombre del común el medio fácil 
de conocer la verdad acerca de la recep- 
ción, distribución é inversión de todos los 
ingresos que formaban el tesoro público. 
— Tal escrupulosidad y tal exactitud fue- 
ron siempre geniales de Rosas, así en lo 
tocante á sus cuantiosos bienes que adqui- 
rió con su trabajo personal (1) como á 
los bienes públicos, de cuya buena admi- 



(1) Cuando terminó la sociedncl Rosas y Terrero 
<183t)j la fortuna de D. Juan Manuel de Rosas era 
ya considerable, mas considerable que In de los se- 
ñores Anchorena, á juzgar por un estado del pago 
de la Contribución Directa pues e<lá publicada en 
La Gaceta Mercantil de mediados de 1830, y en 
«I cual aparecen los últimos pagando una cuota de 
12 mil y pico de pesos, mientras que la pagada por 
aquel alcanza á 13 mil y pico de aquella moneda. 
Según consta de los recibos de pago de Contribución 
Directa, que originales he tenido ;i la vista, y que 



— 169 — 

iiistración sccoiistituyú respoiis;iblc, bla- 
sonando de ello hasta el fin de sus dias : 
pues es sabido que cuando tomó posesión 
del mando declart) — y lo recordó repeti- 
das veces á la legislatura — que la snma 
(Id poder pi''bIico con que ésta lo había 
investido no excluía ni podía excluir en 
su sentir su responsabilidad por el buen 
manejo é inversión de los caudales pií- 
blicos. 

Desde luego, el movimiento controlado, 
de la Contaduría, Receploría y Tesorería 
General, sujeto por la propia concurrencia 



están en poder de don Máximo Terrero, yerno del 
general Rosas, ésle pagó en los años 1840 y 1842 
próximamente esa suma de 13 mil pes^s por el im- 
puesto de Contribución Directa, sobre sus bienes- 
propios, e.rcepi-iónliccha de los de su esposa doña 
?]ncarnación ÍCzcurra que pasaron ó sus dos hijos 
don Juan Bautista y doña Manuela. 

Los recibos á que me reíieru comprenden fincas 
en la ciudad, quintas, campos y ganados, y suman 
las siguientes cantidades— avaluados los bienes rai- 
ces á razón de 2% y los seniovientes ú 4%: 

Fincas en la ciudad $ 4ÍXJ.00O $ 800 

Quintas-Palermo « 5(0.000 « l.OOO 

Campos- Matanzas. Montes, 

Las Flores , « 886.000 « 1.77^ 

Ganadosde toda especie..... « 2. 37á. 000 « 9.188 

t 13.060 



— 170 — 

■de las operaciones de detalle y poi- la pu- 
blicidad diaria de estas últi mas, á una exac- 
titud que no podía violarse impunemente. 
Pero sobre toda la publicidad, la amplia 
publicidad de las cuentas del Estado, que 
•constituye uno de los principales deberes 
de todo gobierno regular, como que es una 
regla esencial y un signo visible de buena 
administración, y á la cual dio Rosas la 
mayor ostensión que se podía desear para 
•que ni al más humilde le quedarán dudas 
acerca de su honradez y moi'alidad admi- 
nistrativa, y contestan lo con estos pro- 



Rosas siguió pagando esla suma los años subsi- 
guientes, á pesar de la ley de 25 de Marzo de 1841 
•que lo eximiii del pago de impuestos: por manera 
<{ue su forluna, ú pesar de no recibir de éi los cui- 
dados r|ue otrora le consagró, era mayor que la de 
los Anchorena. Ahora bien, los señores Anchore- 
na, propietarios desde entonces de fincas en la ciu- 
-dad y de los campes del Sud, que el mismo Ros; s 
les compró, poblándoles y administrándoles cuatro 
grandes estancias durante varios años, han aumen- 
tado consiflei-ablemente su fortuna principalmente 
á favor del incremento prodigio-^o (|ue ha venido 
tomando la propiedad raíz en estos últimos años, y 
<\\\e ha llegado al punto de que 1-ts propiedades tic 
bañas que se ofi'ccian por bO mil pesos hánse ve^'- 
iVuin y i-e venden á 300 mil y m^is palarones; y la 
legua de campo en c! Monte, Las Flores y demáa 
partidas del Sud apenas valinii 8(X) duros. t'S bus- 
•cada hoy y pagada <i razotí do 00 mil y mas pala- 



— 171 — 

cedcres á sus enemigos [políticos que le- 
llamaban ladi'ón públicü — única imputa- 
ción que lo mortificó en su destierro de 
Inglaterra. Así, en cualquier número que 
se tome de la Gaceta Mercantil se encon- 
trará partida por partida, y con una pi'eci 
sión y claridad que exceden de escrúpulo' 
el estado diario de la Tesorería General, de 
la Receptoría y el informe de la contaduría 
sobre cada una de las cuentas que exami- 
naba; y en la misma Gacetas en el Registro' 
oficicd e\ estado mensual de la circulación 
de billetes de Tesorería; el balance de le- 
tras de Receptoi-ía: el recuento practicado- 

cones. Uno de lus señores Anchorena (Don Nicolús 
testó al morir (188i) cerca de doce niihones de du- 
ro-. Si en 184U Rusas lema mayor capilal que ios 
señores Anchorena, y si cuarenta y ciico años des- 
pués el liijo de uno de ellos tesla 12 niiliones de du- 
ros, es dable asignarle ¡gu<il nionlu en la aclualidad 
á la fortuna que perleneció á aquel y que confiscó el 
gobierno de Buenos Aires «para responder con ella 
á los perjuicios que sul'rieron los particulares, bajo 
el gobierno despótico.» Son doce y mas millones 
arrojados por el odio y la venganza política en 
el fondo de una caja clva llavi-, se ha perdido, 
asi para el pueblo que no los ha visto figurar 
tiasla ahora en las cuentas del Estado, en tiem- 
po de los gobiernos que los pubUcam.os. como pa- 
ra LOS PARTICULARES DAMNIFICADOS (jUE HASTA AHO- 
RA SE HAN PRESENTADO Á RtCLAMAR LOS PERJUICIOS Á> 
^UE SE REFERÍA LA LEV DE CONFISCACIÓN. 



— 172 — 

de cada uno de los billetes y letras exis- 
tentes, conformes con los cargos de Conta- 
duría; la cantidad de billetes en circulación 
de la casa de moneda; las entradas y sali- 
das de la caja de depósito; el estado de los 
fondos públicos; el de la deuda, clasificada 
■etc. — por manera que todas las reparticio- 
nes y oficinas de la administración estaban 
como abiertas de par en par á la mirada y 
íil conocimiento del público, aún por lo 
que hacía á ciertos detalles sobre la inver- 
sión de los fondos votados anualmente pa- 
ra las eventualidades de la administración, 
que callan por lo general nuestros gobier- 
nos, pero que Rosas hacía publicar con 
todas S.ÜS señales, para que ni con este 
motivo ni con ningún otro alguien pudiera 
hacer cargo de lo que él no tenía mayor in- 
terés en ocultar. 

Agregúese que al frente de las principales 
reparticiones administrativas, Rosas tuvo 
€l raro mérito de colocar y conservar hom- 
bres espectables por su honorabilidad, ca- 
pacidad y posición social, como D. Bernabé 
Escalada, Miguel A. Gutiérrez, Narciso 
Martínez, Juan Alsina, Miguel de Riglos, 
Daniel Gowland, Juan de Victórica, Joa- 



— 173 — 

quin deRezábal, Laureano Rufino, Manuel 
Blanco González, en la casa de moneda 
(Banco de la Provincia), don Juon Bautista 
Peña, Juan J. Alsina, Bonifacio Huei'go. Si- 
món Mier, Andrés Hañez de Luca, en el Cré- 
dito Público; Juan Antonio de Albarracin, 
Pedro G. Pereyra, Felipe de Ezcurra, Juan 
G. Urquiza, V.c'orino Fuentes en la Conta- 
duría Receptoría y Tesorería General, y se 
comprenderá como lasgaran tías que ofrecía 
la administi-ación de los caudales del osla- 
do estaban suficientemente aseguradas con 
la confianza del público, aún en medio de 
las dificultades á que me lie referido mas 
arriba. — Con sobrada raztni podía, pues, 
decir Rosas ensusmensajes de 18í0y 1841, 
por el órgano del gobernadoi- delegado, y 
con motivo de haber reiteradamente mani- 
festado á la Legislatura que designase la 
persona que debía sustituirlo on el mand(D: 
«Tengo la satisfacción de dejaros estable- 
cido un sistema de contabilidad del que 
surgen resultados de un valor inestimable 
para la moral éinterés del Estado. Sin la 
cooperación activa de recomendables vir- 
tudes empleadas no habría podido practi- 
car el gobierno, á costa deinmensaslai-cas 



— 174 — 

y en una época agitada, un l^ien que tanto 

necesitara la patria L-as cuentas de la 

provincia presentan por su publicidad la 
prueba exacta de la fiel inversión de las 
rentas públicas. El gobici'no se honra en 
elevaros las correspondientes en l<S-iO. Que- 
dan sometidas á vuestro examen. Fallad 
H. H. R. R. porque en este punto, os lo re- 
pite el gobierno encarecidamente, jamás 
se considei'ará investido con la suma del 
poder público el gobierno de la provincia.» 



Ln niáqiiinn inrernal 

A fines de Marzo de 18íl el señor Leo- 
nai'do de Souza Acevedo Leite, cónsul 
general de Portugal en Montevideo, y par- 
ticular amigo de Rosas, recibió del minis- 
tro de ese gobierno en Dinamarca una nota 
en laque le pedía se sirviese entregar al 
general Rosas una caja con medallas y un 
oficio lacrado dentro el cuál iba la llave de 
la caja, todo lo que se le adjuntaba y que 
dedicaba á dicho general la Sociedad de 
Anticuarlos del Norte. El señor Acevedo 
Leite, aprovechando la primera oportuni- 



— 175 — 

dad qaclc presentó la partida del almiran- 
te Dupotet para Buenos Aires, remiti(') por 
medio Mr. Bazainc, edecín do ésto i'ilti- 
mo, la caja y el oficio con más una nota 
suya a! general Rosas — Mi'. Bazainc en- 
tregó todo ello en manos de la señorita 
Manuela de Rosas, y esta se dirigi(') inme- 
diatamenteá mostrarlo al gobernador, su 
padre. 

Rosas trabajaba inclinado sobre una 
mesa, en su misma alcoba, y le dijo (|ue de- 
jase el presente encima de la cama, la cu;U 
venía á quedar á sus espaldas, y á una va- 
ra del asiento que ocupaba, dando el fren- 
te á la puerta que servía de entrada <á esa 
habitación. Como la soñoi'ita de Ixosas 
permaneciese allí contra su coslumbi'e ;i 
esas horas, en que á no ser por grande 
urgencia, solamente los oficiales del des- 
pacho interrumpían la ruda labor que 
se imponía el gobernador, éste la in- 
quirió con la mirada y ella se vio obligada 
á retirarse, poseída de esa curiosidad de 
niña que hace recorrer sril)ilamente j» la 
imaginación la escala de las conjeturas 
múltiples, de las inquietudes va^as, hasta 
délos temores inexplicables: como me lo 



— 176 — 

manifestaba tan noble dama cuando me 
favorecía departiendo conmigo en Londres 
sobre este y otros sucesos de esa época. 

A la caída de la tarde volvió Manuela de 
Rosas. Su padre trabajaba todavía. Pro- 
bablemente no se liabía movido de la silla 
desde medie dia en que lo vio. La caja 
estaba en el mismo sitio, y los oficios cer- 
rados, como ella los dejó. . . ¿. Podía saberlo 
ella acaso? Aquello ei-a como la estatua 
de Diana en el templo de Táurida. Ores- 
tes sería aquí cualquiera que la tocase. 
Tocarla era morir. Siquiera en el di-ama 
de Eurípides, realzado porGd'lhe, lo con- 
siguió felizmente el amor sublime de In- 
genia triunfante sobi'c el corazón del sal- 
vaje rey Thoas. 

Aquí se trataba de un drama de sangre, 
en el que no campeaban mas sentimien- 
tos que el odio y la venganza. 

Rosas supuso que su hija, como siempre 
solícita, venía á invitarlo á comer. Pero 
como permaneciese allí apesar de que él 
seguía escribiendo, y de que no colocaba 
el tintero sobre el montón de notas, esta- 
dos, cuentas y borradores que atestaban 
su mesa, — que era así como significaba 



— 177 — 

la interiLipción de su labor hasta otro 
momento — dedujo que su hija deseaba 
algo mas. 

— Vea, niña; la dijo, — usted tiene mu- 
cha curiosidad de ver esa caja. Llévela, no 
mas, y luego sabré lo que contiene. 

— Hay también unos oficios... obser- 
vóle la señorita de Rosas. 

— Ábralos., niña, ábralos también. 
Manuela de Rosas llevó la caja y los 

oficios á sus habitaciones donde se encon- 
traba la señorita Telesfora Sánchez que 
la acompañaba habitualmente. Rasgó el 
oficio del cónsul Leite, se informó de él 
rápidamente, rasgó en el que venía la 
llave, y entonces no fué ya cuestión mas 
que de unas tijeras para descoser el forro 
del paño blanco de la caja. Pero las visitas 
cuotidianas interrumpieron esta tarea. La 
conversación se prolongó después de la 
comida hasta i-epasada media noche. 

Recien en la mañana siguiente, esto es, 
el 28 de Marzo, la señorita de Rosas, su 
amiga y la sirvienta de confianza. Rosa 
Pintos, atacaron decididamente la apertu- 
ra de la caja. Manuela de Rosas tenía la 
caja sobre sus rodillas, mientras su amiga 



— 178 — 

y la negrita acababan do descoser el fí^iTO. 
Cuando introdujo la llavey la hizo giraren 
la cerradura, la tapa de la caja se levantó 
súbitamente como dos pulgadas, produ- 
ciendo ese ruido seco de un fierro ó gozne 
que se quiebra. La señorita Sánchez creyó 
ver algo como tubos ó cilindros de bronce 
dentro de la caja, y lo propio observó Ma- 
nuela Rosas inclinándose. 

Sin darse cuenta de la realidad, Manuela 
Rosas cerí"('> vivamente la caja, y se dii-igió 
con ella á las habitaciones de su padre, 
que trabajaba en su sitio habitual. Apenas 
le dijo lo ocurrido, Rosas arroj(') la pluma 
con que acababa de hacer algunas correc- 
ciones á varias notas, se puso en pié brus- 
camente y por un movimiento instintivo 
sacó la caja de manos de su hija, y la colo- 
C(') encima de su cama. 

Mn el instante en que Rosas se inclinaba 
para abrir la caja á la que cubría, por decir- 
lo así. con su cabeza y con su pecho, esta- 
ba á sus espaldas, con unos papeles en la 
mano, el oficial de su secretaría, don Pe- 
dro Regalado Rodriguez, quien pudo ver 
saltar con violencia la tapa de la caja y á 
Rosas todavía inclinado sobre su cama. 



— 179 - 

Rodrigue/, girando uii puco m;'is luicia su 
izquiei'dñ. crey»') distinguir dentro de la 
caja como fulminantes ('> pistones, y ade- 
lantándose un paso, dijo: 

— Señor, parece que hay un gatillo. . . 

— Qué diablos de salvajes unitarios! ex- 
clamó Rosas sin cambiar de posición. 

— Pero no observó usted alguna fuerte 
impresión en Rosas, siquiera fuese la de la 
cólera? le preguntaba yo al señor Rodrí- 
guez cuando me hubo refei'idolo que vi(') 
en esta ocasi(3n. 

— 1^1 gobernadoi-, respondióme el señor 
Rodríguez, permaneció impasible un mo- 
mento, después del cual me hizo aproxi- 
mar ala cama. <*\en usted, son dieciseis 
cañones cargados á bala y ligados á los la- 
dos de la caja de modo que explotasen al 
abrirla. Uno solo ba.staba pai'a matar á mi 
hija, siendo así que venía destinado para 
mí, dijo el gobernadoi' volviéndose á su 
hija que rompió á llorar entre sus brszos. 

Un seguida Rosas hizo Ha mar al doctor 
don Felipe Arana, ministro de Relaciones 
l'lxteriores, y después de conferenciar con 
él resolvió comunicar inmediatamente lo 
ocurrido al almirante I)ui)()tet. 



— 180 — 

Véaselo que 5i solicitud mía dice al res- 
pecto la hoy señora Manuela de Rosas de 
Terrero, en carta datada en Londres el 1." 
de Diciembre de 1885: « El almirante Du- 
potet, indignado de que se hubiesen valido 
de su edecán Mr. Bazaine para llevar á ca- 
bo trama tan infame, despachó á éste esa 
misma mañana á Montevideo para tomar 
informes del Sr. Acevedo Leite. Este señor, 
tan ofendido como debía estarlo al conocer 
la explotación de que había sido víctima, 
se vino sin demora á Buenos Aires con Mr. 
Bazaine para dar la debida satisfacción de 
su inocencia. 

((Entre tanto la máquina se llevó á casa 
del señor ministro Arana donde estuvo ex- 
puesta al publico, y el cuerpo diplomático, 
las corporaciones civiles y militares y los 
particulares venían á casa á cumplimentar 
á mi padre. Oh! cuánta demostración de 
simpatía nos dedicaron en esos días tanto 
nuestros compatriotas como los extranje- 
ros!. . . Jamás lo olvidaré.» 

Este asesinato frustrado, tan rebuscado 
como cobarde, no se atenúa ni aun con la 
circunstancia mísera que pudiera alegar 
Bruto y Cassio, por ejemplo, yendo en per- 



— 181 — 

sona á la curia de Pompeyo por su muerte 
o por la vida de César^, y levantando en el 
Capitolio sus espadas ensangrentadas para 
que el pueblo romano viese que acababa 
de recuperar sus derechos. — Y bien se veía 
y palpaba, por otra parte, que el gobierno 
libre no dependía de la vida ó de la nnuerte 
de Rosas, sino de la nación entera que cru- 
zaba una época de descomposición y de 
guerra, en la cual las provincias marcha- 
ban como podían y con quien podían, hacia 
el objetivo trascendental que venían persi- 
guiendo desde 1820 y que recien realizaron 
constitucionalmente en 18()2; y que el par- 
tido menos aparente para asegurar el go- 
bierno libre era el délos unitarios, imbuido 
como estaba en las ideas de 182(3, las cuales 
sublevaban resistencias poderosas en to- 
das las provincias; y en un absolutismo 
tradicional en miras y tendencias que cons- 
piraba virtualmente contra el resultado 
que buscaba; como he tenido ocasión de 
dem(jstrarlo al refei'irme á los trabajos de 
Echevarría, y á la oposición sistemada de 
que fué objeto este hombre ilustre de parte 
de los principales hombres del partido 
unitario. 



— 182 — 

Como tenío que ísucederen un p;iís presa 
de una luclia sin cuartel enti'o dos partidos 
intransijentes, — fuerte en hombres y en 
recursos el federal. — diminuto pero liábil 
y fecundo en expedientes de dudosa mora- 
lidad, el unitario, — y ambos encarnando 
sus aspiraciones en sus i'espet'fivos repre 
sentantes ai-mados,— como era de espe- 
rarse, dado el singular ascendiente político 
de que gozaba Rosas en su calidad de go- 
bernante y de jefe de pai'tido, el asesinato 
frustado á que me he referido puso de ma- 
nifiesto las fuerzas incontrastables con que 
Rosas contaba, y robuslec¡(') más, si cabía, 
su poder y su influencia en toda la Repú- 
blica. — Kl país entero se conmo^'ió con ese 
acontecimiento, y la relaciiui de las ma- 
nifestaciones que le hicieron con tal moti- 
vo formaría un grueso infolio. 



La »oeiedad |>o|>iilar rc.»laiiradora 



Era en Buenos Aires donde concurrían 
las corrientes de la lucha sin cuartel, como 
que era el punto de mira de los dos partidos 
que la sostenían, y se apelaba á medidas 



— 183 — 

cxti-emas. Con fecha 10 de setiembre de 
ISíO el gobierno delegado, autorizado ex- 
presamente por el gobernador propietario 
en uso de la suma del poder público que 
investía expidió un decreto en el que invo- 
cando la necesidad de dar garantías á las 
personas y bienes de los ciudadanos, des- 
pués de la invasión de Lavalle á Buenos 
Aires, y fundándose en que la justicia 
exigía que los estragos y depredaciones 
llevados á cabo por aquel general y su 
ejército, como las erogaciones extraor- 
dinarias del tesoro público, gravitasen 
sobre los bienes de los autores y cóm- 
plices de esas desagracias " los envileci- 
dos salvajes unitarios»; en que después 
de la moderación y clemencia que usó 
el gobierno en 1839 con los unitarios su- 
blevados, nada sería mas funesto que la 
impunidad de esos atentados, cuando los 
mismos los repetían á costa de la fortuna 
de los fedei-ales; (|ue la traición de los uni- 
tarios unidos ;'» los franceses, había co- 
locado H l?t [)rov¡i)cia en circunstancins 
extraoi'dinarias de los ciudes ellos eran 
directamente responsables; y en que para 
ejercicio de la justicia distributiva que el 



— 184 — 

gobierno creía deber administren- en el es- 
tado en que se hallal)a, debía proveerse 
legalmente de medios con que llenar estas 
exigencias, — declaraba especialmente res- 
ponsables ios bienes é inmuebles, derechos 
y acciones pertenecientes á los traidoi-es 
salvajes unitarios á la reparación de los 
quebrantos causados en las fortunas de 
los fleles federales por las hordas del des- 
naturalizado traidor Juan Lavalle, á las 
erogaciones extraordinarias á que se ha 
visto obligado el tesoro público para hacer 
fi'ente ala bái-bara invasión áe esteexeci'a- 
blc asesino y á los premios que el gobierno 
ha acordado en favor del Ejército y de to- 
dos los defensores de la libertad y digni- 
dad de la Confederación Argentina y de la 
América»; y establecía penas discresiona- 
les contra los que dispusieran de sus bie- 
nes con perjuicio de la responsabilidad á 
que quedaban afectos, y contra los escri- 
banos que otorgasen cualquier escritura 
que se refiriera á esos bienes. 

Y para que estas disposiciones fueran 
más efectivas, las autoridades de la ciudad 
y campaña clasificaron á toáoslos unitarios 
que existían en sus respectivas jurisdic- 



— 185 — 

ciuues, especificando cluiI había sido la 
conducta política de cada uno de ellos en 
los últimos sucesos, qué parte había to- 
mado en la invasión del general La valle y 
en los arreos de ganado y depredaciones 
que se habían ejecutado con este motivo, y 
cualquier otro antecedente que sirviera pa- 
ra dará conocer quiénes eran los enemigos 
¡I-reconciliables del gobierno. A esto fué 
á lo que Rivei'a Indarle y otros diaristas 
de Montevideo llamaron las clasificaciones 
de Rosffs, exccpcándolas como era natural y 
teorizando largamente acerca de los infor- 
males recursos de que se valían los tiranos 
para sostener en el poder. Mas natural ha- 
bía sido, sin embargo, que esos diaristas 
no hubiei'an aceptado y defendido años 
antes esa medida siniestra para servirse de 
ella contra sus enemigos políticos, contra 
los mismos que la adoptaron en 1840. 

Porque el hecho real es que lo de las 
clasificaciones no fué invención de Rosas 
ni de los federales; sino de los unitarios 
y del gobierno que presidió Lavalle, des- 
pués del fusilamiento de Borrego. Efecti- 
vamente á principio de 182'J, el Consejo de 
Ministros del general Lavalle, del cuál 



— isí; — 

formaba parte ol general Paz como minis- 
tro de le Guerra, que se veía impotente 
ante la mayoría federal de Buenos Aires 
ideó el medio de clasificar á los principa- 
les miembros de ese partido, y se procedi(') 
á ello valiéndose de las personas que me- 
jor podían conocerlas. Una vez hechas es- 
tas t.'lasiflcaciones, el Gobierno oi'denó la 
prisi(3n de todos ellos, y los que no pu- 
dieron escapar fueion conducidos presos 
á los pontones surtos en el puerto, de don- 
de pasaron poco después á Montevideo. El 
mismo general Paz corrobora este hecho 
y recuerda que merced á sus informes pu- 
do en esa época quedar tranquilo en su 
casa don León Ortiz de Rosas, padre de 
don Juan. Manuel. 

Yá semejanza del proceder en 182'.J, en 
1840 eran los allegados al gobierno, los 
hombres de inñuencia, la policía y cuantos 
estaban comprometidos en la situación, 
los que directa é indirectamente tomaban 
parte en esas clasificaciones que traían 
aparejados los efectos de las rigorosas dis- 
pcsiciones que adoptaba el rencor político. 
El agente principal para mantener este 
sistema de represalias y de guerra á las 



— 187 — 

personas y ;'i las prupicdades, del cuál se ha 
usado y abusado en nuestro país muclio 
después del derrocamiento de Rosas, era 
la Sociedad Popular Rcstatiradnra, com- 
puesta de partidarios fanáticos, de milita- 
res de todas las graduaciones, y de hom- 
bres ventajosamente conocidos en la so- 
ciedad, en la magistratura, en las leti-as y 
en el foro. MUa debió su origen á los suce- 
sos políticos de 1833, y este oiígen fué 
verdaderamente popular. Fué dui'ante d 
gobierno de Balcárcel cuando los federales 
amigos de Rosas, quien se encontraba á 
doscientas leguas de Buenos Aires empe- 
ñado en su expedic¡(')n del desierto, re.soi- 
viei-on agruparse paia contrarrestar la. 
influencia de los lomos- ney ros contra los 
ledei-(d(!s actos. Msta ¿igrupación de hom- 
bres decididos y de acci(')n. tomó paite 
principal en la revoluciiui de los restaura- 
doi'es. y de ar|uí le qtie:l('> el nombi'e de 
Sociedad Popidar Ixcsfun radora. 

(^nando l\osas subi(')al mando en 1835 la 
enconti'ó ya organizada y desde entonces 
hizo acto de presencia en todas las mani- 
festaciones políticas que tuvici'on lugar en 
Aires con el objeto de i'obustecer la aceitan 



— 188 — 

del gobiernij. Esto le valit) naturalmente 
cierta influencia y le atrajo á sí los princi- 
pales hombres. El ser miembro de la So- 
ciedad Popular Restauradora, llegó á con^ 
siderarse algo mas que como una prueba 
de adhesión al partido federal que repre- 
sentaba Rosas, como una distinción acor- 
dada á los méritos y servicios conti'aídos 
por la causa federal. 

Y ahí era de los empeños que se hacían 
valer para ser admitidos como miembros 
de la Sociedad Popular Restauradora, y aún 
para insistirá pesar de haber sufrido uno 
ó mas rechazos, como lo hicieron algunos 
de los pocos que después emigraron á Mon • 
tevideo en calidad de unitarios. 

Rivera Indarte consiguió generalizar la 
idea deque la sociedad Popular Restaura- 
dora era una recua de asesinos y malhecho- 
res que con poncho en brazo y cuchillo en 
mano salían por las calles de Buenos Aires 
á cortar las cabezas de los unitarios. Mu- 
cha gente hubo que lo crey(') así hasta que 
Rosas hizo desmentir la especie oficial- 
mente, nada menos que por los agentes 
diplomáticos acreditados en Buenos Aires. 
Basta recorrer los nombres de los miem- 



— 189 — 

bros de la Sociedad Populai-para que cual- 
quiera persona sensata comprenda que 
Rivera Indarfce, al lanzar esas acusacio- 
nes, no hacía más que explotar uno de 
tantos medios para mantener su propagan- 
da contra Rosas. 

En efecto, cualquier contemporáneo no 
podrá menos que reírse al imaginarse que 
tales fechorías eran perpetradas, con pon- 
cho al brazo y cucliillo en mano, por ciu- 
dadanos lionoi'ables y ventajosamente co- 
locados como dun Simón Pereira, Miguel 
de Riglos, fVntonio Modelell, Martin de 
Iraola, José de Oromí, doctores Eduardo 
Lahitte, Lorenzo y lOustaquio Torres, Ro- 
que Saenz Peña, Cayetano Campana, Lú- 
eas G. Peña, l^usebio Medrano. Saturnino 
L^nzué, Francisco Saenz ^^•diente, A'icente 
Peralta, Juan F. Molina, José M. Boneo, 
Elias Buttler, etc. 

Por lo demás la prensa de Rosas se em- 
peñó en desautorizar del modo mas noto- 
rio las imputaciones de la prensa de Mon- 
tevideo, referentes á la «Sociedad de la Maz- 
horca» como la llamaba Rivera Indarte. 
«La Mazhorca! transcribía La Gaceta Mer- 
cantil de El ArcJiivo Americano, he aquí 



— 190 — 

uiiu palabia que hace bulla entre algunos 
escritores del viejo mundo. De las pren- 
sas impuras de Montevideo pas(') á las de 
líuropa, y fué repetido con horror, sin ser 
entendida. Se estremecían las madres al 
considerar que sus hijos se hallaban en 
Buenos Aires en contacto con ]<i Mazorca, 
preguntaban los amigos con inquietud por 
la suerte de sus compriñeros entregados 
al furor de la Mazorca: recelaban los co- 
merciantes por sus expediciones que ha- 
bían tenido la imprudencia de hacer al Rio 
de la Plata en un momento, en que la ciu- 
dad de Buenos Aires se hallaba bajo el 
yugo de la Mazorca. . . Uno de los mayo- 
res cargos dirigidos contra la administra- 
«•¡ón del general Rosas, ha sido el de ha- 
l)er tolei-ado la existencia de una sociedad 
que se alimentaba del crimen y era el bal" 
don de nuestro siglo. «Qué pensar de un 
hombre, decían sus detractores, que nece- 
sita elai)oyo déla Mazorca para mantener- 
se en el mando, y qué responsabilidad 
puede tener un gobierno que llama por 
auxiliares á los mazorqaerosf Importa des- 
vanecer estos errores para que no se pro- 



— 101 — 

pague con detrimento de nueslro citMíIo y 
de nuestra dignidad nacional. 

Si hay hijos espúreos de América capa- 
ces de denigrar de este modo el suelo en 
que han nacido, es un debei" de los que so 
interesan en su honor el no permitir que el 
silencio con que se oyen semejantes ca- 
lumnias, se atribuye á la imposibilidad do 
rebatirlas». 



Rivera liidarte 

Rivera Indarte no poseía ni los talentos 
y aprovechada ilustraciíui ni mucho menos 
las dotes apreciabilísimas y las calidades 
caballerescas del doctor Várela; pero lo 
aventajaba en mucho como diarista; y en 
la época y en el teatro en que actuaba como 
tal, era tj atura 1 que le llevase la dilección 
de la propaganda. Rivera Indai-te cargaba 
en su pecho un volcan de pasiones. Su ín- 
dole estrecha y airada las acai'iciaba como 
el único fruto recogido en su vida de de- 
sencantos y de borrascas; y su egoísmo- 
sombrío desahogaba sin tregua esas pasio- 
nes al favor de la espontaneidad inagota- 



— 192 — 

ble de su pluma, (]ue nunca corría lo bas- 
tante para satisfacer la sed de venganza 
que la movía. Rivera Indarte no veía de- 
lante de sí vallas que pudieran contenerlo. 
Sus ojos, inyectados de fiereza, se fija- 
ban en el objeto supremo de su pi'opaganda 
— desprestigiar, enlodar, debilitar, anona- 
dar á Rosas; — y áeste objeto le sacrificaba 
la verdad, las conveniencias y el recato, 
lodo, hasta su propia existencia, la cual no 
pudo resistii' á esa tarea abrumadora que 
absorbía todo su ser, como si en efecto se 
agrandase en sus entraíías la concepci<')n 
monstruosa de los castigos que á Rosas 
deparaba. Sus pensamientos mas tétricos. 
sus cavilaciones mas horribles arrancá- 
banle sonrisas de satisfacción cuando le 
suministraban motivos para sus elucubra- 
ciones llanas, llamativas, destinadas á he- 
rir el sentimiento del mayor número, á 
hacer nacer la duda (') la anarquía entre los 
mismos partidarios de Rosas, y el a.som- 
bro ó la indignación entre los que veían las 
cosas desde lejos. Y en sus noches, que 
reflejaban en su espíritu su pasado de du- 
ras pruebas, de miseria y de vacío, él en- 
contraba compensaciones halagüeñas al 



— 193 — 

pensaren que s<)Io y sin niiis recursos (jue 
suplumn, conseguía llevar la ii-a. la nioi- 
tificaciún, la amargui'a y el padecimiento al 
coi'azón del gobernante á quien i-odeaban 
catorce provincias y se hacía respetar del 
mundo entero, pero que era impotente para 
quebrar el nervio de las hojas batalladoras 
de El Ncu-iondl. que se lanzaban á todos los 
vientos. Gil-ando perpetuamente alrededor 
délas fueizas que le impulsaban. abarc('> 
todas las manifestaciones de la propagan- 
da, haciéndose notable por la violencia y 
temei'idad de los medios quepi'opuso para 
afianzarla, y afrontando valientemente las 
i'csponsabilidades: y antes llegó á sentir al 
peligro cuando desfallecía físicamente el 
peso de su labor ímproba y dura que no al 
pensaren su suerte si fracasaba. Por esto 
fué el blanco principal de sus enemigos; 
bien que nunca se levantí» m;'is ti-emendo 
que cuando se sintió herido en el pecho y 
escarnecido, para lanzarles á manos llenas 
toda la hiél y todo el ludibrio que atesora- 
ban las furias inspiradoras de su propa- 
ganda. Y así es también c(jmo consiguii) 
infiltrar su espíritu en el espíritu de su 
partido, y como El Xadonal llegó ;'i sci- la 



— 104 — 

expresión inilitanle más aca])ada de la re- 
volución. Tal era. en mi sentir, Rivera 
Indarte; y debo ocuparme de él y de sus 
obras para no dejar en blanco una notable 
página de la literatura de propaganda de 
esa época. 

En José Rivera Indarte se realizaba en 
un todo el hecho aquel de que los que reac- 
cionan ruidosamente contra su propio 
credo llegan á ser los sectarios más esfor- 
zados del nuevo credo que adoptan y, por 
consiguiente, los enemigos mas implaca- 
bles del que abandonaron. Así, Rivei'a In- 
darte desahogaba desde 1839 sus iras con- 
tra Rosas y contra todos los que no forma- 
ban en las fllas de sus amigos, con el mismo 
fervor dramático con que en años anterio- 
res los desahogaba contra el partido unita- 
rio y sus principales hombres, descollando 
enti'e los partidarios más fanáticos del 
gobierno elejido con la suma del poder 
piíbliro. Habíase operado en él algo de la 
trasflguración del hombre y de la serpien- 
te á que se refiere Dante y que glosa Ma- 
caulay para aplicarla á los partidos tradi- 
cionales de la Gran Bretaña. Todo lo que 
él condenó y escarneci(') en obsequio y al 



i'.cl 



servicio di-l [);irü(l() federal y de Rosas, 
í'ur 1(^ mismo que engrandeció y exalt('t 
después en obsequio y al serviciodel partidla 
unitai'iopara Cíjmbalirá los últimos. Antes 
presentaba ;» Rosas como el primero de los 
argeiilinos. — <á los unitarios como parrici- 
das y causantes de las calamidades de la 
patria. Después presentaba ante los ojos 
al(')n¡tos la^ excenas cada vez más anima- 
das de un drama de crímenes y horrores, 
cuya protagonista abominable era RtKsasy 
cuyas víctimas inmoladas inocentes eran 
los unitarios, l-'.l mismo di-ama transfor- 
mado poi- el fanatismo que movía la ma- 
quinaria. La cabeza de la sei'piente del 
Dante reemplaz(')la del hombre, l-iste cam- 
bio i-adical tuvo su oi-ígen en motivos per- 
sonales masque políticos: y se verifií^ó al 
favor de estímulos que vivían como lieridas 
abiertas en el espíritu impresionable, 
vehementísimo y rencoroso de Rivera In- 
darte. V nótese que tal cambi(j se cii'cuns- 
cribi»'» á sus simpatías de partidista sola- 
mente: ([ue en cuanto á los demás Rivera 
tildarte continuó siendo el mismo retr<')- 
grado. que desde su primera juventud 
malgastaba sus fuerzas y atrofiaba su 



— 19Í) — 

inteligencic», pi'cdicando como una solu- 
ción patriótica y progresista, la comunidad 
de miras asi en lo político como en lo reli- 
gioso entre la Monarquía española y los 
pueblos de SudAmérica lanzados en pos 
de las nuevas ideas que proclamaron sus 
revr)luciones regeneradoras de piincipios 
de este siglo. 

Rivera Indarte fué el propagandista m¿'is 
esforzado de la solución del absolutismo 
de nuesti'os partidos políticos: y su Dinrio 
dr Ani'íi.cios el que con mayor franqueza la 
examinó <i la luz de los principios especio- 
sos de la Sfdi'd del Estado, y con mayor 
entusiasnKj laexaltócomo el remedio único 
á los males que amenazaban al país. Y co- 
mo al sentii'de todos, la personalidad, de 
Rosas era indispensable pira llegará esa 
solucií'in. puesto que era Rosas el jefe visi- 
ble y prestijioso del partido federal. Rivera 
Indarte exaltaba al I(éi-oe en provecho de la 
idea... 

Rivera Indarte escribi(') e hizo circulai- 
profusamente una biografía del Bnfjddicr 
general D. Juan Manvel de Rosas en que 



— HIT — 

csludi.ibii ái'^le personaje hasta oí momen- 
to en que aceptó el Gobierno con la suma; 
del poder público; los Apiades para la his- 
toria déla expedición al desierto (1833-:U) 
«inspirados, como el mismo dice, en el de- 
seo de ihisti'ar á los exti-anjeros sobre la 
importancia y i-esultados de esa campaña 
emprendida poi' el General Rosas, cuyas 
relevantes cualidades físicas y morales ja- 
más se han atrevido á negarle sus mas 
encarnizados deti'actores.» y algunas com- 
posiciones sueltas entre lasque es digna de 
notarse el Him>»-o fedehai. una de las mu- 
chas diatribas para exacerbar las pasiones 
contia el partido unitario, al que se refiere 
en los siguientes términos: 

«l'^se bando traidor, parricida 
que en Diciembre mostró su fui'or, 
sobre ruinas y sangre de hermanos 
tremoló su rebelde pendón. 
El dispuso en sus bárbaras orgías 
cien pei'ennes cadalsos alzar. 
El mandó á sus inicuos soldadt)s 
á Dorrego y á M;iza matar. 

Tiasportaos. fedei-ales, al tiempo 
de anarquía, de luto y horror, 



— 1U8 — 

en que el buen campesim) moría 
|)or sei' fiel á .^u pati'in y su honor. 

Y veréis el infante. íI anciano 
degollados con saña brutal; 
con sus tristes despojos sangrientos 
délos viles la rabia saciar. 



Y Rivera índarte fué el que hizo mayor 
esfuerzo de propaganda pai'a enaltecei' á 
Rosas y rodearle de una aureola de gloria 
quí no alcanzaron en vida nt Moreno, i. 
San Alartin. ni Belgrano. para quienes ni 
la prosa ni el verso de Rivei-a Índarte tuvo 
jamás una palabra de reconocimiento pa- 
triótico. 



I.a proltidiui del ;:;tMiei*<il lfio>ia!>> 

Todos los detalles de la administración, 
desde los más importantes hasta ios más 
someros, pasaban por sus manos y se ven- 
tilaban en las oficinas de su despacho que 
tenía establecidas en su casa pai'ticulai-. 
Allí trabajaba de día y de noche, doce ó 



— v.y.) — 

catorce lioras muchos veces, con los ofi- 
ciales fie su secretaría sóbrelos expedien- 
tes y demás asuntos que remitían de la 
FortdJezd sus ministros, quienes venían 
en seguida al acuerdo de Gobierno. Su 
hija, que eia su am(jr, y la demás familia, 
en las habitaciones interiores. Los ami- 
gos íntimos que lo velan solamente á la 
hora de comer; y esto cuando el excesivo 
trabajo no lo obligaba á postergar esta 
hora. Sin guardias, que nunca las tuvo, 
sin escolta, que siempre rehusó. Apenas 
su edecán, el general Corvalan. en la an- 
tesala, arrellenado en un sofá de caoba 
forrado en cerda, prepanuidose para co- 
menzar la tarea diaria con el peso de sus 
años y de sus gloriosas charreteras del 
tiempo de San Martin. Tal ó cual día cuan- 
do el trabajo de la noche anterior había 
sido muy rudo, una tregua de algunas ho- 
ras en su quinta de Palermo, sin ostenta- 
ción ni oropel, quizá por que valoraba más 
que estas vanaglorias, el esfuerzo para la- 
brarse una enorme fortuna con el trabajo 
personal, como se la había labrado él que 
era el primei- contribuyente, más fuerte- 
que los Anchorena. l.opez Pereira, y de- 



— 200 — 

mós ricos hombres de I;) Pi'ovincia: y su 
tregua podía llamarse el ir ;'i dirijii- perso- 
nalmente los levantes de nivel, desagües, 
canales y plantaciones de los bañados inú- 
tiles que compró en 1838 y que comenzaba 
á trasformaren una grandiosa mansión de 
i'ecreo que la confiscación liizo suya des- 
pués de 1852 y que hoy se llama el Parque 
¿de Febrero. 

Lo más arduo había sido montar la ad- 
ministraci(*)n, t=jl como él la quería; bajo el 
pié del más severo control y de la i'igidcz 
más escrupulosa. Esta había sido la labor 
de sus pi'imeros años de gobierno, incon- 
trastablemente acometida, cortando de raíz 
las larguezas, la negligencia y el abuso que 
(Conspiraban contra la recepción y recta 
distribución de los dineros públicos, He- 
v'ando ádirijirlas principales reparticiones 
ciudadanos espectables y bien conocidos 
por su honorabilidad como Escalada, Oro- 
mi, Alsina, Del Sar, Ezcusi'a, Albarracni, 
Rernal y otros que ya he nombrado. 

En 1844 la Administración marchaba de 
í>uyo, si bien se luchaba con el déficit de 
administraciones anteriores y con la esca- 
sez de recursos para satisfacer las necesi- 



•s 



— 201 - 

(ludes püblicis. La!» i'L'Utus de la [)i\)viiicia' 
de Buenrts Aires alcanzaban ;i dos niilluiies 
de pesos fuertes mensuales aproximada- 
rnenle, siendo de advertir que el cálculo 
de recursos que se insertaba en el mensaje 
anual del Poder FJecutivo á la Legislatura 
era exacto y arreglado á la íiel cuenta y 
razón de las oficinas receploi'as. Con estos 
recursos el gobierno de llosas bacía frente 
á la gueri'a por mai- y tierra: pagaba los 
gastos de las Legaciones de la Confedera- 
ci(')n Argentina en Londres. París, Was- 
bington, Rio Janeiro. Cbile y Bolivia; con 
igual puntualidad á t(jdos los empleados, y 
satisfacía todas las erogaciones exigidas 
por el servicio público, que constaba de 
los estados mensuales y anuales i)ublica- 
dos en los diarios; mantenía y pagaba las 
inmensas ti'ibus de indios amigos que su- 
jetos á la disciplina militar ayudaban á 
guarnecer las fronteras; bacía frente al 
servicio de interés y amortización de los 
fondos públicos, con religiosidad tanta y 
con tan buen éxito que estos fondos esta- 
ban á la par. Ln Montevideo se decía y se 
repitió después en Buenos Aires, no sienda 
extraño que muclios lo repitan aliora, que- 



— 202 — 

el gobienio de Ho^ns satisfacía sus com- 
promisos con oti'a deuda, esto es, con las 
■emisiones de papel de la casa de moned". A 
la vista de estas emisiones que figuran co- 
mo suma muy pequeña comparada c<jn la 
que arrojan las enormes emisiones que se 
hicieron por cuenta y orden de los Gobier- 
nos que se sucedieron en Buenos Aires al 
de Rosas, se ha de ver en oportunidad lo 
que haya de verdad en esto; y la soi'presa 
no ha de ser poca cuando la evidencia de 
ios números muestre c(3mo en 1852 estaba 
en vías de saldarse la cuenta áe\ Gobierno 
con la casa de Moneda. Lo cierto es que si 
el Gobierno de Rosas se mantenía con tan 
•exiguos recursos era debido al sistema de 
administraciíMi que fundó y conserv(') inal- 
terablemente, dejando establecido <1 este 
respecto el precedente mas notable de 
moralidad y honradez administrativo que 
•existe en nuestro país, sin excluir el de Ri- 
vadavia, que es el único que se le aproxima, 
y que, con el de Mih'e y el de Sarmiento, 
son los que pueden citni'se, haciendo acto 
■fie verdadera justicia. 



203 — 



Obras públicas 

A'ni'ius übi'us y mcjorus emprciidió el 
general Ho^as. cu la ciudad y sus alrede- 
dores. Mientras S(í delineaban las nuevas^ 
calles en los estreñios Sud y Oeste de la 
ciudad. (') sea en Barracas y la plaza hoy 
Once de Setiembi-c. se construía el puente* 
del Rio de Barracas : el puente de Maído- 
nado : se bacía defensas en los lerrenos 
adyacentes á la Boca del íiiacbuelo; se me- 
joraban y se prolongaban los caminos de 
Flores, Moi'on y S;ui Fernando, y secnsan- 
cbaba el canal de este último punto, sedes- 
montaban convenientemente las barrancas 
que descendían á la j-ibeíadel lado del Sud 
I'^ste y Nord Kste; se pi'ocedia.á empedrar 
todo el perímetro más central de la ciudad. 
Pero una délas obras mas impoi-tante pa- 
ra esa época fué la de la alarneda. Toda la 
parte del bajo de la ciudad comprendido 
enti'C la Fortaleza {hoy Aduana) y el Retira 
estaban en las mismas condiciones en que 
nuestra municipalidad conservaba hace 
muy pocos años (188()), después de i2 



— 204 — 

anos! la parto do la ribora comproiidkla 
entre la misma Aduana y la Boca, una es- 
pecie de lodazal como para avei'gonzar á 
una ciudad do 400,000 habitantes. Las 
aguas del rio subían hasta la challe rí5 de 
Mayo, y al mezclarse con las aguas plu- 
viales que buscaban su descenso r.ápido, 
formaban en toda esa extensión enormes 
olas que levantaban cuantos desechos ó 
inmundicias habíaii arrastrado por las 
•calles, y los cuales quedaban después allí 
inficionando el ambiente, imposibilitando 
el tr;'iíico y estrechando cada vez más el 
espacio éntrelas toscas del rioy losedifiíMO^ 
^•1 lo largo de la calle 9 de Julio. Rn Octubre 
•del año anterior (1813), las aguas se eleva- 
ron á más de cuati-o vai-as sobre el nivel 
de las toscas que estaban en línea con los 
puntos mas salientes de la fortaleza . . . Kn 
consecuencia Rosas someti(') á la Legisla- 
tura el proyecto, estudios y planos de una 
alameda sobre la base de la construcción 
■de una muralla s()!ida que destuviese las 
aguas, perinitieso convenientemente la sa- 
lida de las aguas pluviales, pi'oporcionan- 
do comodidad al embai'co y desembarco, 
ilevantando todo ef tei-reno ;'i lo largo de 



— 205 — 

aquella y construyendo on esta plunicio un 
jardín y paseo público. Don Felipe de Sc- 
nillosa, que íué el autor de los planos, 
decía en el informe con que los acompañó: 
« La alameda pi-incipia desde la plaza 25 de 
Mayo, aun'jue el pasco verdaderamente 
dicho solo se extiende por ahora desde la 
barranca cerca de la Fortaleza hasta la 
pi'olongaci(')n de la calle Coi-i-ientes. l-^i 
mui'o y terraplén avanza ¡i hacia el rio has- 
ta ponerlo en línea con los [)untos m<ás 
avanzados de la Fortaleza. 

« De este modo el espacio total sería de 
cerca de cuatro cuadras de longitud y se- 
senta y cuatro varas de ancho. De estas 
las veinte contiguas á los ediücios queda- 
rían para calle pública y el reslo hasta la 
muralla sei'ia el paseo cruzado por cinco 
caminos. . . » Fl presupuesto de todas 
estas oJjras que detallaba el señor Seni- 
llosa ascendía á dos millones de pesos 
papel moneda. Rosas al solicitar la auto- 
rización correspondiente para empren- 
derlas, le manifestaba á la Legislatura 
que iada la dificultad de hacerlo con las 
rentas ordinarias ó con las sumas prove- 
nientes de algún impuesto extraordina- 



— 20f) - 

i'iü, í?e pudía I rti boj a rías giadualmeiite 
hasta que las circunstancias permitiesen 
algunos recursos para terminarlas. Con- 
ferida esta autorizacinn. Rosas so puso 
manos <'i la obra. Los hornos de Santos 
Lugares proveyeron el material necesario 
para la muralla. Los escombros de los 
edificios en construcción y tierra traspor- 
tada de los ah'ededores altos de la ciudad 
cayeron bajo la pala y el pico de varias 
cuadrillas organizadas con peones del ser- 
vicio de la Policía y de la Capitanía del 
pLiei'to y con los condenados á trabajos 
públicos: y la alameda qued('» terminada 
dos años después, habiéndose invertido 
en ella poco más de la mitad de lo presu- 
puestado, merced á la economía que se 
realizó en el salario de brazos y en la com- 
pra de materiales que el Gobierno se pro- 
porcionó. 1^1 principio de esta alameda á 
partir de la foi'taleza hasta la calle de (Can- 
gallo fué posteriormente obstruido por 
los horribles galpones que se conocen 
como Estación Central y las en}-ieladiiras 
de este ferrocarril ; y desde ahí hasta el 
fin que toca en la calle del Parque (hoy 
Lavnlle) no se ha introducido hasta hoy 



I 



— 207 — 

(1880) m.iyores innovaciones que la de 
arreglar un jardín al gusto moderno y la 
de erigir una estíitua en mái'mol al señor 
Ma/.zini, agitador italiano. 

Lo particular era que al ver el gol/icrno 
empeñado en tan varias obras de utilidad 
pública todos confiaban en que Rosas con- 
juraría los grandes peligros de la coali- 
ci(')n extranjera , y el comercio y las in- 
dustrias y hasta las ciencias menos ata- 
cadas en nuestro país, se desenvolvían 
en condiciones tan vcntajosíis como no se 
había observado en los últimos íu'ios. El 
comercio de importación sobi'c todo au- 
mentaba considerablemente al favoi- de 
liberales tarifas aduaneras. \'ai'ios extran- 
jeros asociados ;i capitalistas del país for- 
maban compañías para explotar con la 
ganadería nuestras fértiles campañas : y 
en los bañaos apartados de Buenos Aires 
se levantaban fábricas y usinas donde se 
elaboraban nuestras materias primas, ata- 
cándose francamente industrias que hasta 
entonces no se habían contado como fuer- 
zas de la producción. 



— 208 — 

El íic'iit'ral Rosas 

l.A Ol'IMON DKl, I'ÁIS, DL; AMÉRICA Y i:ri',(JPA 

La República entera acompañó al gene- 
ral don Juan Manuel de Rosas en la gran 
lucha de principios en la cual estaba com- 
prometida no solamente la lioni'a nacio- 
nal sino también su existencia de Nación 
independiente: y con su independencia la 
de las demás naciones sub-americanas. 
Y come- la República y como Rosas, 1" 
comprendieron la América y la Europa. 
La pi'cnsadc ambos mundos con una una- 
nimidad inequívoca, si se aceptúa el ('>r- 
gano de Mr. 'l'hiers en Paris y los diarios 
que redactaban los argentinos emigrados 
en Montevideo y en Chile ; abundó en ma- 
nifestaciones de simpatía . de aliento y has- 
ta de admiración á la j(')ven Confederación 
Argentina levantando su gobierno á la 
altura á que no llegó ningún oti'o gober- 
nante argentino; haciéndolo conocer en 
el mundo entero, y obligando á los gobier- 
nos y estadistas de Europa á que consul- 
tasen por primera vez sus verdaderos in- 



— 2Í)*J — 

lercsCí; en oí Riude la Piala y roiiuiiciason 
pai'a siempre á sus .ihoniinablcs plar.cs 
do ocupación ú do conquista. Todos los 
mililai'osde la guerra déla independencia 
residentes en Buenos Aires; todos hts 
hombres principales y acnudalados : todos 
los que podían llevaí' un fusil . ratificaron 
de un modo inequívoco los votos de la 
Legislatura de esta Provincia, aprobato- 
rios de la resolución de Rosas de sostener 
á todo trance los derechos de la Nación. 
Las Legislaturas de San Juan. Mendoza. 
San Luis. Cñi-doba, Rioja, (J.itamarca . 
Santiago, Tucuman , Salta . Jujuy , I-^nti-e- 
Riosy Santa-Fé, reconociendo comprome- 
tida la independencia ai'gentina, insultada 
la dignidad de la Confederación por las 
agresiones de los anglo-fi'anceses, recor- 
dando las glorias de la independencia y el 
deber sagrado de defender la Patria y enal- 
teciendo la flrmeza conqueel general Ro- 
sas ha sostenido los derechos de la misma, 
le ofrecen todos sus recursos y poder á 
este último, y los respectivos gobernado- 
res de estas Provincias, general Xazario 
Benaviíloz, coronel Pedro P. Segura , ge- 
neral Pablo Lucei'o . general Mnnuel Lo- 



— 210 — 

pez, coronel Hipólito Tello, don Santos 
de Nievo y Castillos , genei'al Felipe Ibari'o 
genei'al Celedonio Guliei'rez, don Manuel 
A. Saravia, don José M. Iturbe , don Anto- 
nio (Crespo, y general Pascual Echagüe 
convocaron los ciudadanos á las armas con 
una decisión digna de la causa que iban á 
defender. 

Aféase cómo se pi'onunciaba á esto res- 
pecto la pi'ensa del Brasil que hasta el año 
anterior era más bien hostil el Gobierno 
de Rosas. El Grito del Amazonas de 9 de 
Agosto de 1845, escribi('»: « Nos llamarán 
rosistas! Somos americanos. T(3do el Rio 
de la Plata y sus tributarios solo por un 
milagro dejarán de ser surcadas por los 
galo-bi'itánicos. \'osotros, argentinos, aca- 
bad con honor. No retrocedáis delante de 
los que amenazándoos hoy con bombar- 
deos poi-que os suponen débiles se olvidan 
de la humillación de Whitelocke y del 
tratado Mackau ». El cañón europeo, escri- 
bió El Brasil de Rio Janeiro^, vá á decidir en 
el Rio de la Plata los niás caros intereses 
deSud-América. Y á las barbas del Brasil 
van dos potencias extranjeras á establecer 
el principio de intervención armada en 



— 211 — 

desii venencias que no les conrurren ! > El 
Ceniineld. di' hi Moini.rqin'd.. de 20 de Agosto, 
oscribi() : 

« Felicitamos ;'i los ministros Ouseley y 
Deffaudis por Id gloriosamente que lian 
desempeñado la misión de franquear los 
confluentes del Rio de la Plata al comercio 
del mundocivilizado. Ojalase acordasen 
laFrancia y la Inglaterra de mandaí- alguien 
á gobernar este pueblo, tomar cuenta del 
Amazonas, abril', en fin, nuestros puertos 
á los Ouseley y Deffaudis de la t^uropacn- 
tei-a!... l'la! honor á los héroes que no se 
amedrentan con las bravatas d'-l WnV. Su 
causa es justa y sagrada. Dios la ha de 
protejer: y después de Dios, el valor de los 
corazones libres! - (\) 

Tan radical como liidel Brasil se i)ronun- 
ciaba la prensa de Chile. El Tictupo. de 

(1) En el mismo sentido se pronunciaban O Pu- 
hlicado}\ El MercnntiU El (ruaijcurü de Bahía, 
La Revista de MaraPion, El Diario y otros pa- 
peles de Rio Janeiro y provincias del imperio. V.n 
el l*,irlamenlo brasilero se venliló la cuestión de la 
intervención anglo francesa en el Plata: voces elo- 
cuentes é ilustradas como la del diputado Ferráz, 
conden ironía en nombre tle los intereses anierica- 
nos y manilVstarrin toda la simnatia y la admiración 
que les inspiraba la decisión del pueblo argentino y 
del general R'^sa-; para rechazarla. 



— 212 — 

Santiago, diaiiodc los mas caracterizados, 
redactado por el C(jronel Godoy y el doctor 
VicLiQa, escribía en el numero de 15 de 
Agosto de 18Í5: «La degradación de los 
pueblos americanos los unos respecto de 
los otros y de todos respecto de la l'^uropa: 
tal es el ultimo resultado que producir;! lu 
intervención europea en los negocios in- 
ternacionales en América: y ya que no 
existe autoridad capaz de impedirla, una 
reprobación unánime debe desacreditarla 
y trabaí" su ejercicio. La prensa de los 
Estados Unidos estudió la cuestión bajo 
todas sus faces, y se pi'onunció unánime 
en favor de la Confederación Argentina, 
llamando á Rosas gran ciudadano de Amé- 
rica. ^'éase lo ({uc escribía el Nao York 
Sv.n, de 5 de Agosto de 1845: «Nos com- 
placemos en ver que nuestro encargado de 
negocios ha protestado contra la injustiñ- 
cablc inlervenciíjn en los negocios domés- 
ticos de una República Americana; y nos 
es grato ver al Gobierno Argentino firme 
en su decisión de defender la integridad 
déla unión. La rebelión del Uruguay fué 
puesta en pié por la Francia con la espe- 
ranza de obtener dominio en aquel país, (') 



— 213 — 

de oxtt.Midcr los dominios del príncipe de 
Joinville, hermano político del emperador 
del Brasil. La sumisión <'i esa vil alinnza 
de Gui/ot será la señal de una repartición 
de la República Argentina entre las poten- 
cias aliadas: pei-o nuestra confianza en el 
general Rosas y su administraci(')n no nos 
deja qué temer ú ese respecto.» El Xctc 
Herald úo 7 de Setiembre escribía: «Esta 
injusla intervención revela el deseo de in- 
troducirse en el hemisferio occidental y 
mantenerse en actitud de aprovechai- de 
cualquier i)unto débil que les (juede ex- 
puesto. . . ti genei'al Ut)sas se les opone 
heroicamente.-. La gran lucha enti-e el 
antiguo régimen y la joven democracia 
esti'i próximo á estallar.» (1) 

Ll general don Juan Manuel de Rosas 
era. pues, ante su patria, ante la opinión 
ilustradn é imparcial de la Améi'ica y de la 

(1 ) El Araucano, El Diario, de Santiago: The 
MorulnyCoarricr, Tlie ]Scir York Journal. Tlie 
Datlii Union. Tlie Scñii JJ'cr/;li/. The Saiem Re- 
(ji.s/é/', The Adccrtisrr, The Moruinfi Chronicle., 
lie Justados Unidos ó Inglaterra: Le Journal des 
Dehats., La Preste. Le Coii/rricr da Havre. El 
Correo de Vllrañiar. La (razete du Conierce., 
de Francia, ele. ele, se pronunciaban en el mismo 
sentido. 



— 214 — 

Murop.-i. el i'epi'eseDtnutc iirnindo de un 
pi'incipio vinculado con la existencia y con 
el poi'venii- de las secciones sud-america- 
nas, el de la independencia que alcanzaron 
después do grandes sacrificios y el de la 
República, que miraban con despecho las 
grandes potencias signatarias de la santa 
alianza. Cuando Florencio ^'are!a, santifi- 
cando en El Ccmcrcio del Pinta (Nov. de 
1845) las agresiones de los anglo-franceses 
y del señor (laribaldi a la Confederación 
Argentina, personalizaba la cuestión en 
Rosas, como si el hecho de ser Rosas un 
monstruo justificase esas agresiones y 
mucho menos la traici(')n de los argentinos 
que hacían causa común con ellos. La (rá- 
cela Mercantil podía decirle con propiedad: 
Ms muy singular que \'arela personalice 
el derecho y elhecho del gobierno argentino 
en el general Rosas, cuando la adminis- 
tración de este sostenida por el voto de la 
Nación entera no puede ser conmovida ni 
por el poder combinado de la Inglaterra y 
de la Francia. No es cuestión de una per- 
sona: sino de un principio nacional, de un 
interés americano. Fs esto principio y este 
interés lo que dan á la administración del 



k 



general Rosas el poder inmenso con que 
resiste gloriosamente á las dos potencias 
mas fuertes del mundo, y con el que pi'e- 
serva en esta grande contienda la libertad 
y dignidad amei'icanas. «Iüm este princi- 
pio, sí, el que rcpi-csentaba Rosas mal que 
n(j quisiesen compi-enderlo los argentinos 
(lueon el paroxismo del extravío pusieron 
su pluma, sus talentos, y sus conatos mas 
enérgicos al servicio de dos gi^andes poten- 
cias extranjeras c;ue intervenían á cañona- 
zos en la Confedei-ación Argentina y ocu- 
paban una pai'te de su territoi'io. F.ra el 
consenso unánime manifestado de un mo- 
do elocuentísimo, el que así lo comprendía. 
Eran las glorias tradicionales las que se 
invocaban pai'a continuarlos con losquese 
alcanzasí-n defendiendo <'i la República 
<:ontra los extranjeros. Era la bandera del 
Rio del Jiirarneuto y de los Andes la que 
ti-emolaba en las mismas manos de los que 
se habían batidí^en íSalta, Chacabuco. Mai- 
pú y Lima. Ei*a el libertador San Martin, 
ofreciendo sus sei-vicios al general Rosas, 
en defensa de la patria amenazada, des- 
pués de haberle i'egaladtj á éste en premio 
de su heroísmo su espada de los Andes; y 



— 210 — 

pcU'u que ningún é.'o de glurin r.illubc en 
medio de ese concierto del patriotismo y 
de! honor resueltos al sacrificio, la lii-a del 
inmortal autor del Hinnio Xacionnl. habla- 
ba una vez más así, al corazón y al senti- 
miento de los a roen linos: 

Se interpone ambicioso el extrai\¡er<) 
Su ley pretende al argentino dar. 

Y abusa de sus naves superiores 
Para brillar nuestra patria y su bandei'a 

Y fuerzas sobre fuerzas aglomera 
Que avisan la intención de conquistar. 

Morir antes heroicos argentinos! 
Que de la libertad caiga este templo: 
Daremos ala América alto fjemplo. 
Que enseñe ;'i defender la libertad. 

Un gobiei-no prudente, sabio y fuerte 
Nuestros deslinos en sus manos tiene 



Y si él halla la guerra inevitable, 
A batallar intrépidos volemos 

Y en hórridas batallas triunfaremos, 
O síihremns hitrépidos morir ! 



— 217 — 

Y la gurria viao iijiiiedicitauíento, roco- 
jiciulñeiiella la República Argentina lauros 
tan gloriosos como losque conquisl<3 en la 
guei'ra de la independencia. Si la historia 
no es el desahogo de las pasiones que ins- 
piran vergüenza (3 compasión á los que 
vienen en pos, si la dignidad do la patria 
es una, é indivisible el deboi- sagrado de 
defender su pabell('»ii, el combate de OIjIí- 
gado que sostuvo el General Lucio Man- 
silla contra las escuadi'as de hi Gran Bre- 
taña y de la Francia^ es ante la justicia 
y ante la moral, una gloria tan legítima 
para la República Argentina conK^ e.s la 
de Chacabuco, la de Maipú, la de Talca- 
huano y la de Tucunicin. 

OI>li<;a(Io! 

Pasando de la altura de San Pedrfj, costa 
norte de la provincia de Baenos Aii'es, el 
rio Paraná forma como un recodo que pro- 
longa una curva en la tierra cuya extremi- 
dad saliente se conoce por la punta ó vuelta 
de Obligado: así llamado por la antigua 
familia de este nombre propietaria de esos 
alrededores. En este punto levant«3 sus 
principales baterías el Jefe del Departa- 



— 218 — 

iTienlo del Norte, (ieneral Lucio Mansilln, 
La punta en sí es una bai'ranca levantada 
en sus costados y ondulada en el centi'o 
hasta descender suavemente al río. A esta 
altura el Paraná tiene 700 m. de ancho 
aproximadamente, y por allí debían pasar 
los buques anglo- franceses para llegar á 
Corrientes, l-'l general MansiUa era un 
pi'obado veterano de la independencia; un 
militar experto, y con dotes verdadera- 
mente singulares para sacar ventajas hasta 
de los peligros en (pie lo colocase la suerte 
de las armas. 

Es el momento en quo el águila enjaula- 
da tiende inútilmente sus alas y devoi-a el 
espacio con los ojos. El general Mansilla 
hizo cuanto pudo en pi-ocura de los recur- 
sos necesarios para impedir que pasasen 
los anglo-franceses. El 17 de Noviembre 
cuando supo que venía la expedición rei 
eró su pedido de municiones de artillería 
é infantei'ía para las dotaciones completas 
declarando que las que tenía ^solo serían 
suficientes para un fuego de seis horas, y 
que era más que probable que si el enemi- 
go atacaba esa posición el combate durase 



— 219 — 

iiiucho tii;j^.» Puro los aiiglfj-fi'aucosos no 
le dieron tiempo. Ai (lia siguientes los bu- 
ques fondeaion del otro lodo del Ibicuy a 
dos tiros de cañón de las balerías de 01)11- 
gado. 



El 18 de Noviembre cd general ^^ans¡lla 
destac(') dos ba!len('ras al mando de un ofi- 
cial y veinte soldealos para que practica- 
Sen un reconocimierdo sobi'e los buques 
anglo-franceses. Al aproximarse casi a 
tiro de fusil á dichos buques los Jjerganti- 
nes Píi II d(ji>r y JJolp/iiii. les hicieron siete 
disparos á bala y las ballenei'as se i'eple- 
garoii illas baterías. l']stos primeros caño- 
nazos anunciaron que los anglo-fianceses 
querían llevailo t()do ¡i sangre y fuego, y 
entonces el geneial Mansilla se dispuso ai 
combate expidiendo una proclama a sus 
soldados en la (pie !e\ nnlando en alto los 
derechos de la Coiífedeíaciim les decía: 
<( (]onsideiad el insnllo(|ue hacen ;i la sobe- 
i-anía (hínuesti'a p;iti"ia al navegar si[i m;is 
títulos ((ue la fuei'/a las aguas de un río 
q ue co rre poi- le i'i'i torio de nuesti'o país. Pero 
lio lo Cí^nseguir.in impunetn(;nte! \'amt)sa 
resistirles con el ai'diente entusiasmo de la 



— 220 — 

libertad. Suena ya el caaoii ! Ti-oniola eii 
•el rio Paran<-i y en sus costas el pabellón 
azul y blanco, y debemos morir todos antes 
que verlo bajar de donde ñamea! » l'^l 1'.). 
el general Mansilla repiti(') su operacicMi 
del día nnterior. dí\stacand() tres liniclias. 

Los vapores a nglo franceses /m'/Zo// y Fi- 
rcbr.'iiifJ. les tiraron sin tocín-los. cuali-o 
balas de ;'i 80 y tres de á 32. y vino toda la 
cscuadi-a á fondear á tiro de cañón de las 
baterías de tierra. MI 30 do Noviembre de 
1845. amanecieron los buques anglo-fran- 
ceses calentando sus caldei'as ó largando 
paño para ponerse á pique. A las 8 1 2 
avanzaron sobre las baterías de Obligado 
les siguientes buques inglesesy fi'anceses: 
Gorgon. Firehraiid. Cnm/'t, Philouiel, Dol- 
p]ii)i. FdiiHij, San Míu'tin. Fiiltoa, E.rpe- 
clitive. Pandnnr, Prnxide, con 09 cañones 
de grueso calibre. 

A las O de la mañana rompieron sus fue- 
gos sobi'e las baterías el Fhilomel. el Pro- 
.ride \ q\ fJ.rpeditire que servían de van- 
guardia.— La banda del batallón Patricio.^ 
de Bi'eaos Aires, hace oír el Himno Nacio- 
nal .Argentino. Ll general Mansilla de pié- 
sobre el merlón de la batería L' invita á 



— 221 — 

sus soldados á díirel irrito ti"adÍL-ion;il de 
jMva la páti'ia! Y á su voz arrogante y 
entusiasta el cañón de la páti-ia lo ilumina 
con sus primeros fogonazos. Media hora 
después entran en acción todos ios buques. 
y el combate se hace general. Los cañones 
franceses sobre todo, comienzan ¡i hacer 
estragos en las baterías, y se enfilan sobre 
las dos primeras de la derecha arrojándo- 
les una lluvia de balas y metralla, cuyo 
poder y cuyo alcance los pechos de los sol- 
dado.s argentinos sienten poi- la primera 
vez. Sin embargo kis baterías de tierra 
ponen fuera de combate al Dolplila y al 
Pandonr. A medio día el general Mansilla 
comunicaal general liosas que los anglo- 
franceses no han podido hacercarse á la 
línea de atajo, pero que dada la superiori- 
dad de las fuerzas de estos cree que lo 
conseguirán, porque á él le faltan las mu- 
niciones para impedirlo. Pocos momentos 
después el capitán Tomás Graig comandan- 
te del bergantín R'^imhUrarin, que sostenía 
la línea de atajo, pide municiones porque 
ha quemado el último cartucho, y á la i es- 
puesta de que no hay municiones, hace 
volar su buque para que no caiga en poder 



•70 ;> 



dol eiieniigct y va con sus soldados ;i lomar 
el puesto de Iiouor en las baterías de la 
dei'eelio que á la sazón tienen tres cañones 
desmontados y catorce artilleros y dos 
oíiciales muertos, l^ntonces los buques 
anglo-fi'ancescs avanzan sobre la línea de 
atajo: las bateítas dirijen áese punto iodos 
sus fuegos; las aguas aliíqued;d)an cubier- 
tas de nubes de pólvora que remolinean en 
alas del vértigo que;\ todos donjina: de los 
antros del Paran<i parece levantarse un 
volcan que arroja en todas direcci()nes 
colosales sierpes de fuego, entre estrépitf^s 
de muei'te que llevan el terror y el estrago 
á la distancia. En el plam^ pi-ominente de 
este cuadro csl;'í el general Mansilla.ysu 
esfuerzo prodigioso y su vida que respeta 
la metr.dla. y su espíritu pendiente de una 
probabilidad halagüeña, concentrados en 
ese punto del río Paraná donde se Juega el 
derecho y la honra de la patria que Al de- 
fiende. Hay un momento en que e.sa pro- 
babilidad parece sonreirle. Es cuando los 
cañones de las baterías hacen reti'oceder.i 
la corbeta Carmis: ponen fuera de combale 
al bergantin Sftn Mr/rfin. y apagan los fue- 
gos del Fnlton. Pei'o simult(-ineamente una 



Iciiicha del Fírchrand puest;i al cobtndo del 
Fv.ltou se lanza adelante: un jefe inglés, 
Hope, coi'ta la cadena ala que están sujetos 
los barcos que obstruían e! río. y el Fire- 
hran y el Fulfuv, seguidos ;'i poco del 
Gortjoii pasan del oli'o lado recibiendo los 
fuegos del coronelTliorne. p m-o ñanquean- 
do el extremo izquierdo de las batei'ías. 
Mienti-as tanto la poderosa artillería del 
Expeditire, enfilaba durante tres boras 
consecutivas sobi-e el extremo derecbo, 
desmonta los mejores cagones de la prime- 
ra batería, mata casi todos los artilleros y 
álas4dela tarde el ayudante Alzogaray 
quema en su cañón de ;'i 2i el líltimo car- 
tucho que le queda. 

La batería de Tborne es un castillo in- 
cendiado. Allí se sienten las convulsiones 
estupendas del buracán que ilumina con 
sus rayos una vez más la vida , y que á 
poco fulmina la muerte entre sus ondas. 
El estampido del cañón sacude la robusta 
organización del veterano de Brown y de 
la defensa de Martin Garcia, como el eco 
de su segunda naturaleza que lo subyuga. 
El mismo dirije las balas. El blanco está 
en sus hojos , que de anliguo está babitua- 



— 224 



doá ponei' en estos su vida rodeiidodc sus 
cañones... Pero Thorne no tiene mas que 
ocho cari'onadas de á 10, contra doce ca- 
ñones de á (Vi . dos de á 80 y ocho de á 32 
así mismo le hace al enemigo estragos 
que compensan lo que vé á su alrededor. 
Cerca de las 5 de la tarde se cuentan las 
pocas municiones Su indomable incr- 
gía n(j desespera. Dominand<) el despecha- 
do fu roí' de su impotencia , comienza <'i 
economizai' sus tiros . y dispone á sus sol- 
dados para el caso de un desembai'co que 
prevée. Al darles colocación pica una 
bala que levanta una enorme masa de 
tierra , y con esta al intrépido Thorne que 
se fi'actura un bi'azoyla cabeza al caer 
contra un tala y queda privado del oido 
para siempre. 

Queda todavía el cuadro final. Un cua- 
dro de colorido semejante al que presenta 
San Martin caído en San Lorenzo. Des- 
montados casi todos los cañones de las 
otras tres baterías, destruidos los merlo- 
nes, muertos casi todos los artilleros y sin 
un cartucho que quemar los quequedaban. 
los anglo-franceses lanzaron su infantería 
de desembarco y protegiéndola sin cesar 



— 225 — 

coij los cañones de sus buques. VA gene- 
ral Mansilla se colocó á la cabeza de su 
diezmada infautería y la mandó cargar á la 
ballonela. Al adelantarse con esos bravos 
milicianos que habían presenciado á pié 
fírmelos horribles estragos de ocho horas 
de bombardeo esperando el momento de 
entrar en acci(')n, el general Mansilla fué 
derribado por un golpe de metralla en el 
est(jmago. que lo puso fuera de combate. — 
Esto acabó de decidir la derrota. VA co- 
ronel don Francisco Crespo tomó el mando 
en jefe y ordenó al coronel Ramón Rodrí- 
guez que se opusiese al desembarco. Los 
milicianos repelieron todavía á los asal- 
tantes, pei'o al fin los anglo-franceses pe- 
netraron por el punto de las baterías que 
habían destruido completamente. 101 co- 
i-ohel Rodriguez. salvando toda su artille- 
ría volante, se retiró al monte vecino desd(í 
el cual hostilizó á los anglo-franceses ha.sta 
pasada media noche y al dia siguiente fué 
á acampar en Las HcrmaiKis. Según los 
partes oficiales de losjefes respectivos, los 
anglo-franceses contaron en Obligado 141 
hombi'es fuera de combate, quedando ade- 
m;is muy maltratados sus buques y prin- 



— 226 — 

cipalmentc Paudov.r y Fulton. «Siento vi- 
vamente que este bizarrr) hecho de armas 
haya sido acompañado con tanta pérdida 
de vidas, dice el contralmirante higlefleld 
en su parte al Almirantazgo Británico, pe- 
ro considerando la fuerte posición del ene- 
migo, y la obstinación con que fué defen- 
dida tenemos motivos para agradecer á la 
Providencia que no haya sido mayor». El 
parte oñcial del coronel Crespo declara que 
«los jefes, oflciales y tripulaciones del ene- 
migo han correspondido en ese fuerte com- 
bate al renombre de fama y de valor de los 
marinos de Inglaterra y Francia;» y calcula 
la pérdida de los argentinos en 150 hom- 
bres, sin contar 18 cañones, varios lancho- 
nes y una bandera. 



E$;iiia y Cliilaver 

SI" PROTESTA 

Don Manuel de Eguía enemigo de Ro- 
sas, personaje de nota por su talento, nu- 
ti'ido de sólidos estudios, que rolaba entre 
los principales emigrados, preocupado de 
la publicación de un diario que no fuese la 
expresión de un partido ciego y exclusivo» 



le ofrece l;i redacciíju de ese diario ;i su 
amigo íiitiiní». al escritor argentino m.is 
grande de esa época, al caráctei' mas ente- 
ro y njás virtuíjso. a! verdadero royant de 
las instituciones argentinas, á Llstévan 
i'lchevarría. 

— L s cuestiones que lioy se agitan .i ca- 
ñonazos en el Plata, le dice, envuelven 
niiesti'os mejores intereses é infieren gra- 
ves ofensas á nuestra nacionalidad, para 
dejarlas pasai- como justas y decorosas por 
nuestros escritores. La intervención sos- 
teniendo solóla independencia del Estad(j 
Oriental, salta del Uruguay al Paraná y v.'i 
;'i asesinar calculadamente argentinos en 
la vuelta de Obligado, — [.a prensa todo lo 
alaba. Nada v('' el partido unitario en esta 
lucha que sea contrario á su nacionalidad: 
no sale del eterno muera Rosas, y de la 
menguada alabanza á todo cuanto emana 
de la intervenci(')n; y no .idmiteni la discu- 
sión de los hechos cuando aun estamos 
ignorando qué punto de contacto hay en- 
tre la independencia del l'Jstado Oriental y 
la vuelta de Obligado. Para la prensa de 
Montevideo la Francia y la Inglaterra, tie- 
nen todos los derechos, toda la justicia. 



— 228 — 

Aún más, pueden ánv una puñalada de 
atrás, un tajo de pillo, arrebatar una es- 
cuadra, quemar buques mercantiles, en- 
trar en los ríos á asesinar á cañonazos, 
destruir nuestro cabotaje, todo esto, y 
mucho más que aún falta es permitido á 
los civilizadores.. .el francés maquinista 
que cae atravesado por una bala es digno 
de su compasión, y vé caer 400 cabezas ar- 
gentinas y no muestra el menor sentimiento 
por su propia sangre, no tiene un pensa- 
miento de nacionalidad. La prensa de 
Montevideo es completamente franco-in- 
glesa» A esta protesta clásica, dirigida á 
un argentino de mérito y de la virtud de 
Estévan Echevarría, se siguen las elocuen- 
tísimas manifestaciones del antiguo coro- 
nel de artillería don Martiniano Chilavcrt, 
uno de los militares más distinguidos de su 
época, compañero y amigo del general La- 
valle y Mayor General del Ejército con que 
éste combatió á Rosas. Desde Rio Grande 
donde vivía retirado, Ghilavert, solicitó de 
su compañero de armas de Ituzaingó, el 
general Oribe, el prestar sus servicios á su 
patria agradedida y humillada por los an- 
glo-franceses; y lo hizo en términos tan 



229 

nobles y tan sinceríimente inspirados que- 
su solicitud es, por decirlo así, un idilio de- 
su patriotismo herido y exaltado, ^'oy a 
trascribirla por (pie el asunto y el perso- 
naje lo merecen. Pocos militares produje- 
ron docun:ionto mas hermoso. Léanlo los 
jóvenes, y aprovechen la lección que les 
presentan hombres sobre cuya conciencia 
puede más el sentimiento del deber y del 
patriotismo que el de la cruel y mísera 
consecuencia que les exigen los partidos. 
'(General, dice Chilavert, en otras ocasio- 
nes V. E. se dignó ofrecerme todas las 
garantías para volver ci mi país. Sobre si 
debía ó no aceptar esta oferta, apelo al 
fallo de V. 1-^. Abrazado había un partido á 
quien el infortunio opi'imía: forzoso era 
serle consecuente y leal, pero esta conse- 
cuencia y lealtad no podían ser indefini- 
das.» 

«En todas las posiciones en que el desti- 
no me ha colocado, el amor á mi país ha 
sido el sentimiento mas enérgico de mi co- 
razón. Su honor y su dignidad me mere- 
cen un religioso respeto. Considero el más 
espantoso crimen llevar contra él las armas 
del extranjero. Venganza y oprobio reco- 



— 230 — 

•era el que así procoda ; y en su Cüaciciicia 
.llevará eternamente un acusador implaca- 
ble que sin cesar le repetirá ¡ traidoi! ¡ trai- 
dor! ¡ traidor ! 

«Conducido poi' estas convicciones me 
reputé desligado del partido á quien servía 
tan luego como la intervencicui binai'ia de 
la Inglaterra y de la Francia se realiz(j en 
los negocios del Plata, y decidí r-etirai'me 
á la vida privada. . . Esta era mi intención 
cuando llegaron á mis manos algunos pe- 
ri('»dicos que me impusieron de las ultra- 
jantes condiciones á que pretenden sujetar 
á mi país los poderosos interventoi-es; del 
modo inicuo como se había tomado su es- 
cuadra. Hecho digno de registrai'se en los 
anales de César Borgia. Vi también propa- 
gadas doctrinas que tienden á convertir el 
interés mei'cantil de Inglaterra en un cen- 
tro de atracci(3n al que deben subordinarse 
los más caros de mi país, y al que deben 
sacrificarsu honor y su porvenir. La diso- 
lución misma de su nacionalidad se esta- 
blece como pi'incipio. 

«K\ cañtín de Obligado contestó tan inso- 
lentes provocaciones. Su estruendo i'esonó 
<ín mi coi*az()n. Desde ese instante un solo 



— 2:U — 

deseo me cinima, el de servir á mi páti-iaeii 
estci lucha de Justicia y de gloria para ella. 
Todos los recuerdos de nuestra inmortal 
revolución en que fui formado se agolpan. 
Sus cánticos sagrados vibran en mi oído. 
Sí, es mi patria, grande y majestuosa, do- 
minando al Aconcagua y Pichincha, anun- 
ciándoseal mundo poresta sublime verdad: 
E.'-isío por lili propia fuerza. Irritada ahora 
por injustas ofensas, pero generosa, acre- 
dita, que podi-á quizá ser vencida; pero que 
dejará por trofeos una tumba flotando en 
un océano de sangre, alumbrada por las 
llamas de sus lares incendiados». 

Así es como conducidos por el patriotis- 
mo, acompañan al Gobierno de Rosas hasta 
los hombres que lo han combatido durante 
quince años, cuando lo ven sostener á true- 
que de todo sacrificio los derechos de la 
República cuya independencia peligra. 

San Martiu 

si: ADHESIÓN 

El general San Marlin. quiso también 
manifestar de un modo inequívoco al ge- 
neral Rosas cuales eran sus sentimientos- 



— 232 — 

■en la giaii coulieiída que se ventilaba. Y 
aunque ya le tuviera dadas pruebas clási- 
•cas del aprecio con que miraba la firmeza 
con que el general Rosas sostuvo los dere- 
chos de la República en J840, le diiigi»'). el 
11 de Enero de 184(), una carta en que refi- 
riéndose á la poca mejoría que experimen- 
ta su enfermedad, le dice: «Me es tanto 
más sensible cuanto en las circunstancias 
en que se halla nuestra patria, me hubiera 
sido muy lisonjero poder nuevamente ofre 
cerla mis servicios; (como lo hice ú \d. en 
el primer bloqueo por la Fraíicia) servicios 
que aunque conozco serían bien inútiles, 
ííin embargo, demostrarían qne cu la injus- 
tísima agresión y abvso de la fuerza de la 
Inglaterra ¡j de la Francia contra nuestro 
país, este tenía aún un riejo servido)- de s-n 
honor e independencia. Ya que el estado de 
mi salud me pi'iva esta satisfacción, por 
lo menos me complazco en manifestar ;\ 
\á. estos sentimientos así com(3 mi con- 
fianza no dudosa del triunfo de la justi(Ma 
<\ue nos asiste.» 

Y entonces Rosas, como para ratificai'de 
un modo más solemne, si cabía su resol u- 
-ción de sostener el principio supremo que 



— 233 — 

rcpi'osoiit.'ibn solo y ('sforzaclnníciile en 
America y en cuyo nombi'e resistía ;'i las- 
dos primeras potencias del mundo, en- 
cuentra verdadera satisfacción en poderle 
responder al libertadcr, cuando sostiene 
((cI honor y In independencia de h\ patria»: 
((no hay un verdadero argentino, un ame- 
ricano que. al oír al ilustre nombre de \'d. 
y saber lo que \'d. hace tijdavia por su pá- 
tiia, y por la causa americana, no sienta 
redoblar su amor y confianza. La influen- 
cia moral de los votos patrióticos america- 
nos deA'd. en las presentes circunstancias, 
importa un distinguido servicio á la inde- 
pendencia de nuestra patria. Así, enfei-mo 
después de tantas fatigas, listad i-ec/to-dd y 
cxpresd la (jriinde \j dominante idea de toda 
su vida: la hidepeudencia de A laéi'ica es ii re- 
vocable, dijo usted despu'^s de haber liber- 
tado á su patria, á Chile y íi1 l'orü». 

Rosas en lS4ti 

Tan vasta y tan complicada era laescena« 
en (jue se desarrollaban los sucesos en la: 
época y que precedió y se sigui(') á la misión 
Hood, y tantos los agentes que actuaban 
principalmente en ella, como fuerzas con- 



— 231 — 

'Curreiites de la ci)al¡si(')ii contra el gobiei-iio 
argentino, que se puede decir con propie- 
dad que todo el mundo civilizado se preo- 
cupaba de la cvcsti^ii del Plata con prefe- 
rencias <á las cuestiones coetáneas de la 
Grecia con Turquía, de Inglaterra con l']s- 
paña, del Kjipto, de la India y de la China. 
La prensa de Europa y de América la di- 
vulgó y estudi(') extensamente á la luz de 
los principios, de los intereses y de los 
sentimientos que comprometía. — No quedó 
antecedente ni detalle por publicarse: y la 
misma controvei'sia que suscit(') en los 
parlamentos de Francia y de Inglaterra, 
puso de maniflesto la justicia de la causa 
que con singular firmeza sostenía el gene- 
ral Rosas á quien esa prensa levantó á la 
altura de los gi-andes hombres, y, por la 
primera vez, desde la emancipaci<')n de las 
colonias españolas, ilustró la conciencia 
de la Europa, respecto de las fuerzas ma- 
teriales y morales deque disponía el dilata- 
do y riquisimo tei'ri torio bañado por el 
Plata y el Bermejo; y respecto de la necesi- 
dad de crearse vínculos humanitarios, so- 
ciales y mercantiles on los países de Sud- 
América por medio del derecho y de los 



— 235 - 

[)riiioipiuí< que íiilinileii enti'C .sí las^ nocio- 
nes civiliznda-s. Si pues el historiador está 
habilitado para al^nrcar el estudio de esa 
época hasta en sus nimios detalles, no 
puede defenderse, en obsequio del hilva 
namienlo de la nari'aeión, de pasar por 
delante de algunos protagonistas, sin per- 
juicio de volver á tomarlos en el momento 
en que llenan la escena respectivamente. 

En medio de esta periferia se destacaba 
naturalmente el general llosas, como Ar- 
gos que miraba á la distancia los puntos 
negros del círculo dentro del cual preten- 
dían en vano estrecharlo sus enemigos 
coaligados. Porque fué esta la época más 
azarosa, más difícil y más laboi'iosa de su 
vida de gobernante. Fué en ella también 
cuando desenvolvi(') verdaderamente sus 
condiciones de hombre de listado, abar- 
cando hasta lo más recón(hto lodo el teatro 
de la coalisión, pulsando con admirable ti no 
las ventajas y desventajas que le ofrecía, 
imprimiendo dirección simultánea y en- 
ciente á todos los negocios de la diplomacia 
y de la guerra que il^an á parar á sus manos, 
y frustrando y nulificándola acción combi- 
nada contra el de gabinetes, de generales y 



— 236 — 

•de diplomáticos fuertes por sus recursos y 
su fama. Difícil es creer por más que así 
lo repitiesen El Couiercio del Plata y El 
■Comtiiucional, que Rosas se pusiese frente 
afrente de esa tremenda coalisión obede- 
ciendo exclusivamente á la necia vanaglo- 
ria de resistí i'le á las dos potencias más 
fuertes de la Europa á costa de la ruina de 
su país. Los hechos estudiados hasta aquí 
acreditan evidentemente lo que entonces 
no podía confesarse sino á costa de enalte- 
cer á Rosas y de descender á los propios 
ojos al nivel en que se colocan los que, por 
■cualquier motivo, hacen causa común con 
el extranjero contra su patria — es á saber : 
— que mucho más que el ñero orgullo pa- 
trio, inñuy('> en el ánimo de Rosas la clara 
visión que tuvo de las ambiciones veladas 
de las dos grandes p(j!encias europeas, y 
de la forzosa necesidad de resistirla hasta 
el último trance, con el fin de conservaren 
los tiempos la nacionalidad argentina con- 
sagrada en 181G y mantenida por él sobi'e 
•el hecho de la Confederación Argentina 
que fundó. 

Y es lo cierto que Rosas gobernaba y 
•dirijía personalmente todo el cúmulo de 



— 237 — 

negocios que absoiljían la atención púijlica 
en esa época. Como el tiempo era corto 
para estudiarlos uno á uno ideó el sistema 
de las carpetas ó sea la relación suscinta de 
ellos acompañada del pi'oyectode respues- 
ta ó resolución que lo remitían los minis- 
tros (') los oficiales de su despacho inme- 
diato, según las circunstancias. Rosas ó 
cruzaba las carpetas con una raya para que 
se le remitiese nuevo proyecto do resolu- 
ción, (') intercalaba las observaciones que 
lo sujería su espíritu sagaz, singulai'mcnte 
genei'alizador y, más que todo, familiari- 
zado con todos los asuntos de Gobierno, 
inclusive los déla alta diplomacia: que más 
de una nota de las diríjidas ;'i los ministros 
de Francia ó Inglaterra fué cori'ogida casi 
enteramente por él. Es que desde el año 
1835 Rosas vivía exclusivamente dedicado 
á las tareas del Gobierno, pero dedicado 
sin tregua ni descanso, connaturalizándose 
con todas las necesidades, atendicnd(j co- 
mo suyos todos los intereses y desenvol- 
viendo con creciente asombro de los que lo 
rodeaban las condiciones evidentes del es- 
tadista previsor, cuyos actos se encadenan 
con la lógica posible á las vistas trascen- 



— 238 — 

dentales, proporcionñndole así el medio de 
sobreponerse á más de una situación difícil 
que no pudo tomai-lo de sorpresa. 

El trabajo iirduo que agobiaba a sus se- 
cretarios, obligándolos á turnarse, jamás 
lo fatigaba, ni menos alteraba su robusta 
organización. La sobriedad y los hábitos 
de orden adquiridos durante largos años de 
p?o>r/<í?rsaladerista. agricultor y hacendíido, 
en los que se labró una fortuna de un millón 
de duros aproximadamente, habían resis- 
tido á todos los halagos que le brindaban 
su nombre y su posición. Su persona re- 
bosaba salud y aseo. Aunque había en- 
grosado bastante á causa de la vida seden- 
taria que llevaba, se conservaba ágil y 
vigoroso; y su fisonomía trasuntaba la fres- 
cura y los aires de la juventud á pesar de 
sus cincuenta y cuatro años. Hu ti'aje era 
siempre modesto y por demás severo: un 
saco cruzado, un pantalón de paño azul, 
y botas irreprochables — resabio de raza 
del que jamás prescindió. Había concluido 
por no tener hora para comer ni para dor- 
mir. Su amorosa hija tenía que insistir 
para que la acompañase á la mesa, y comía 
poco, sin beber vitio ni licores jamás. En 



— 239 — 

cambio era este el momento de sus cspan- 
siones, de sus desahogos jocosos, de las 
bromas comprometedoras, délas lijerezas 
que lomaban por blanco <'i l(js íntimos y que 
dejaba estupefactos <'l los convidados no- 
veles; todo lo cual daba temaá sus enemi- 
gos para atribuirle extravagancias inde- 
centes y rjún delitos soeces cuya verdad 
sólo acreditan sus propios dichos. Jamás 
asistía á fiestas, teatros, paseos ni solem- 
nidades. Cuando era necesai'ia la presen- 
cia del Poder Ejecutivo lo representaban 
sus ministros Arana (') Insiarte. Dos veces 
solamente qucbrantaba-csta regla, el 25 de 
Mayo y el 9 de Julio, que presenciaba el 
desfile de las fuerzas cívicas. No visitaba 
á sus amigos ni á persona alguna, pero le 
gustaba que sus i-elaciones se citasen en 
los estrados de su hija^como efectivamente 
sucedía. Tal cual vez pedía uno de sus 
cal)allos, y solo y de un galope llegaba <l 
su quinta de Palermo cuy(js ti'abajos es- 
taban casi terminados y donde permanecía 
algunos días con sus secretarios de su des- 
pacho inmediato. 

Cierto es que Rosas conservaba á su lado 
tres personas que eran pi-incipaimente las 



— 240 — 

que díjsdc años atrás compartían con él las 
tareas del gobierno y cuyos consejos priva- 
ban en sus resoluciones. Estas eran don 
Felipe Arana y ios señores Tomás Manuel y 
Nicolás de Ancliorena. primos de Rosas. 

La muerte de Várela 

IlI 20 de Marzo de 1848 se perpetró un 
asesinato que por muchos motivos llen(') 
de consternación á los unos y conmovió 
profundamente á todos: — fué el del doctor 
don Florencio A'arela. Mucho se ha escrito 
sobre este episodio doloroso: tócame á mí 
hacerlo también, y lo haré con la concien- 
cia clara que creo haberme formado de la 
verdad, en mérito de los hechos que si- 
guen. Habíanle indicado al doctor A'arela 
que se pi'eviniese contra los asaltos noc- 
turnos que presenciaba Montevideo,, pero 
él no se imaginó que pudieran alcanzarlo. 
Al caer la tarde del 20 de Marzo de 1848 y 
dejando á medio hacer su tarea para El 
Come)-cio del Plata del dia siguiente, salió 
de su casa ó hacer v.}ia i'isita. Una hora 
después regresó á su casa, pero apenas 
hubo saludado á varios amigos que lo es- 
peraban, volvió á salir acompañado de uno 



— 241 — 

de ellos?. Pasadas las 8 de ia iioelie fué vis- 
to en la calle 25 de Mayo frente á la Sala 
de Residentes, hablando con un marino 
extranjei'O y en la cuadra siguiente con el 
Alinistro de Hacienda. 1mi seguida continuó 
solo por la misma calle, á donde había 
atluido la gente á vei- pasar un batallón que 
se embarcaba. ^'areIa dobló por la calle 
de Misiones que estaba solitaria y golpeó 
en el número 90 queei\'i el de su casa. Casi 
simultáneamente con el último golpe, sus 
amigos oyeron quejidos lastimeros. Cor- 
rieron á abrir y en la acera de enfrente 
encontraron el cadáver de^'arelacon nna 
horrible hei'ida de daga que partiendo de 
la espalda le atravesó el pecho y terminaba 
en la parte inferior del cuello. A la clara 
luz de esa noche de luna el asesino había 
desaparecido; y la familia y los amigos de 
\'arela desolados, apenas si podían darse 
cuenta de cómo el asesino había espiado 
momento por momento los pasos de este 
hombre distinguido, sin darle siquiera el 
segundo para mirai-lo como el pérfido He- 
lemius con Cicerón. 

La ingi-ata nueva del asesinato del doc- 
tor Várela voh') con rapidez á todas partes. 



— 2Í2 — 

En el campo del Cen'ito debió saberse á 
mas tardar al dia siguiente. Empero re- 
cio en «El Defensor de la Independencia» 
de 25 de Marzo se registra una carta de 
Montevideo con noticias s(^bre ese crimen: 
«En la noche del lunes, se dice, asesinaron 
al salvaje unitario Florencio ^^arela. Re- 
mito á Vd. El Co7isc)'i:ado/' en que se dan 
detalles de este suceso. Han hecho algu- 
nasprisiones y con actividad trabajan para 
descubrir el criminal, pero donde abun- 
dan los malvados difícil será encontrar el 
verdadero culpable. Merced á las doctri- 
nas que empeñosamente propalaba Várela 
los hombres capaces de toda clase de hor- 
rores sobreabundan en este desgraciado 
país, y él mismo vino á ser una de las víc- 
timas inmoladas por el desenfreno de la 
chusma feroz que oprime <á la población.» 
Y en un capítulo de carta dirijida de 
Buenos Aires al coronel Arana con la mis- 
ma fecha 25 de Marzo se dice: «. . .ahora le 
digo que el 20 á la noche fué asesinado el 
salvaje unitario Florencio Várela con dos 
franceses más.» La prensa de B uenos Aires 
tampoco se ocupó en el primer momento de 
ese asesinato, pues seguía rebatiendo los 



— 243 — 

esfuerzos de pi-opaganda que liasta el fln 
hizo A'nrela en favor de la intervención y 
del derecho y el deber de la Francia á con- 
tinuar su acción coercitiva en este asunto. 
El BritisJi Pacliet anunci»') recién en su mi- 
mero de 25 de Marzo 5;(]ue entre las vícti- 
mas de los desórdenes criminales de que 
es teatro oMontevidco. una era Florencio 
\'arela, abogado do la intei'vención anglo- 
francesa.» 

Refiriéndose á estas líneas escribía 7:7 
Coiíscrrador de Montevideo del 27: «r^sahí 
donde vemos las primeras [)alabras de la 
prensa de Buenos Aires sobro el asesinato 
del doctor N'aiela. Sabíamos bien que así 
hablai'ían los escritores de Rosas, que cul- 
pai'ían á la situaci(')n de Montevideo ese 
bárbaro crimen; poro ahí es t.á la población 
de esta ciudad y la de Buenos Aires para 
respondei' á esa burla más criminal aún 
con que el autoi- de esa muerte hace más 
horrible su delito. Todos tienen en la con- 
ciencia el nombre del asesino de \'ai'ela, y 
ninguno se equivoca. 

Era necesario que los nuevos negociado- 
res de la paz en el Plata fueran recibidos 
con esa p!-ueba irrecusable del despotis- 



— 244 — 

mo poderoso de que ostenta el Dictador de 
Buenos Aires.... 

Y es ;á este articulo que contesta Di Ga- 
ceta Mercantil así: 

«Quiere que la prensa do Buenos Aires 
hubiese hecho la necrología de^'al■ela: por 
nuestra parte no podemos sino execrar sus 
atentados, sin detenernos ya sobre los des- 
pojos de un muerto, en quien como revol- 
toso y traidor á su patria se ha verificado 
la sangrienta teoría de Saturno devorando 
sus propios hijos. Tal es siempre el ftn 
desgraciado de semejantes hombres. Mu- 
ri(') como había vivido desde el 1° de üi- 
ciembre de 1828.» Kn seguida de estas 
palabras inexorables como los hechos que 
le servían de fundamento, La Gaceta le- 
vanta la imputación velada que hace El 
Cu>¿6c;v:í¿f/ü>* al general Rosas, si bien ella 
vá directamente al general Oribe. Hay una 
causa visible del asesinato de Várela y de 
purción de per.sonas que han caído y caen 
en Montevideo bajo el golpe de los asesinos 
aún á la luz del dia, desde el asesinato del 
joven Mr. Dickson. VA asesinato de Várela 
es efecto de la misma causa progresiva- 
mente agravada ; y, por otra parte, no cua- 



— 245 — 

<ji'a á los (,'cuisantes de tales esc;indalos, á 
los que han declarado ante el Consejo de las 
naciones neutrales su impotencia para 
repi'imiiios, imputar sus propios actos al 
general Rosas » 

La prensa del Brasil se ocup<'» igualmente 
de este asunto. 

El Joraal do Conierco trascribió los artí- 
culos de El (,'onservador, sin emitir opini(jn 
decisiva. El Ainerica/io de Rio Janeiro del 
8 de Abril se pregunta: /.Quién fué el ver- 
dugo de Várela? /.Quién ai-mó el brazo del 
asesino:' Los rumores por sí solos no pue- 
den formar prueba. Dice El Coitscrrador 
que Várela aterraba á los generales Rosas 
yOribeyqueéstos procuraron concluir con 
él para quedar tranquilos. Sentimos que 
haya hombres de ;íiiimo tan duro que 
cuando deberían tenerlo lleno de justo pe- 
sar, den entrada en él al sentimiento re- 
pi'obado de la calumnia. Si Várela nunca 
aterr») ;i hjs generales Rosas y Oribe en 
épocas críticas pai-a la causa de la legali- 
dad. /Coirio los habría de at'.-rrar ahora 
cuando el triunf() de esta causa est;'i, por 
decirlo así, asegurado:'» Y examinando el 
asesinato;'» Ja luz de los hechos, tal como 



— 2i() — 

se pasaban en Monlevideo, agicga: «La 
ciudad de Monlevideo está dividida en dos 
parüdos que se odian pi-ofuiidamente: el de 
los a rgenlinos emigrados y el de los orien- 
tales riberistas. Lo que estos partidos se 
dispulan es ejecutar las órdenes de los in- 
terventores. Adem;is hay los extranjeros 
armados que dan el triunfo al uno ó al otro 
partido con el cual se unen. En Abril de 
184() el de los orientales hizo una revolución 
ayudado por los franceses y vascos. Entre 
los crímenes hoi'rorosos que entonces se 
comeliei-on, el coronel Estivao fué degolla- 
do y su cadáví 1' aii-aslrado por la calle. 
Últimamente el pai'tido argenlino subió al 
poder y ^'arela era su oráculo: el gobierno 
oprimía cada vez más á sus contrarios y 
¿qué extraño es que Várela excitase odios 
profundos, de modo que el cuchillo que 
asesinó á l-^stivao se emplease en el tam- 
bién? Juzgamos que \'arela fué víctima de 
los que forman el partido que le era opues- 
to; y no podemos menos que recordar que 
debe tener una parte en este crimen la 
monstruosa doctrina propagada por el 
gobierno de Montevideo de que es acción 
santa v digna de un varón fuerte asesinar á 



— 247 — 

íiquellos que tiranizan á su patria. Imbui- 
dos ios (luimos en semejantes doctrinas, 
las pasiones se erigen en jueres, llaman á 
su ti'iljunal álos conli-in-ios políticos, los 
juzgan, y el bi-azode un fanático vá pronto 
áejei!utar su sentencia.... ^lurió ^'arela! ... 
Como hombres sentimos infinito su muer- 
te, y maldeciremos siempre á cualquier 
asesinoque hiciese perecer al más irrecon- 
ciliable de nuestros enemigos.» 

l'lstos ecos de la prensa nacional como el 
de la bi'asilera que es el más injparcial y 
levantado, dan p;'ibulo á las conjeturas, 
pero no descubren la verdad : como tam- 
poco parece que la descubrieron el gobier- 
no y la justicia de Montevideo. Los parti- 
darios se adelantaron acusando al general 
Oribe, llegando algunos á decir que éste 
había procedido de acuerdo con el general 
Rosas. 

Un antecedente conocido de algunos an- 
tiguos vecinos i'espetables de Montevideo 
que viven aún, conducii'ía áserexacto, á 
determinar las circunstancias y aún los 
míuiles que prepai'aron y decidieron ese 
asesinato. Solía ir por objetos de comercio 
al puerto del Buceo un natural de las Ca- 



— 2Í8 — 

narias llamado Moreira, liombi'c avisado y 
ladino y que sirvió alguna vez do interme- 
diario entre Oribe y otras personas con 
quiénes éste tenía que hacer por motivode 
intereses. Nadie salíía cómo se componía 
Moreira para entrar en Montevideo y per- 
manecer en la plaza varios dias que em- 
pleaba generalmente en vender á precios 
i'azonables varios artículos de consumo. 
Era antiguo camarada de un su conna- 
cional llamado Andi'és Cabrei-a, hombre 
avezado á los rigores de la vida del 
conti-abandista, y que tampoco tenía per- 
manencia fija en Montevideo con ser que 
se había formado una familia con una 
mujer joven y de rara belleza. 

Una vez penetró Moreira como de cos- 
tumbre á casa de su amigo y. . . aquí entra 
lo grave de ese episodio doloroso, rodeado 
de sombras que no le permiten tomar asi- 
dero fijo al historiador imparcial... En- 
contró allí á un caballero quien al verle 
saludó y salió. Preguntó por el motivo que 
lo llevaba allí y se le respondió que bus- 
caba un empleado que vivía en la inme- 
diación. Al saber que Cabrera se había 
ausentado dos dias antes, Moreira se retiró 



24í) 



también, 'i res dios después vio en Ira r al 
mismo caballero en la casa de su amigo. 
En otra de sus vueltas á la plaza, Moi-eira 
creyó llenar un deber de amistad anun- 
ciándole ii (labrera que liabia visto en su 
casa al doctor ^'arela. Aunque no se pu- 
diese argüir más que sospechas. Cabrera 
montó en cólera y se desató en amenazas 
é improperios tanto más ardientes cuanto 
que, como es sabido, t^dos los canarios 
eran partidarios de Oribe. 

Ahora bien : <:Moreira expioti't la pasión 
exacerbada de Cabrera para sacrificaí- al 
doctor X'iirela por mano de esle? /. Pro- 
<'edió asi de acuei'do con Oribe? Vur la 
singular combinación de ese encuentro 
inesperado lo que le proporcionó á Oribe 
el medio que buscaba, si es que lo bus- 
i*aba : ó Cabrera procedi<'> po!- sí solo, yá 
impulsos de su pasión .inebatada. descar- 
gando la venganza paia aplacar el furor 
de los celos que lo atoi'tncnlaban ;* l-;sto es 
lo que no se puede deslindar con concien- 
<:ia. Mn cuanto al móvil del asesinato, dice 
<in cai-ta de Marzo de 1891 el señor don 
Mauricio Blanes, encargado el año 48 del 
telégrafo de señales del campo de Oribe : 



— 250 — 

« Recibí (jrden del señor Pi-esidente Oribe, 
de preguntar á mi corresponsal secreto en 
Montevideo, si el hecho era cierto. . . con- 
tinuando el pedido de explicaciones se 
llegó á indicar, entre otras cosas, alguna 
de carácter privado, y después pareció que 
la opinión general atribuía la muei'le del 
señor Várela á motivos extraños á la po- 
lítica. En el campo sitiador la opinión veía 
en la muerte del señor Várela causas par- 
ticuiai'es entre la víctima y el victimario. . >y 
Por lo demás faltan los datos preciosos 
suministrados por el proceso> y faltan, 
porque ese proceso se perdió en manos 
de los que más interesados debían estar en 
el esclarecimienlo de la verdad. Guando 
después fué acusado Cabrera de haber 
asesinado al doctor \ arela, constituyóse 
en Montevideo un jury de magistrados 
para entender en esta causa. Instruyóse el 
sumario que absorbió tiempo y labor, como 
que se agotaron las diligencias del procedi- 
miento en loci'iminal. Lo que únicamente 
consta es que Cabrera fué condenado y 
permaneció en la cárcel de Montevideo 
hasta que producida la revolución de don 
Bernardo Berro, las puertas de su prisión 



— 251 — 

le fueron abici-tus con cjomplai n()blo/.a 
por el ent(Jnces ministro D. Héctor F. Vá- 
rela, hijo mayor del doctor don Floioncio. 
Kn cuanto al proceso de Cabrera, nadie 
dice liaberlo visto, porque se perdió. Muy 
posteriormente á esto, y con motivo de 
una discusión que sostuvo en la prensa ;i 
propósito de una supuesta carta de Rosas 
á Oribe, sobre el asesinato de Acárela, el 
doctor Juan CíU'Ios Gómez, antiguo enemi- 
go de Oribe. declar<'> públicamente bajo su 
firma «que él foinió parte del jury que 
entendió en el proceso seguido á los asesi- 
nos del doctor \'arela. Que Cabrera pudo 
«•ompi'obar cómo, con amenaza de su vida 
y la de los suyos. Oi'ibe lo había obligad» » 
irremediablemente ¡i pei-petrai- ese asesi- 
nato: que Oribe no fui' jiunás oído enjuicio^ 
¡I que el proceso se perdió. ¡cjnoríUidose luistd 
(üiord su. ¡Kiradcro » . 

Aiin admitiéndola en lodos sus téi'miuos. 
esta declar<ici(')n lejos di; traei' mayor luz 
<|ue la qu(í había, !(,• quita al critei'io legal 
los puntos indispensables para fijai' la cul- 
pabilidad. Xo habiéndose oído enjuicio 
<i Oi-ibe, no pud(j suslanciai-se elsumai'io, 
ni de consiguiente hubo plenario en rigor 



— 252 — 

de derecho. Cabrera pudo decir eso y 
mucho masen su descargo, porque en ma- 
teria criminal nadie estn obhgado á decla- 
rar contra sí mismo, y porque en la duda. 
y salvo prueba en contrario, los hechos se 
interpretan en lo que sea favorable al acu- 
sado. Por otra parte, personas que se de- 
cían bien impuestas aseguraron que de 
las declaraciones y piezas de ese proceso 
sensacional que tan intempestiva cuanto 
inconcebiblemente se perdió, no resulta- 
ban los hechos tal como lo aseguró última- 
mente el doctor Gómez. Cabrera fué el 
que mató, es evidente. Pero lo que no es 
evidente es que Oribe pusiese el puñal en 
manos de Cabrera y lo ordenó que matase. 
Llamado á decidir como juez, yo daría en 
conciencia mi fallo ajustado áesta conclu- 
sión. El que posee ese proceso, si es que 
alguien lo posee, es el único que podría ha- 
cer toda la luz en esto asunto, rindiendo á 
la historia un verdadero servicio y contri- 
buyendo, si evidente aparecía el asesinato 
político, á anatematizarlo como exceso de 
la ignominia humana que hace descender 
á los partidarios enceguecidos por el odio 
al bajo nivel délos salteadores de caminos. 



— 253 — 

Por lo demás, ni entonces ^e apartó ni 
hasta ahora ha podido borrarse la creencia 
general de que el doctor Várela fué asesi- 
nado de orden del general Oribe. Y sea 
porque Rosas se creyó .'i cubierto de toda 
sospecha, ó porque en esos mismos dias 
llegaron los nuevos negó 'iadores de la 
Gran Bretaña y de Francia, y la atención 
pública qued(') pendiente del giro definitivo 
que se daría á la cuestión que mantenía la 
Confederación con esas dos grandes po- 
tencias desde el año 45, la prensa de Bue- 
nos Aii-es, después de hacerse cargo de las 
acusaciones vagas que hacía la de Monte- 
video;, no se ocup('» más de ese hecho tristí- 
simo. 

La eutrefsa de Martiu Garcia 

Y DE LA <^'¿b DE MAYO» 

En seguida de firmada la convención de 
24 de noviembi'e de 1849, el general Rosas 
elevó á la Legislatura todos los anteceden- 
tes de la negociación Southern-Arana, so- 
Ucitando la correspondiente autorización 
para ratificar esa convención en los térmi- 
nos de su art. 8". — La Legislatura otorgó 
dicha autorización el 24 de Enero de 1850, 



— 25i — 

(lirijiéiidijle al general Rosas una ñola en 
la que hacía i'íjsaltar lo importancia tras- 
cendental del resultado que había obteni- 
do, l'^l pueblo manifest('» su regocijo por la 
terminaci(')n feliz de una cuestión en la que 
había comprometido todos sus esfuerzos. 
Las aufoi-idades se asíjciaron á esta ma- 
nifestación mandando que las bandas de 
música de los batallones cívicos recorrie- 
sen poi" las noches las plazas y calles em- 
bandei'adas é iluminadas por la policía y 
el vecindario en genei-al. Kvi la noche del 
mismo dia 24 tuvo lugar con t(^da la so- 
lemnidad y pompa posible la recepción ofi- 
í'ia! del caballero Southern en su carácter 
de Ministro Plenipotenciario de S. ]M. B. El 
general Rosas, rodeado de los funcionarios 
públicos, prohombr :!S de la independencia. 
y militares de las campañas de los Andes, 
de Chile y del Perú, al recibir de manos del 
caballero Southern la carta regia que lo 
aci'editaba. díjole que se sentía doblemente 
satisfecho de reconocerlo en tal cariácter, ú 
éA, que hahm comprendido bien el recto es- 
pirita de su (rohierno // el buen derecJto de 
la Repi''blica: y contraído un niériío especta- 
ble ante las dos Xacionps, ante la América // 



— 255 — 

ante hs liombrcs (imantes de la jv..-;ticia ij de 
1(1. Jiynianidad. 

\\n el mismo acto de la recepción la ba- 
tería de la CDsla hacía una salva de 21 ca- 
ñonazos, la cual fué contestada pocos días 
después poi- la fragata Soi'fliaynpton de 
S. M. B. con el pabellón ai'g uitino ;d tope 
de la proa. 

Desde luego el ministro Southern proce- 
dió á dar cumplimiento al artículo 1" de la 
Convención de 2 i de Noviembre. Con este 
objeto le escribió al contra-almirante bia- 
tánico queevacuase la isla de Martin Garcia: 
y en 25 de Febrero de 1850 le comunicaba 
oficialmente al ministi'o Arana que «que- 
daba evacuada definitivamente la isla de 
Martin Garcia por la fuerza británica, y que 
ningún vestigio queda de haber ella sido en 
todo ó en parte ocupada por dicha fuerza.» 
Pero faltaba todavía que el pueblo argen- 
tino presenciase — esa vez sola desde que 
surjió ala vida independiente hasta los días 
en que escribo — la reparación solemne que 
por el ultraje hiferido á su bandera le daba 
la primera nación marítima del mundo; y 
que la América que acompañó con sus sim- 
patías á la Confederación agredida por dos 



— 25G — 

gi'ciudes potencias, viese en la aclitiul ca- 
balleresca de la Gran Bretaña el principio 
de una nueva era que !a permitii'ía abrir 
sus senos fecundos á la acción civilizadoi'a 
de esa gran nación que ha llevado la si- 
miente del progreso y déla libei'tad ;'i todos 
los puntos de nuestro globo. Kn nota del 
mismo 25 de Febi'ero le comunicó el mi- 
nistro de S. M. B. al ministro Arana: «Los 
buques de S. M. SoutlKimptoii y Jlcn^pi son 
acompañados por el buque de guerra ar 
gQuWno '^ó de Mayo, que el almirante Bar- 
rington Reynols tendr<\ la honra de entre- 
gar ;■» las autoridades que S. !•]. el señoi- 
Gobernador tenga á bien nombi-ar para que 
se hagan cargo de él; y. al entregarlo, la 
fragata de guerra de S. M. Southampíou 
tendrá igualmente la honra de saludar con 
los veintiún tiros de cañ(3n al pabellrní na- 
cional de la Confederación Argentina.» El 
gobierno argentino comisionó al capitán 
del Puerto para que se recibiese del buque 
argentino y este funcionai-io dio cuenta de 
todo ello en los siguientes términos...: 
«llegando á bordo de la corbeta de guerra 
nacional 'J.' de Mayo, fondeada en los Po- 
zos, el señor Dalton, comandante del vapor 



— 257 — 

de guerra ILirpi de S. Al., li. me manifestó 
la óiden que tenía del señor contra-almi- 
i'ante de las fuerzas navales de S. M. B. de 
entregar dicha corbeta, la que fué recibida 
por o! infrascrito enarbol.'indose inmedia- 
tamente el paballon nacional de la Confe- 
deración Ai'gentina, en cayo acto la fragata 
degacrra Sonthampton de S. M. B. en ciui- 
pliraiento de lo estipulado en la coRceación 
de 21 de Xoriembre, hizo un scdudo de '31 ti- 
ros de ca'tíjn manteniendo ena)'bolado el pa- 
bellón argejitino al tope de proa. Este saludo 
fué contestado por (!l l)ei'p,antin de gueri'a 
nncioiinl Esteran.)) 



El ie$;n(i(> de San Atttrtín 

Cuando llenábase de densos nubai-i'ones 
el horizonte hacia fines de 1851, sin que los 
esfuerzos del ministi't^ ge.iei'al Guido pai'a 
desviarlos, ni la ñnnezii del gobierno ai- 
gcntino pai'a atVontni'lüs, bastaran á con- 
tenerlos; acaeció en Francia l.i mueile del 
Libeitadoi" San Martin, del (jue nado en 
las sublimes intuiciones de los grandes 
<iOnquist('» un;i vez pof siempre la inde- 

9 



— 258 — 

pendencia de parte del conlineute que una 
vez por siempre descubrió Colón para la 
civilización. Ya en 1848 el Libei'tador le 
manifestaba á Rosas que, casi ciego y en 
medio de sus achaques, no le quedaba más 
que la reserva, que era la resignación. Su 
organismo robusto liabíanlo doblegado 
prematuramente los trabajos, los sufri- 
mientos y hasta los pesares recogidos en el 
camino que el llevó; sin descender jamás á 
los bajos niveles donde pululan los débiles, 
porque alumbrábanlo cariñosamente las 
virtuosas claridades de su espíritu. Puede 
decirse que la apacible bonanza y el goce 
intimo de la vida, experimentólos i'ecién 
en su ostracismo voluntario, desde donde 
asistía á su posteridad que hacía el apo- 
teosis de tanta gloria. Y así y todo se ha 
visto cómo salió de su retiro para poner la 
autoridad de su palabra y el prestigio de su 
nombi^eal servicio déla causa qu > sostenía 
el general Rosas en nombre de la Confede- 
ración Argentina contra la intervención an- 
glo-francesa, la cual, según su declaración, 
«era tan justa para los argentinos como la 
déla independencia americana». Este fué el 
ultimo servicioque prestó á su patria, co- 



— 2b'J — 

mo que su iiillucnci.i pe^(3 y pesó bien en 
el ñnimo do los políticos franceses llama- 
dos por entonces á decidir el asunto de la 
interveiK'ií'tn en el Rio de la Plata. E\, que 
había conquistado la inmortalidad, fué el 
quo menos vida corpíu-ea alcanzó de todos 
esos bi'i liantes guei'i'eros que lo vieron in- 
dependizar ;'i Chile y al Perú, y á quienes 
hemos contemplado casin<inagenanos; re- 
líqueas de bronce de una edad de oi'O, focos 
de una luz que con ellos se extingue para 
siempi-e. vínculos que alentaban á los nie- 
tos con las aui'as de aijuellos gi-nndes días 
({ue iluminaban pereniiementela fisonomía 
de que esos héroes homéricos en cai-ne y 
hueso! 

1*^1 Lih(.M'lador Don José de San Martin 
expir(') en los brazos de sus hijos el 17 de 
Agosto de 18r)0, en Boulogne sur Mer. I-^llo 
caus(') viva en los altos circuios políticos 
y sociales de Francia é Inglaterra donde el 
n(^mbre de San Martin se pronunci<iba con 
respeto y admiracií'tn; y la prensa ti'ibut*') 
merecido homenaje á sus hazañas y .á sus 
virtudes. Le Jonnidl des Debáis lo califlca- 
ba de -eminente guerrero-legislador: y re- 
señaba la carreía militar de San Martin 



— 260 — 

hasta que regi'esó ásu patria la República 
Argentina, donde fué encargado de organi- 
zar el ejército de los Andes con el cual 
emancipó á Chile.» Prosigue el diario nar- 
rando las campañas de Chile hasta que San 
Martin después de tomar Lima fundó la 
independencia del Perú y agrega: 

«El general San Mai'tin tuvo una entre- 
vista con el general Bolívar en Guayaquil 
y se ocuparon de los planes para poner tér- 
mino á la lucha por la emancipación ame- 
ricana. San Martin comprendió que su 
presencia podía ser un obstáculo al interés 
general y cedió noblemente al general Bo- 
lívar la dirección de los negocios. Domi- 
nado siempre del noble deseo de sacrifi- 
carlo todo á la causa de la independencia, 
y para que su nombre no fuese una tea de 
discordia en la organización de los nuevos 
Estados Sud-Americanos, se alejó del tea- 
tro de sus hazañas, y vino á Francia en 
1822 donde ha permanecido siempre ale- 
jado de las estériles convulsiones que los 
han dilacerado.» [je Conrrier du Havre 
al reproducir los rasgos biográficos conte- 
nidos en el diario aludido y en La Presse^ 
escribía: «Ha muerto uno de los más gran- 



— 201 — 

des ciudadunosque huya pruducido la re- 
volución de lo América del Siid. I>1 gene- 
ral San Martin reunía todas las virtudes 
que Plutarco ha inmortalizado en la vida 
de los hombres célebres. Nadie ha sido 
más valiente y hábil sobi'c el campo de 
batalla, más prudente y capaz en los con- 
sejos; ninguna vida política ofrece el ejem- 
plo de una abnegación más completa y de 
un patriotismo más puro y modesto des- 
pués del triunfo siempre y de la victoria 
sobre todo.» 

Don Mariano Balcarce, encargado de la 
Legación Argentina, y yerno del Liberta- 
dor, al darle cuenta al general Rosas de la 
triste nueva que privaba «á la Confedera- 
ción Argentina de uno de sus mas leales 
servidores, y á V. E. de un digno é impar- 
cial apreciador de sus eminentes servi- 
cios», le manifestaba que, como albacea y 
en cumplimiento de la última voluntad del 
Libertador, ponía en su conocimiento la 
cláusula tercera del testamento del ilustre 
muei'to, la cual rezaba así: «El sable que 
me ha acompañado en toda la guerra de la 
independencia de la América del wSud, le 
será entregado al general de la República 



— 2G2 — 

Argeiiliiia don Jaatí Manuel de Rosas, co- 
mo una prueba de la satisfacción que como 
argentino lie tenido ai ver la firmeza y sa- 
biduría con que ha sostenido el honor de 
la República contra las injustas preten- 
siones de los extranjeros que trataban de 
humillarla.» Tan insigne honor le fué dis- 
cernido al genei'al Rosas, por sobre los 
argentinos mas ilustres, por mano del que 
mejores títulos que ningún otro argentino 
tenía para premiar el mérito contraído ante 
la patria. Poi-que cuando el Libertador 
otorg(') su testamento (1844) vivían el cx-di- 
rect(~>r supremo Peuyri'edon, su amigo y 
<iolaboradoi' en la formaciíJn del ejéi'cito 
de los Andes y expedición á Chile; el Gene- 
rid Guido, su antiguo consejero y amigo 
íntimo en su política y en sus campañas; 
Rivadavia, el prohombre de la revolución 
social argentina; el general Alvear, su an- 
tiguo compañero de la I-(')gia Lautaro , 
vencedor de Montevideo é Itu/.aingó; el 
general Soler, antiguo mayor general del 
•ejército de los Andes: el gran mariscal 
Necochea, hij(j predilecto de sus glorias; 
el general Las Heras uno desús héroes mi- 
mados; sus lugartenientes los generales 



— 2G:3 — 

A.lvHrad(» y l'^iirique Maitiiicz; clon Manuel 
do Sarratea y don Tomás de Ancliorena 
prohombres de la revolución de 1810. Kn 
coi-roboración de ello, el hijo político dei 
general San Martin le dirigió al general 
Rosas su nota del 29 de ^Setiembre inclu- 
yéndole copia legalizada del testamento 
mencionado, «cuyo oi'iginal decía, queda 
depositado en el archivo de esta Legación, 
y servii'á de testimonio constante de la 
satisfacción que experimentó tan eminen- 
te argentino por los heroicos servicios que 
harendido V. E. á la Confederación y á la 
independencia de toda la América.» 

Casfros. 



Chilavert 

El coronel don Martiniano Chilavert fue 
una de las víctimas inmoladas en aras de 
la malaconsejada saña del vencedor. Con- 
ducido como un criminal desde el campo 
de Caseros donde fué rendido, hasta Pa- 
lermo, Chilavert se propuso morir como 
hombre reconcentrado en su genial ente- 



— 2GÍ — 

•reza: que no quiso levantar á su pequeño 
enemigo juzgándolo capaz de atenerse á los 
supremos preceptos del honoi* militai- que 
Jo amparaban á él como prisionero de 
guerra. Sabía que lo sacrificarían. Su flel 
asistente el sargento Aguilar, se lo repitió 
en la misma noche de la batalhu suplicán- 
dole entre lágrimas que huyese con su 
€aballo que él le había conducido hasta 
pocas varas de Maldonado donde se halla- 
ba sin particular custodia. — Pobi'e Aguilar. 
le dijo Chilavert. te perdono lo que me 
propone tu cariño. Los hombres como yo 
no huyen. Toma mi reloj y mi anillo y 
dáselo á Rafael (su hijoi: toma mi caballo 
y mi apero y sé feliz. Adiós.» Y rechazó la 
oportunidad segura de escapar á la ven- 
ganza. Sin embargo, el general Urquiza 
mandí traerlo á su presencia. ¿Para qué, 
si no era para levantarse gi-ande como la 
gloria que le discei'iií en los vencedores 
alargándole su manoá ese militar caballero 
en la desgracia? Quiso ver humillado al 
que una vez lastimó su amoi' propio de 
amante: ó qu(í en su presencia se agranda- 
se su antigua querella para justificar de 
algún modo el tremendo desahogo que 



— 205 — 

iDcdiInba chirle ;'i su dcspcclio.' ¿Se propuso 
comprai' con su perdón la adhesió:i ilimi- 
tada del prisionero que era reputado el 
primer ai'tillero de la República? Lavalle se 
resistió á ver á Borrego antes de hacerlo 
fusilar también poi- su orden y por sinies- 
ti'os consejos, que también mediaron res- 
pecto de Urquíza. ;i punto de presentarle la 
muelle de Chilavert como necesidad para 
quitarse de encima un enemigo implacable 
y declarado. De cualquier modo, y conoci- 
dos el temple y el carácter de Cliilavert, se 
puede presumir cual sería su actitud, y la 
soberbia entereza con que al vencedor res- 
pondería. «^'aya no mas. > díjole el gene- 
ral: y le ordena <á su secretario que lo hi- 
ciera fusilar como traído!', por la espalda. 
Hay tormentos cruel(\s que soporta el 
hombre fuerte mientras la dignidad se 
siente en la propia sangre, y hasta el ins- 
tante en que la vida se vá. Pero lo que no 
puede soportar el hombre que rindió culto 
invariable á la siempre grata religión del 
honor, porque ello vale más que diez vidas, 
es que se le quiera' degradar y deshonrar 
en el i'ecuerdo con ocasión del estigma 
que acompaña al genero de muerte infame- 



— 266 — 

ñ queso le condeno, más infame todavia 
que la que las leyes escritas asignan á los 
parricidasyá los pirata?. Es lo que le suce- 
dió á Ghilavert. Cuando el secretario del 
general Urquiza le notificó su sentencia, el 
viejo militar de Ituzaingó habría querido 
ahogarlo por sus manos y morir siquiera 
presa de la tremenda ira de su honor 
ultrajado. Un oficial — probablemente un 
miserable— quiso asirlo para ponerlo de 
espaldas. . . Fué como el bofetón en la me- 
jilla, como el contacto do la mano impura 
en el seno de la virgen, la herida traidora 
en el pecho del \oñn rugiente. . . El oficial 
fué á dar á tres varas de distancia, y Chila- 
vert, dominando á los soldados, golpeán- 
dose el pecho y echando atrás la cabeza, les 
gritó: Tirad, tirad aquí, que así mueren los 
hombres como yo! Los soldados bajaron 
losfusiles. . . El oficial los contuvo. Un tiro 
sonó. Ghilavert tambaleó y .su r<jstro se 
cubrió do sangi-e. Poro se cousí'i'víj de 
frente á los soldados gritándoles: Tirad al 
pecho! El prodigio do la voluntad lo mai]- 
tenía de pié; que tampoco el hacha troncha 
de una voz sola la robusta encina. El oficial 
y los soldados quisieron asegurar á la victi- 



i>(;7 



iiiíi. l'Jit<')iK"OS hubo una lucha salvaje, 
espaiitoí^a. Las bayoiietas, las culatas y las 
espadas fueron iosinstriinieiUosdcl marh'- 
rioque postnUil fin á Chilavcrt. Pero su 
fibra palpitaba todavía. Kiivuelto en su 
sangre con la cabeza partida de un hacha- 
zo y todo su cuerpo convulsionado por la 
agonía, hizo todavía el ademan de llevarse 
la maiioal peclio. Mra el ¡tirad aíjuí! ¡tirad 
aqui! que los soldados debieron oír con 
hoi-ror en sus noches solas, como es fama 
que Santos Pérez oía el lamento del niño 
que degoll('). 

Todos condenaron el fusilamim todeChi 
labert, si se exceptúa los que explotaron 
el ánimo del general Urquiza paia vengar 
poi^ese medio antiguos resentimientos con 
aquel distinguido militar que 1(js había 
puesto en transparencia. \'casc cómo lo 
explican jefes caracterizados del ejército 
aliado: «'Chilavert fué hecho prisionero en 
la batalla, dice el comandante en jefe de la 
izquierda en Caseros, y no habiendo sid o- 
muerto en el acto de su prisión, parece 
natural suponer que el motivo por el cual 
se le privó de la vida, fué posterior á la ba- 
talla. El secretario del general en jefe, me 



— 268 — 

dijo: que el general no había tenido inten- 
ción de fusilarlo, pero que liabiendo sabido 
que Chilavert había dicho que tenía la con 
ciencia de haber servido á la independencia 
de! país sirviendo a Rosas, y que si mil ve- 
ces se encontrase en igualdad de circuns- 
tancias, mil veces obraría del mismo modo* 
lo mandó matar. Yo casi no dudo que así 
fuera: y creo además que el que llevó ese 
chisme al general, pondría de su parte al- 
gunos agregados como para excitar la có- 
lera de éste contra aquél. De cuan ¡os males 
se vería libre la sociedad, si los hombres 
que figuran en puestos eminentes, fuesen 
inaccesibles á esa turba de aduladores que 
forman de ordinario su cortejo! Las pér- 
fidas sujestiones cederían entonces su lu- 
gar á los consejos de la honradez y de la 
lealtad: y do este modo el arrepentimiento 
délas malas acciones que aquéllos acome- 
ten poi' inducción ó por engaño, no vendi'ía 
nunca á c>ng(jjar sus ánimos ni á pertur- 
J3ar su sueño!! (Cesar Díaz). 

El entonces teniente corone! Domingo 
F. Sarmiento, i-edactor de! líiletin del 
Ejército que hizo la campaña de Caseros , 
dice al respecto: 



— 2(59 — 

«— ^-Por qu('' mató, general, á Cliilavert 
al d¡a siguiente déla batalla, después de 
la conversación que tuvieron? Todo el 
í^Jército se quedó asombrado sin saber por 
qué causa secreta, pues aparente no había, 
se deshacía de Chilavert. Contemplando 
con Mitre el cadáver desfigurado me decía 
¿á quien habrá degollado el general en este 
pobre Chilavert? Xo sé por qué me pare- 
ce, replicábale yo, que es al artillero cien- 
tífico. Acertaba yo, general. ¿Qué miste- 
riosa coincidencia sería, que los tres arti- 
lleros de la república, los generales Paz y 
Piran y el coronel Mitre se encontrasen re- 
unidos contra S. p].? Chilavert era el único 
que le quedaba para oponerles, por su ha- 
bilidad y su valor. . .:> (Carta de Sarmiento 
i\ l'rquiza. Santiago de (~lhile. 1852). 

Rosas en ei ustracism» 

su MLERTr. 

Kl ('onfUct que conducía á Rosas llegó 
á Dabomport á últimos de Abril. Rosas 
bajó á tierra y visit<) los establecimientos 
de la corona, acompañado de los piinci- 
pales empleados civiles y militares. Al 



— 270 — 

fondear ese barco en PIynioutli, dos dias 
después, Rosas fué recibido oficialmente 
por las autoridades militai'es del punto y 
con una salva de cañón. Los ecos de este 
recibimiento como á soberano, provocaron 
una interpelación en la cámara délos lores 
lo que dio motivo á que el lor Malmesbury, 
si bien negó que el ministei'io bubiese im- 
partido ordenes para que se rindiesen ho- 
nores oficiales á Rosas, biciese el elogio de 
éste, declarando que las autoridades de- 
partamentales babrían queridosi guiñear 
su respeto á un gobernante con quien la 
Gran Bretaña liabía concluido actos tras- 
cendentales y que tan generosa y dig- 
namente babía acqjido á los subditos 
británicos. El duque de Nortbumberland. 
jefe del gabinete, se expresó en términos 
análogos, agregando que si los lores pen- 
saban que se babía procedido mal. él se 
constituía de ello responsable; y la cámara 
se dio por satisfecha, aprobando todo lo 
hecho con ocasión déla llegada del gene- 
ral Rosas. 

Pero la situación del general Rosas era 
en extremo precaria. MI, el i>?o><cr infatiga- 
ble, el iniciador de los proyectos fecundos 



— 271 — 

en laí< grandes industi-ias de las campañas 
de Buenos Aires; que con el sudor de su 
trabajo de 20 años llegó á ser un opulento 
hacendado antes de ser llamado al gobier- 
no, se encontró con que no tenía con que 
vivir y en país extraño. VA gobierno provi- 
sional de Buenos Aires, movido por su 
ministro el doctor Valentín Alsina y otros 
enemigos de Rosas, confiscó todos los bie- 
nes de éste, por decreto de ir, de Febrero 
de 1852, a pretexto de resarcirse el Estado 
de la malversación que ésto hiciera de los 
dineros públicos y comprendiendo en tal 
confiscaci'Jn los bienes de los hijo^ del 
mencionado general. 

FA apoderado y antiguo amigo de Rosas, 
don Juan X. Terrero, reclamó de la confis- 
cación ante el director provisoi-jo de la 
Con fedi ración; y el general Ui-quiza elevó 
la reclamación al gobernadoi* con una nota, 
en la que pidiéndole una resol uci(')n equita- 
tiva, le decía: "El general Rosas, aii'ojado 
al otro henn'sfei'ioy i'educido á implorai' un 
asilo en país extraño, excita tal vez la com- 
pasión: <:Con vendará también condena i"le á 
que mendigue el pan que lo ha de alimen- 
tar en el destiei'ro:' Se (ixtenderá t.vimlíién. 



— 272 — 

esa pena luista los hinocentos hijos del 
general Rosas? «Ese gobierno encontró 
ajustadas las consideraciones del general 
Urquiza: y sin perjuicio de haberse abro- 
gado como gobierno provincial (provi- 
sional ó permanente) título paro imponer 
una pena como la de la confiscación, sentó 
que ano era él competente para resolver 
diñnitivamente sobre la petición deducida: 
que ello competía á las autoridades nacio- 
nales próximas á constituirse, por cuanto 
Rosas había ejercido poderes nacionales. 
Como dos días después dimitiera el go- 
bierno provisional, el director elevó la di- 
cha petición al Consejo de Estado, que lo 
formaban notables de todos los partidos, 
como don Nicolás de Anchorena, Bernabé 
de Escalada, Del Carril, Pico, Martínez, 
Barros Pazos, Llavallol, Moreno, Alcorta, 
Gorostiaga, Guido, Bedoya, Lahitte y Ara- 
na. La cuestión se ventiló desde la región 
serena de una alta filosofía. El general 
Guido estudió el gobierno de Rosas á la luz 
de la ley que lo creó y de la opinión que lo 
robusteció inequívocamente, y refiriéndose 
á la pena de confiscación propuesta, sepro- 
nunciócontraella diciendo: «Si el general 



— 273 — 

RuSci8 ha lic'clio mal uso <l(j la suma del 
poder, si á consecuencia de esto algo hay 
que castigar, snia resj^onsable no solo ol 
general Rosas, shió la Junta do Represen- 
tantes y toda la Provincia que expresa ó 
individualmente le conürii'» esc poder, y 
toda la nación que lo sostuvo con sus pro- 
pias fuerzas y aún le estimuló con vivos y 
pi-olongados aplausos. <-.Y quién vá á ser 
el acusador, quién el juez, en este juicio 
que bien podría llamarse juicio universal:'» 
Mnseguida el doctor Salvadm^ M. del Car- 
ril, que acababa de volver de la emigración, 
hizo consignar su voto así: «Opino por la 
devolución de los bienes detenidos A don 
Juan Manuel de Rosas, porqué aún cuando 
él ha aturdido á la generacicui contempo- 
ránea con sus horribles crímenes no debe 
olvidarse que estaba investido de! mando 
supremo é irresponsable de esta nación 
sobre la que ha imperado un cuarto de 
siglo, dominándola con sus propios ele- 
mehtos y recursos, y sujetándola con las 
fuer/as físicas y morales que ella encierra. 
/-Dónde está el medio entre la nación ven- 
cida y vencedora.' Dónde hallar el campo 
neuti'al y el juez competente para abi'ir ese 



— 274 — 

iiiiiien.so proceso'/ Si eiicouti'ado, lo que es 
imposible, ¿porqué detenerse en la persona 
de don Juan Manuel de Rosas? La ('ontcs- 
tación es un espantoso abismo. . .» 

F.l voto nominal de los notables se adbi- 
j*i(j al de los señores Guido y Del Carril, y 
el director provisorio expidió en conse- 
cuencia su decreto del 7 de Agosto, por el 
cual declaraba nulo el de confiscaciíHi de 
16 de Febrero y mandaJm entregar todos 
l(js bienes de Rosas al apoderado de éste 
don Juan N. Terrero. A no mediar este 
acto de serena rectitud del general Urquiza, 
Rosas no habría tenido con que comer; 
pues aunque se dijo que había embarcado 
doce cajones con onza de oro, es lo cierto 
que no llevó consigo más que las pequeñas 
cantidades que rc(*ogi(')su hija en las gave- 
tas deca.sa, y que no tenía otros bienes que 
los radicados en Buenos Aires. Por ello le 
manifestó su reconocimiento á Urquiza; y 
éste le respondió que la derogación del de- 
creto de confiscación «ei-a un acto de rigo- 
rosa justicia y de conformidad con sus más 
íntimas convicciones.» 

Pero el único bien de Rosas, cuya venta 
Terrero pudo realizar fué la estancia Su/i 



i 



— 275 — 

M(U'tiii, situada en Matanza, roniitiéiidolo 
á su antiguo sncio y amigo unos cion mil 
duros aproximadamente. \\\ 11 de Setiem- 
lire estall(') en Buenos Aii'es la revolución 
que venía preparándose contra el general 
Urquiza: la nueva legislatura separó esa 
pi-ovincia de las demás; y declarando que 
no reconocería acto alguno del Congreso 
Nacional, descargó como. era consiguiente 
las venganzas y las persecuciones contra 
todos ios que no se ajustaban al ói-den de 
cosas que empezó á imperar. 

El producido de su estancia >i(ui Marfin, 
le bastó á Rosas para ponerse en condicio- 
nes de emprender nuevamente la vida de 
trabajo á que consagró los mejores años de 
su juventud. Al efecto arrendó una propie- 
dad (148 acres. 37 cuadras) en las afueras 
de Southampton. Allí se propuso plantear 
una gran chacra. Su actividad estimulada 
poi- la satisfacción de i-ealizarlo en su vejez, 
al favor de su robusta salud y de su esfuer- 
zo propio lo absorbió por completo en la 
tarea. Dirigiendo personalmente su cua- 
drilla de peones* cw-ó el fundo como ei'¿\de 
costumbre en su país. Construyó su casa, 
tres i-anchos grandes, semejantes á los de 



la campaña de Buenos Aires: y sucesiva- 
mente las dependencias necesarias, como 
ser; galpones, corrales, bebederos, sin ol- 
vidar la enramada ni los palenques, ni la 
•escalera fija en el alero del rancho para 
mirar desde allí á los animales en la hora 
del crepúsculo. Compró algunas vacas, 
cabras, ovejas y puercos, con los reproduc- 
tores necesarios; desmontó ó levantó el 
terreno, según su plan; plantó buena ai'bo- 
leda, sembró algunas cuadras y se preparó 
á elaborar todos los productos y á explotai- 
las industrias de que son susceptibles esos 
establecimientos cuando sun diiijidos por 
personas expertas y previsoras. En estos 
trabajos que hermosearon esa propiedad, 
y fueron la señal de la transformación del 
pequeño lugar de Shwalkling, Rosas in- 
virtió la única parte de su fortuna salvada 
de la confiscación. 

A impulsos de cierto orgullo genial re- 
husó los ofrecimientos que le hicieron el 
Emperador Napoleón 111, Lord Northum- 
berland y lord Palmerston, su particular 
amigo, para que pudiese vivir en Paris ó en 
Lóndi'es cuando hubo insumido sus recur- 
sos en la formación de su establecimiento, 



ó en mejoras de la localidad, como uu tem 
pío católico y una escuela. Vivió entregado 
al ti'abajo diario en su retiro de Schwal- 
kling, en vida modestísima, frugal y se- 
vera, resignado con su suerte, y sin hacer 
vanos alardes. Muy pocos extraños sor- 
prendieron su soledad, que solo la presen- 
cia de sus íntimos le alegi'aba. Algunos de 
sus compatriotas le asignaron una anuali- 
dad que hacía llevadera su miseria. 

Y la montaña informo del tiempo, que 
vici'le nieve en la caijeza y plomo en las 
piernas, no lo abrumaba ú Rosas. Casi oc- 
togenario, sano y activo, se ganaba su pan 
de cada día. Hé aquí cómo Rosas se bos- 
quejó á sí mismo en esos días, con motivo 
de rectiñcaí' aseveraciones de un visitante 
que luego quiso excitar la curiosidad con 
algunas extravagancias de su invención: 
«No estoy encorvado, escribía textualmen- 
te. Estoy más derecho, mucho más delga- 
do y más ágil que cuando \d. me vio la 
última vez. No me cambio poi* el hombre 
más fuerte para el trabajo, y hago aquí, 
sobre el caballo, lo que no pueden hacer 
ni aún los mozos. Tiro el lazo y las bolas 
como cuando hice la campaiía á los desier- 



— 278 — 

tos del Sur. eii los nfios 33 y :Vi. No estoy 
completumcnto calvo ni aún calvo. Me fal- 
ta un poco de pelo al frente. Las patillas 
que uso, del todo blancas, son las mismas 
casi con que vine el 52 — Kso de las barbas 
como de 5 á O días es ciertos, pues que, 
por economía, solamente me afeito cada 
ocho dias. Y por la misma necesidad de 
economizar lo posible, no fumo, ni tomo 
vino, ni licor do clase alguna. Ni tomo 
rapé ni algo de entretenimiento. Mi comida 
es la más pobre en todo. I-ns espuelas que 
tengo puestas no son muy grandes. Son 
moderadas y del preciso tamaño para que 
puedan serme útiles. Nunca uso zapatos. 
Lo que siempre he usado y uso son botas. 
No es cierto que me titule «S. E. el Capitán 
General.» No me nombro de otro modo^ 
sino Juan Manuel Ortiz de Rosas y López. 
Cierto es que dije que no recibía visitas ni 
las hacía, pomo tener ni recursos, ni tiem- 
po para ello. Que el lord Palmerston me 
visitaba y yo lo visitaba también una vez 
por año.» 

1mi su último tiempo y á medida que su 
pobi'eza arreciaba, él redobló su actividad 
atacando personalmente las tareas más 



— 279 — 

r u d a s y pesa d a^ d c s u es ta bleci n j ien to . í'> u 
-este sentido, ni perdín momento, ni lo con- 
tenía la iioi'o. nilas inclemencias del clima. 
MI invicrnoen Inglaterra es singularmente 
€i'uel. FA sol, como en letargo estupendo, 
apenas viei'te á intervalos su amorosa 
esencia en el seno de la tierra. Los vapo- 
res acuosos de la atmósfera se dilatan 
como arabest'os sobre un incomensurable 
manto gris que vela el azul del ciclo. Las 
tardes abaten el espíi-itu á través d? una 
semi-claridad tejida de liüos de nieve sutil 
que penetra hasta los huesos. Pero nada 
de ello podía contenei- al trabajador octo- 
genario, que más inclemente que el invier- 
no era su suerte. Si alguno de su servicio 
se refería al frío que lo liabía tomado fuera, 
Rosas le decía que ello ei'a prenda ganada 
pai'a el verano, ])ien que la tarea fuese 
siempre la misma. 

Unatai-dedel mes deMarz(j de 1877, que 
regreso más tempianu que de costumbie, 
tuvo que montar nuevamente á caballo 
para ii- á ver cómo se encerraba unos 
animales. Cuando volvió á su casa em- 
pezó á toser. L.sa noche tuvo fiebre. Su 
amigo el doctor Wíbbling constató una 



— 280 — 

congestión en los piiln]t)iies. gravísima en 
su edad. Su amorosa iiija se trasladó in- 
mediatamente á su ladu. Al dia siguiente 
aument(') la tos, expectoró bastante sangre 
y lo acometió sin cesai' la fatiga, l'ln la 
mañana del 14 d'' Marzo su hija le pregun- 
tó cómo se sentía. Rosas la miró tierna- 
mente — «No sé, niña» la dijo, y murió. 

Según sus disposiciones, el cadáver de 
Rosas fué trasportado de la chacra de 
Shwalking á la capilla catiMica de Sou- 
thampton. val dia siguiente conducido sin 
pompa alguna alcementci'io de esa ciudad. 
El féretro de roble llevaba en la parte an- 
terior y como un trofeo, una bandera 
argentina y el sable que el Libertador San 
Martin usó en sus campañas déla indepen- 
dencia de América y que regaló al general 
Rosas 



Sinopsis 

JUICIO POSTUMO 

He dicho que Rosas suigió de una socie- 
dad nueva y revolucionaria. Los hechos, 
perfectamente lógicos y enlazados entre sí 



— 281 — 

á través de los años, iiu ya en vii-tud de 
necesidades supremas que así lo imponían 
sino en nombre del generoso sentimiento 
del patriotismo que proclamó la alta con- 
veniencia do reconocer los antecedentes 
mantenidos como fundamentales á través 
de cruentas visitudes, para llegar al ñn á 
que aspiraban los argentinos; los hechos 
evidentes y cuya discusión sería supérñua. 
aci'editan que Rosas inició el gobierno 
conservador en la República Argentina, 
en el sentido ue que levantó los fundamen- 
tos del mecanismo político que idei> el 
instinto popular pi imeramente. que man- 
tuvo el esfuerzo incontrastable en seguida 
y que aíianz(') el pensíimiento civilizador 
treinta años después por medio de la Cons- 
tituci('>n Federa! que rige este país. De 
ellos responded ^nmosn jiarfo fcdcj-dl de 4 
de Febreio de 1831, que ¡m-.i según los cons- 
tituyiintes de 1853 lo que determinaba la 
naturaleza de la foi-ma de gobierno que 
debía adoptar la nacii')!i. Y de este hecho es 
consecuencia este otro. Después de las 
lentalivas o¡'g;Í!iicas de 1810 y de 182G las 
.pi'ovincias argentinas se mantenían sepa- 
radas y sin oti'os vínculos que los que se 



— 282 — 

creaban momentáiieornente para conjurar- 
los peligros á que estaban expuestas ó sos- 
tener las luchas que provocaban las rivali- 
dadesónmbiciones de sus gobiernos. E\ 
Pacto Federal comenzó por ligar las cua- 
tro provincias del litoral : y por los mismos 
auspicios de Rosas suscribieron sucesi- 
vamente á dicho pacto de unión todas [las 
demás provincias. Lo que tenía que suce- 
dei', sucedió. Las multitudes urbanas de 
Buenos Aires y demás provincias engreí- 
das en sus ideas federales; los hombres de 
alcurnia y deposición que combatieron la 
organización unitaria de 182G, robustecie- 
ron con su consenso la influencia guber- 
nativa de Rosas, y confundiéndose en la 
masa de elementos que levantaron á éste, 
formaron una opinión incontrastable en ia 
república. 

Y entonces se vio por la primera vez 
desde que Moreno y demás prócej'cs de 
1810 lanzaron la idea de un ¡jueblo argen- 
tino, de una Nación Argentina, el hecho 
consumado sobre bases orgánicas de una 
Confederación Argentina de los pueblo» 
desde el Plata hasta los Andes, desde Ma- 
gallanes hasta el Desaguadero, ligados con 



— 2s:í — 

lili vínculo cuiuiiii por la mano podoi'osa 
del gobernador de Buenos Aires. Rosas 
funda, pues, la Confederación Argentina. 
La opinión lo proclama así porque el lie- 
choestádc relieve. LosproliombresdeMayo 
que viven acreditan lo mismo en li(3nrosas 
declaraciones: y para sellar este hecho de 
un modo incontrastable, el general Urqui- 
/a, en seguida de derrocar á Rosas, reúne 
á todos los gobernadores de las provincias 
que delegaron en éste las atribuciones del 
supremo poder nai-ional y que se regían 
poi- el mismo pacto de IS.'M. y con ellos y 
pai'liendo de esle pacto, heciha las bases de 
la ConstitucitMi Nacional que con las re- 
formas de la Convención de 18G{) es la (|ue 
actualmente i"ige la Naci(')n. 

Pei'o coetáneo con el hecho de la funda- 
ci(')n de la ConfederacifHi Argentina, apa- 
rece el déla r(íacci(')ii d.' las minorías uni- 
tai'ias. que pugnan por ict'up'rar sus posi- 
ciones perdidas con la disjf^cación nacional 
de 1820. y de las (¡ue han sido desalojadas 
c.ompl(3tamcnte poi" (,'l mismo derechode la 
fuer/a con (pie ell is conculcaron el (H'den 
legal de Buenos Aires fusilando en 1828 al 
gobernado!* de la l*rovincia y abi-i(Mido Cj 



— 284 — 

camino de las i'cpresalías tremendas de los 
partidos en lucha intransigente. El par- 
tido federal, fuerte en el número, con ele- 
mentos de acción en todas las provincias y 
ramificaciones poderosas en el gobierno de 
éstas, ve ó cree vci* peligros trascendenta- 
les en la reacción unitaria que se desen- 
vuelve con propósitos radicales contra el 
orden de cosas dominante, el cual quieren 
conservar los federales por su parte, con 
ese egoísmo con que los partidos intransi- 
gentes miden recíprocamente sus acciones 
porque saben que el campo es exclusivo 
del que obtenga la victoria. El peligro se 
aumenta por momentos, hasta la indepen- 
dencia del país aparece amenazada; y en- 
tonces se insiste y se pi'oclama que el único 
remedio para conjurarlo consiste en la crea- 
ción de un poder fuerte que lleve adelante 
las ideas que sustenta y persigue el partido 
federal. 

Y cuando el Poder Público se declara 
impotente para salvar la patria; y las clases 
dirijentes proclaman esa necesidad supre- 
ma, y las masas populares la pregonan en- 
tre el vaivén de los odios desatentados, de- 
las propias entrañas de esa sociedad dila- 



— 285 — 

cerada por la iiicertidumbre del resultado 
y por el absolutismo de la tendencia surge 
la monstruosidad política de la Svma del 
Podnr Público, la cual se acuerda á Rosas 
como jefe del partido federal. Los legis- 
ladores, magistrados, coipoi-aciones, no- 
tables, pueblo, todos discuten libre y dete- 
nidamente este hecho; lo aceptan en nom- 
bre de la salud del Testado: y le imprimen 
con su voto el sello de la legalidad inequí- 
voca. Y cuando se le ha revestido con 
todas las solemnidades de la ley, y Rosas 
pide que para ejercer las facultades omní- 
modas que se le confieren, los ciudad míos 
e.rpresea su roto para q^i.e quede consignado 
el libre pronunciamiento de la opinión. q\ 
plebiscito ratifica una vez más la opinión 
de la sociedad. Y cuando el jefe del par- 
tido federal se determina á resumir en sus 
manos el ser político y el ser social de la 
comunidad á que pertenece, ésta lo rodea 
como un solo hombre, le otorga el apoteo- 
sis, y renuncia (á todo menos <'i destruir sus 
enemigos que se preparan á hacer otro 
tanto! 

La crisis revolucionaria sacude toda la 
Repiiblica. La guerra civil devasta los 



— 28(; — 

pueblos donde lüs hombres solo se buseaii 
para despedazarse, porque los dos partidos 
en lucha creen conseguir el bien quepersi. 
gucii á condición de triunfar uno sobre e^ 
exterminio del otro. El sangi'iento exclu. 
sivismo político, más (') menos b;'n-baro y 
salvaje según el nivel moral del que lo 
alienta como bandera, da pábulo ;'i las pa- 
siones enardecidas, y conducederechamen- 
te á las venganzas crueles, á los excesos 
ominosos, á los extravíos injustificables, 
que enlutan y avergüenziui á la República. 
Es un tremendo duelo ;'i muerte que dura 
diez años, duiímte los cuales los conten- 
dientes se ari'üjan acusaciones, lodo é in- 
famia, como si por este medio quisiesen 
eludií- las más tremendas responsabilida- 
des que contraen ante la pobre madre co- 
mún que llora. Y cuando toda esperanza 
se pierde en esa noche de sangre, y no 
pueden ;q3roximarse los que sienten como 
buenos, porque para los partidos exclusi- 
vistas y sanguinarios solo son buenos los 
que forjan ó esgrimen el acero en sus filas 
fratricidas, un hombre — ICchevarría — les 
haceá unitarios y federales el proceso dei 
extravío inaudito que los pervierte y ani- 



— 287 — 

quihi, presentándoles claro y hermoso el 
programa de la regeneración de la patria 
sobre la idea fundamental que hacen suya 
después de los años; y un hecho — el de 
Confederaci(')n Argentina — se mantiene á 
través de los sacudimientos de la crisis y 
como concurrente de esa idc:» la cual le da 
formas constitucionales después de 1853. 

Gomo consecuencia de esto hecho, el 
campo queda por de los federales. Los 
unitarios víctimas del absolutismo que á 
la par que aquéllos quisieron hacer preva- 
lecer como principio político; despechados 
con el fracaso que les cierra las puertas 
que ellos quisieron cei'rar para sus enemi- 
gos; impotentes para continuar por si solos 
la lucha de la que hacen depender el bien 
del país á condición de labrarlo por sus 
manos, buscan en las coaliciones con el 
extranjero cuyas ambiciones explotan há- 
bilmente, y con las armas y recui'sos de 
estos, el medio para imponerse ante la opi- 
nión nacional, compacta y también fanati- 
zada, que se cree fuerte en el derecho de 
abrar ese mismo bien por su solo esfuerzo. 
Dos grandes potencias europeas y el impe- 
rio del Brasil aplican sus armas, sus recur- 



— 283 — 

.sos y su diplomacia con lia la Coiifedei'a- 
cióii Argentina; y el partido unitario es el 
ayudador, el propagandista de esta doble 
intei'venciíHi que amenaza la integridad é 
independencia déla patria. 

Entonces la lucha varía completamente 
de aspecto. Rosas reivindica el derecho de 
los pequeños Estados de América á dii'imir 
sus cuestiones sin la intervcnciñn peligro- 
sa de las grandes potencias europeas; y se 
resuelve ir hasta el saci'iñcio cuando, in- 
vadido el territorio, agredida la soberanía, 
lo.s pueljlosde la Confederación Argentina 
los rodean como un solo hombre; cuando 
los guerreros de la independencia de Amé- 
rica le ofrecen sus servicios, y cuando el 
Libertador San Martin le declara que esa 
causa argentina es tan grande como la de 
la emancipaciíui de la América e.spaño!a. 

VA poder de Rosas se vincula con esta 
causa de la soberanía é integridad de la 
p;itria: y se afianza en la robusta opini(')n 
de todos los pueblos de la Confederación y 
fuera de la cual no queda sino la minoría 
de los unitarios aliados y ayudadores de 
las grandes potencias europeas, que aun 
que confían en la victoria de sus- armas y 



— 289 — 

aunque se Lipudeíaii de paite del iei-rit(jrio 
i'CgTido de sangre argentina, la Gran Bi-e- 
taña y la Francia ni consiguen rompeí- esa 
integridad, ni menos que Rosas suscriba 
sus exigencias vejatorias del honor nacio- 
nal. Rosas deja triunfantes también los 
principios en que debe de fundarse el ejer- 
cicio de la soberanía de los nuevos Estados 
Americanos: y su nombre, execrado poi' 
los enemigos que cayeron envueltos en la 
derrota de! extranjero invasor, es levanta- 
do á la cumbre por los estadistas, publicis- 
tas y notables de ambos mundos; y la (]on- 
íederaci(3n Ai'gent'na atrae por priniei-a vez 
las miradas deesas naciones como un cen- 
tro á donde puedan concurrir sus relacio- 
nes sobre la base de los principios que njen 
ií los pueblos civilizados entre si. 

La (Confederación Argentina proclama á 
Rosas su héroe, porque cree realzar así ese 
heclio singular de su historia. Desde este 
punto ratifica y consagra en la persona de 
Rosas la latitud de podei'cs que leoíoi'gára. 
Lo que la mueve á prorogar la suma del 
poder público es el sentimiento. partidistn> 
ineducado p^i- el desenvolvimiento regular 
del g(3l)ierno libre y vinculado con la idea 

]0 



— 290 — 

de que nadie puede superai'á Rosas en el 
gobierno, porque nadie lia llevado á cabo 
los hechos de que esa sociedad se enorgu- 
llece, después de haberlo exaltado creyendo 
que exaltaba al principio político que la 
servía de bandera y en realidad subordi- 
nando este á aquel. No es la imposición, 
no es el terror, como lo sostenía especula- 
tivamente la propaganda contra Rosas, y 
como se ha repetido, y se repite, quizá por 
no tomarse el trabajo de estudiar estos fe- 
nómenos políticos que obedecen á causas 
cuyas responsabilidades á todos alcanzan. 
Yo creo así haberlo demostrado en mi 
libro. Macaulay explica el mismo fenó- 
meno bajo el reinado de Isabel, semejante 
al gobierno de Rosas del punto de vista de 
ese consenso, que no de las causas pro- 
ductoras... «Si bien es cierto, dice, que 
Isabel. . . encarcelaba y retenía lar go tieni 
po aprisionados á sus vasallos. . . que las 
disputas políticas y religiosas ofrecían gran 
dificultad cuando no peligro; que se halló 
limitado el número de prensas para impri- 
mir: que ninguno podía publicar nada sin 
licencia y que las obras habían de some 
terseála censura: que los autores de pa 



— 21)1 — 

peles ofensivos á la corte morían como- 
Penny ó eran mutilados como Slubss... 
Si bien fué así aquel gobierno, también lo 
es que la mayoría de sus subditos lo nmaba. 
La esplicación de esto consiste en que la 
esencia del gobierno de Isabel era popular, 
si bien su forma revestía todos los carac^ 
teres del despotismo: pues las prerogativas 
de Isabel no desmerecían de la? de Luis 
XI\' y sus parlamentos fueron tan obse- 
quiosos como los del monarca francés.» Y 
véase cuánta analogía entre ambos gobier- 
nos acusan las subsiguientes palabras del 
gran historiador inglés: «Pero el poder de 
Luis XíV descansaba en el ejército, y el de 
Isabel en el pueblo únicamente. De aqu 
que cuando lo califican algunos de absoluto 
lo hagan sin advertir en qué consistía ni 
qué lo constituía en realidad, pues no cons- 
taba de otras partes sino de la obediencia 
voluntaria de sus vasallos, de la fidelidad 
á la persona y oficio de la reina, de su res- 
peto hacia su familia tan ilustre y del con- 
vencimiento universal de la seguridad que 
gozaban bajo su gobierno. Hé aquí la 
única fuerza de que disponía la reina Isabel 
para poner en ejecución sus decretos, re- 



292 

sistir á los enemigos exteriores y vencer y 
sofocar los conjuros intestinas.» 

Un consenso semejan te, bien que tra- 
tándose de un paisqueno tenía los ante- 
cedentes de gobiei-no libre que tenían los 
ingleses del siglo XM, se encuentro bajo 
el gobierno de Augusto. Augusto Boissier, 
señala el mismo fen(')men(), estudiando la 
famosa inscripción de Ancyrus, que acre- 
dita, según él, el concierto universal de 
admiración y de respeto alrededor de ese 
gobierno. «Durante cincuenta años, dice 
el Senado, los caballeros y el pueblo, inge- 
iiiói-onse poi'o conferir nuevos lionores ó 
aquel quebabía vuelto á Roma la paz inte- 
rior, y cuya grandeza ton vigorosamente 
mantenía en el exterior. Augusto tuvo 
cuidado de recordar todos esos homenajes 
en la inscripción que estudiamos, no por 
un exceso de vanidad pueril, sino para de- 
jar constatado este consenso de todos los 
(H'denes del Estado que legitimaban su 
autoridad. 

Sarmiento; el insigne propagandista 
contra Rosas, el esforzado divulgador de 
los principios del gobierno libre en esta 
parte de America, no ha podido menos que 



— 29.3 — 

ii'conoccr quo cl coiiseii^o do la Coiifrtic ra- 
ción Argunliiia creó y robusteció al poder 
de ese hombre singular. « Rosas, dice, era 
un cepublicano que ponía en juego todos 
losurtiñcios del sistema popular represen- 
tativo. Kra la expresión déla voluntad del 
pueblo, y en verdad que las actas de elec- 
ción asi lo muestran. Esto será un miste- 
rioijue aclai'arán mejores y más imparcia- 
les estudios que los que hasta hoy hemos 
hecho. Xo todo ei'a terror, no todo era su- 
perchería. Grandes y poderosos ejéi'citos 
lo sirvieron años y años impagos. Grandes 
y notables capitalistas lo apoyaron y sos- 
tuvieron Abogados de nota tuvo en los 
profesores patentados de deret.'ho. Entu- 
siasmo, verdadero entusiasmo, era el de 
millares de hombres que lo proclamaban 
el Grande Americano. Jm sama del poder 
público, todas palabras vacías como es 
vacío el abismo, le fué otoi'gada por acla- 
mación. Senatus eoiisvlfo y plebiscito, so- 
metiendo al pueblo la cuestión. » 

Este juicio postumo es el mismo que han 
emitido otros notables que se destacaron, 
no en las filas de los que á Rosas sostuvie^ 
ron, sino en la de los que lo combatieron 



— 294 — 

•durante quince años consecutivos, y cuyas 
•opiniones y cuyos actos pesaron en el go- 
bierno de las Repúblicas del Plata en los 
altos puestos públicos que ocuparon en el 
trascurso de la época contemporánea. E\ 
doctor Salvador M. del Carril, ex-ministro 
de Rivadavia^ y después vice-presi dente de 
ia República y presidente de la Suprema 
Corte Federal, entre los fundamentos que 
íidujo para oponerse á la confiscación de 
los bienes de Rosas, dijo así: «Don Juan 
Manuel de Rosas, estaba investido con el 
mandu supremo é irresponsable de la na- 
ci(')n....y que para derrocarlo ha sido nece- 
saria la combinaci('>n de una alianza pode- 
rosa en virtud de la cual se pusieron en pié 
más de sesenta mil combatientes, es uno 
de aquellos hombres prominentes que solo 
pueden tener por juez á Dios y á la espada 
del vencedor; que solo es responsable ante 
elc(3digo de las revoluciones felices y de las 

■convulsiones popularos » 

El doctor Carlos Tejedor, antiguo emi- 
grado unitario, y después estadista y codi- 
ficador argentino, oponiéndose á esa con- 
fiscación en la legislatura de 1857, decía 
también: «Han sido infinitos los cómplices 



— 295 — 

de !a tiranía. Una tiranía no es un hombre, 
es una época, y por lo mismo que en la 
tii-anía ele Rosas veo una época, no quiero 
el juicio político conti'a Rosas. Una época 
quiere decir un periodo más (3 menos largo 
de la historia y en ese periodo está com- 
prendida la vida de un pueblo entero. No 
se conocen ya en los tiempos modernos 
tiranías basadas en los brazos de un hom- 
bre: en los tiempos actuales las tiranías son 
siempre épocas en que van más ó menos 
envueltos los pueblos.» 

Don Félix Frias, el antiguo secretario de 
La valle, oponiéndose al juicio conti'a Ro- 
sas, decía en la misma legislatura: «Rosas, 
i'evestido de facultades extraordinarias, 
era el Estado: él lo podía todo: que él res- 
ponda de todo. Yo no conozco los cómpli- 
ces de la tiranía. Si pretendiésemos ser 
muy lógicos nos expond riamos á encontrar 
personas que acusar hasta en las bancas 
de los que dictan la ley, ó de los magistra- 
dos que administran justicia». 

FA general César Diaz. jefe de la izquier- 
da de los aliados que derrocaron á Hosas 
en Caseros, expresó después la misma 
opinión respecto del consenso público, di- 



— 29() — 

ciendo; «Tengo la prc)í"unda convicciiHJ, 
formada por los hechos que he presencia- 
do, de que el prestigio del poder de Rosas 
en 1852 era tan grande ó mayoi- tal vez de 
lo quii había sido diez años antes, y que la 
sumisión y la confianza del pueblo en la 
supei'ioridad de su genio, no le habían ja- 
más abandonado. 

El doctor Juan Garlos Gómez, antiguo 
publicista de la propaganda contra Rosas, 
emitióla misma opinión rindiendo todavía 
culto á sus tradiciones partidaria^, cuando 
al hacer la comparación de las épocas es- 
cribía mucho después: «Los Sylas, los 
Marios, los Césares que nos amenazan, na- 
da representan, nada personifican, á no ser 
la desmoralización social de una época de 
escepticismo y de pereza. Se comprende 
que hayamos sido víctimas de los bárb iros 
de gran talla, Artigas, Quiroga, Rosas que 
sobresalían por fuertes condiciones de ca- 
rácter y representaban la indomable ener- 
gía de una democracia elemental.» 

Y el implícito reconocimiento de ese 
consenso nacional que creó y robusteció el 
gobierno de Rosas, es lo que hace el ven- 
cedor en Gaseros al proclamar á Rosas 



— 297 — 

gi'an ciudadano, cuando le esciibió en 
1858: «Yo y algunos amigos de Entre-Rios 
estaríamos dispuestos á enviar á usted al- 
guna suma para ayudarle á sus gastos, y 
le agradecería nos manifestase que acep- 
taría esta demostración de algunos indi- 
viduos que m.'is de una vez sirvieron á 
sus órdenes. Ella no importaría otra cosa 
que la expresicui de buenos sentimientos 
que le guardan los mismos que contri- 
buyei'on á su caída; pero que no olvidan 
la consideración que se debe al que ha 
hecho tan gran flgui'a en el país, y á los 
sei'vicios muy altos que le debe y que soy 
el primero en reconocer: servicios cuya 
gloria nadie puede ai-i'ebatarle, y son los 
qucse refieren á la energía con que siem- 
pre sostuvo los derechos de la soberanía é 
independei^cia nacional.» Si algo podía 
lobustecer este juicio son las siguientes 
palabras de un sabio moderno : « Un 
grande hombre, dice Ernesto Renán, se 
personifica en sus defectos como en sus 
cualidades. Esos ari'anques, esas durezas 
deXapoleón que tantochocan áMr. Thiers, 
eran una parte de su fuerza. Urbano, 
modesto como nosotros, no hubiera des- 



— 298 — 

cíollado, habría sido tan impotente como 
nosotros.» 

Este juicio postumo se funda en los an- 
tecedentes históricos narrados y explica- 
dos en mi libro á la luz de una filosofía 
desprevenida y sana; y emana de los que 
precisamente por serlos mejor preparados 
o los que en conjunto observaron y pesa- 
ron los sucesos de esa época, lo emitieron 
no á título de venganza ó de apología, sino 
como enseñanza para el pueblo que des- 
pués de haber proclamado y hecho triunfar 
el programa liberal y humanitario más 
hermoso que presenció la América del 
Sud, no supo vencer los impulsos fieros 
de su sangre y su raza, se encontró impo- 
tente para gobernarse con la libertad en 
cabeza de todos, y confió su ser político y 
social á las manos de un hombre en quien 
por ministerio de la ley y solemne ratifica- 
ción del sufragio universal se resumieran 
todos los derechos. 

En contraposición a este juicio se suscita 
el de los antiguos partidarios de Rosas, 
quienes deponen que el gobierno fuerte 
fué una necesidad para salvar la patria, y 
levantan á Rosas á la imponderable altura 



— 299 — 

de los elegidos; y el do los enemigos que 
presentan á Rosas como un insigne crimi- 
nal condenado por la conciencia universal. 
K\ primeio está de suyo desacreditado, por 
que no cabe mayor peligro, ni desgracia 
más vergonzante, que renunciar elserpolí- 
tico y el ser social para que un gobernante 
resuma en sí el derecho y la libertad de la 
República. Lo digno, lo natural es sufrir 
por la libertad en cabeza propia, porque 
entonces alienta la esperanza de verla 
triunfante por el propio esfuerzo. '<Un 
ciudadano, dijo Moreno en 1810. ni ebrio, 
ni dormido debe tener inspiración contra la 
libertad de su país.» Ni el mismo Rosas 
confiaba en este juicio. cNo pueden ser 
jueces de Rosas, escribió desde su destier- 
ro, ni los que se dicen víctimas, ni los que 
puedan ser tachados de complicidad. El 
juicio corresponde á Dios y á la historia 
verdadera, porque solamente Dios y la 
historia verdadera pueden juzgará los pue- 
blos que facultaron á Rosas con la suma 
del poder por la ley.» 

l'^l fallo de los segundos es igualmente 
inaceptable, porque siendo ellos parte, se 



— 3(0 — 

constituyen (•'irljiti'os de una conciencid uui- 
?'cr5Cí/ que ponen de su ludo. 

Si por conciencia universal se entiende 
la opinión del mundo civilizado, represen- 
tada por las expresiones más altas, ella se 
inclinó en favor de Rosas. Forman parte 
de la conciencia universal deesa época,, la 
prensa de Mstados Unidos, de Chile y del 
Perú, que llamó á Rosas el primer ciuda- 
dano de Sud America: la prensa de Ingla- 
teri-a, I'iancia y Brasil, que admir('> la 
firmeza con que él defendía los derechos 
de su páti'ia ; los estadistas y publicistas 
más notables, que lo llamaron el campeón 
del derecho de los países de Sud Amé- 
rica á regirse por sí mismos y unlver- 
salizaron por primera vez el nombre de la 
Confederación Argentina, tales como don 
Andrés Bello, lord Palmerstón, Lamai'tine, 
lord Rusell, Girardin, lord Castlereag, 
Webster, Rouher, Martens, lord Howden, 
Odilon Barrot, Mackau, lord Northumber- 
land; los jefes de naciones, que privada- 
mente le significaron su admii'ación ó sus 
simpatías, como la reina Victoria, Luis 
Napoleón, el presidente Pinto, el presiden- 
te Belzú, los presidentes de Estados Unidos, 



— 301 — 

del I*erii. del Iü:uadory de Colombia: los 
pr(')ceres de la independencia argentina y 
anieiicana. y los que por haber descollado 
en la lucha por sus tálenlos ó sus virtudes, 
tenían i'apacidad para discerniré! mérito, 
como el libertador San Martin que le rega- 
l()á Rosas la espada que us(') en sus campa- 
ñas, en premio de los títulos que éste había 
conquistado, y le ofreció sus servicios; 
el general Alvear. el general Guido, el ge- 
neral Necochea, Sarratea, Moreno, Ancho- 
i-ena, López y tantos otros que lo servían 
en la diplomacia y administración. No hay, 
pues, una conciencia universal que con- 
dene. Hay una condenación de pai-te 
(pie estigmatiza implacable; más impla- 
cable que la que cayó sobie Nercm. que 
siípiiera luvoquien llevai'a flores á su se- 
pultura. De Rosas se so'^tiene que «niel 
polvo (le sus huesos la Améi'ica tendi'a.» 
\'inculada ;i esto-^ huesos esta y estará en 
tieri'a extranjera la es])a(Ia de San Martin, 
(pie es la (pie fundí') la libertad de seis 
repúblicas do América. 



ÍNDICE 



Págin 

La muerte de Dorrego 15 

El coronel Rosas, gobernador 24 

Kl general Quiroga 35 

El pacto federal y el supremo po.ler militar.. . 39 

Quiroga y Lamadrid 47 

La expedición al desierto 56 

Napostá 60 

La victima de Barranca Yaco 62 

La suma del Poder Público 75 

Primeros pasos del gobierno de Rosas 100 

Revolución de Lavalle 107 

Martin Garcia 114 

Las agresiones del extranjero 125 

El prestigio de Rosas 131 

La invasión de Lavalle en 1839 143 

Lavalle y Chilavert 152 

El gobierno de Rosas en el exterior 158 

La hacienda publica 166 

La máquina infernal 174 

La Sociedad Popular Restauradora 182 

Rivera Indarle 191 

La probidad del general Rosas >i---- 19^ 

Obras Públicas 203 

El general Rosas, la opinión del país, de Amé- 
rica y Europa 208 

Obligado ! 217 

Eguia y Chilavert 226 

San Martin, su adhesión 231 



Página 

Rosas en 184(i 233 

La muerte de V^arela , ü40 

La entrega de Martin (iarcia y la 'J5 fie Mai/o ¿53 

El legarlo de San Martin 257 

€hilavert 2()3 

Rosas en el os tracisnio, su muerte 269 

Sinopsis, el juicio postumo 280 




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